Sai Baba
EL HOMBRE MILAGROSO
HOWARD MURPHET
INDICE
NOTA DEL AUTOR 4
INTRODUCCION 5
CAPITULO I
LA BUSOUEDA 15
CAPITULO II
SATHYA SAI BABA . 18
CAPITULO III
LA MORADA DE LA PAZ Y MUCHOS MILAGROS 22
CAPITULO IV
¡OH MUNDO INVISIBLE! 28
CAPITULO V
NACIMIENTO E INFANCIA 34
CAPITULO VI
LOS DOS SAIS 40
CAPITULO VII
ECOS DE LOS PRIMEROS AÑOS 48
CAPITULO VIII
CON BABA EN LAS MONTAÑAS 55
CAPITULO IX
REGRESO A BRINDAVAN 64
CAPITULO X
UN LUGAR APARTE 70
CAPITULO XI
ALAS DE MUNDOS INVISIBLES 78
CAPITULO XII
MAS CURAS MILAGROSAS 87
CAPITULO XIII
LA CUESTION DE LA SALVACION DE LA MUERTE 97
CAPITULO XIV
ETERNO AQUI Y ETERNO AHORA 103
CAPITULO XV
DE LO MISMO, PERO DIFERENTE 111
CAPITULO XVI
UNA PALABRA DESDE OCCIDENTE 121
CAPITULO XVII
DOS PROMINENTES DEVOTOS 128
CAPITULO XVIII
REALIDAD Y SIGNIFICACION DE LO MILAGROSO 137
CAPITULO XIX
ALGUNAS ENSEÑANZAS DE SATHYA SAI BABA 142
CAPITULO XX
EL AVATAR 152
NOTA DEL AUTOR
Este libro va dirigido a tres clases de lectores: la primera, a los muchos para quienes lo misterioso, maravilloso y milagroso de la vida ofrece interés y atracción; la segunda, a los que andan en pos de luz espiritual y no han encontrado aún lo que buscan. Muchos de los comprendidos en estas dos clases, especialmente en la primera, no habrán siquiera oído hablar de Sathya Sai Baba de la India, mucho menos visto sus milagros y sentido su gran influencia. Estarán más inclinados hacia la duda. Por esto, he tratado de presentar los hechos de la manera más objetiva posible, manteniendo el contenido devocional al mínimo. Otros libros han tratado en ocasiones el tema de los fenómenos milagrosos en esta forma. Pero no sé de ninguno que describiera en relación con un santo milagroso viviente tantos hechos de tal variedad y reportados por tantos testigos presenciales con la indicación de sus nombres. Estos testigos en su mayoría, son muy conocidos dentro del ámbito de sus profesiones y en sus comunidades y el que tenga alguna duda y desee confirmar las fantásticas e increíbles experiencias descriptas aquí puede ponerse en contacto con ellos.
Al reducir el elemento devocional al mínimo, la tercera clase de lectores a los cuales el libro va dirigido, los devotos de Sai Baba, quizás piensen que la presentación es demasiado fría para ellos. Pero les ruego tengan en mente que la literatura devocional pura interesa solamente a los devotos y, en este caso, mi interés primordial está en abarcar un campo mucho más amplio.
No obstante, confío en que aun los más ardientes y experimentados devotos de Sai Baba, para quienes lo extraordinario ya es lo corriente, encontrarán en estas páginas algo de interés para ellos, quizás alguna prueba, aspecto o interpretación nueva del gran poder de Sai Baba. Pues es éste un océano insondable y nadie puede llegar a conocer más que una fracción del mismo.
En este volumen, fruto de una larga pero altamente provechosa indagación, investigación y experiencia, yo quisiera compartir con ustedes la inspiradora fracción de este poder que me ha sido dado conocer.
Quiero ahora expresar mi aprecio y gratitud. Primero y principalmente a Sri Sathya Sai Baba mismo por todo lo que El tan cortésmente me ha mostrado y revelado personalmente. Las palabras aquí me son insuficientes. Así es que pasaré de inmediato a expresar mi gratitud a todas las personas que tan amablemente me han relatado los hechos acerca de sus preciosas y maravillosas experiencias, y que también me han permitido usar sus nombres en testimonio de una verdad que es más extraña que la ficción.
Finalmente, debo darle mis sinceras gracias a mi buen amigo, el señor Alf Tidemand Johannessen, quien suministró ayuda secretaria muy oportuna en relación con el libro, y a mi esposa que tanto ayudó en mecanografiar y verificar el manuscrito.
H. M.
INTRODUCCION
... ¿y le es a usted difícil creer en milagros? A mí, por el contrario, me resulta fácil. Son de esperarse. El estrellado mundo en el tiempo y en el espacio, la comedia de la vida, los procesos de crecimiento y reproducción, los instintos de los animales, la inventiva de la naturaleza... todos son enteramente increíbles, son milagros tras milagros...
PROF. W. MACNEILLE DIXON, GIFFORD LECTURES, 1935 37
Para la mayoría de nosotros, el primer encuentro con lo milagroso y lo mágico lo tenemos en los cuentos de la primera infancia, y en estos años plásticos, antes de que "las sombras de la cárcel" comiencen a cerrarse a nuestro alrededor, los milagros son parte del orden aceptado de las cosas. No hay nada increíble, por ejemplo, en el poder mágico de la lámpara de Aladino, ni en el tallo de la habichuela de Jack que le permitió ir al País de los Gigantes, ni en Cristo caminando sobre las agitadas aguas.
Estas historias, desde luego, no son patrimonio exclusivo de las escrituras folklóricas y religiosas del mundo occidental. Las crónicas escritas sobre el Hombre en toda la tierra dan cuenta de milagros que van desde Sri Krishna, hace algo así como 5000 años, hasta el presente. La Edad de los Milagros siempre ha estado con nosotros. Leemos acerca de su rosada aurora en los lejanos horizontes del antiguo Egipto, la Caldea, la India y la Palestina. Y en la vieja Alejandría de la primitiva Era Cristiana había teúrgos que hacían "caminar, hablar y profetizar" a las estatuas.
En Europa durante la Edad Media, la iglesia desgraciadamente monopolizó lo relativo a los milagros, y los que trabajaban en ellos fuera de ella tenían que hacerlo en secreto. Estos trabajadores teúrgicos seculares, pertenecientes a los Rosacruces y a otras fraternidades que practicaban lo oculto, sin embargo, existieron y a pesar del poder y de los celos eclesiásticos, algunas grandes personalidades adeptos como Paracelso y el Conde de St. Germain llamaron la atención del público despertando su codicia, sus temores y sus sospechas.
Pero, ¿qué es lo que en verdad consideramos como un milagro? Si en aquella Edad Media hubiera aparecido un solo individuo capaz de hacer una sola de las muchas cosas que hoy tomamos por corrientes televisar, viajar por el espacio por encima de la tierra, o hasta la luna, comunicarse en pocos segundos con alguien en otro continente, convertir la materia en energía nuclear, o desintegrarla en sus átomos y usarlos como ladrillos para construir una forma de materia completamente diferente ¿qué le habría ocurrido a tan peligroso hereje? ¿Qué le habrían hecho al que de esta manera se burlara de las leyes de Dios, socavara el status de los teólogos, y asumiera el poder de los ángeles? ¿Habría valido su vida algo más que un haz de leña para quemarlo? Pero estos "milagros" alrededor nuestro han ido apareciendo gradualmente a través de los laboriosos esfuerzos de la ciencia. Conocemos algunas de las leyes que los rigen. O, si aún no conocemos las leyes, nosotros mismos creemos que nuestros modernos sacerdotes, los tecnólogos de la ciencia, sí la conocen. Y así aceptamos tales fenómenos cómoda y admirativamente como resultados del progreso científico. No los consideramos milagros.
Sin embargo, en cierto sentido lo son, del mismo modo que el universo todo en el espacio y tiempo y los maravillosos inventos de la mente son milagros. Pero siempre que podamos decir, "funciona de acuerdo con tal y cual ecuación", o "nuestros científicos han descubierto las leyes, y nuestros técnicos operan de acuerdo con ellas", nos sentimos en terreno firme. Es científico, no hay nada mágico en ello.
Pero en cuanto a la definición de un milagro, éste parece ser un fenómeno acerca del cual ni entendemos nosotros las leyes causativas, ni creemos que sean ellas comprendidas por aquel gran cuerpo de trabajadores científicos en los cuales depositamos nuestra confianza y nuestra fe. Los milagros cristianos tales como los de Lourdes son, de acuerdo con los teólogos, "la suspensión del efecto de una ley de la naturaleza por Dios como su autor". Pero esta idea no satisface al ocultista. De acuerdo con él no hay ninguna suspensión de la ley; puede parecer así, pero en realidad el fenómeno milagroso es producido por una ley más profunda, todavía no descubierta ni enunciada por la ciencia esotérica. Cuando se conozca la ley mayor, nuestro concepto de la ley menor cambiará.
La señora H. P Blavatsky definió el punto de vista ocultista de la manera siguiente: " Un milagro no es una violación de las leyes de la naturaleza, como cree la gente ignorante. La magia no es nada más que una ciencia un profundo conocimiento de las fuerzas ocultas en la naturaleza y de las leyes que gobiernan los mundos visibles o invisibles". Estas leyes ocultas son conocidas por la ciencia esotérica, pero los que poseen tal conocimiento han sido siempre unos pocos y generalmente, desconocidos por el público. Así es pues, que la opinión pública usualmente pone en duda la existencia de cualquier cuerpo esotérico de conocimiento.
Los milagros que se encuentran en las crónicas caen en distintas clases. Bhagavan Das1 clasifica los milagros de Sri Krishna como sigue: 1) dar visiones iluminadoras; 2) ver a gran distancia; 3) multiplicar.pequeñas cantidades de comida, u otras cosas materiales, para crear grandes cantidades; 4) proyectar su cuerpo o cuerpos sutiles para que aparezcan simultáneamente en varios sitios a la vez; 5) curar a los enfermos y deformes con un toque; 6) en raras ocasiones devolver la vida a los "muertos"; 7) lanzar anatemas sobre pecadores particularmente graves tal como el que asesinaba infantes y personas dormidas.
Jesucristo realizaba una gama similar de milagros. Pero quizás el énfasis fuera diferente. El Nazareno parece haberse concentrado más en curar a los enfermos, los lisiados, y los dementes. Pero también realizaba muchos de los que ahora llamamos "fenómenos"; El se ¡evitaba encima del agua, se volvía invisible; multiplicaba la comida; cambiaba el agua en vino; levantaba a los "muertos". Y, si las crónicas son correctas, su mayor acto de magia fenoménica se produjo al final de la historia. Después de su muerte, El desmaterializó su cuerpo para sacarlo de la tumba, lo rematerializó en una forma plástica maleable de manera que a veces no era reconocida por sus discípulos, y finalmente en el Monte de los Olivos, elevó ese cuerpo eterizado de la tierra a otro plano de existencia.
Krishna y Cristo son los dos más destacados taumaturgos de las escrituras del mundo. Pero ha habido muchos otros de menor estatura, o a veces quizás simplemente de menos fama. Algunos han podido realizar una o dos clases de milagros; otros han tenido poder sobre muchos. Los primitivos apóstoles cristianos podían curar a los enfermos y realizar otras maravillas. Apolonio de Tiana, en el primer siglo de la Era Cristiana, podía hacer otro tanto, y más. Una vez su sola llegada a una ciudad fue suficiente para detener una epidemia de peste. Muchos santos y místicos han mostrado poderes milagrosos tales como levitación, bilocación o viaje astral. En todos los siglos ha habido amplios indicios de una escondida hermandad de ocultistas que eran adeptos en varías ramas de la Alta Magia.
1 Krishna and The Theory of Avatars, por Bhagavan Das.
En la segunda parte del siglo pasado la señora H. P Blavatsky asombró al incrédulo mundo occidental con una serie de fenómenos inexplicables2. Aparentemente de la nada ella producía una variedad de artículos cuando se necesitaban: frutas, vajilla, cubiertos, joyas, pañuelos bordados, libros, cartas y otras cosas. Se dice que logró convertir un tipo de materia en otra, viajó en su cuerpo sutil, y a veces hizo invisible su cuerpo físico. Podía ver cosas del pasado o desde una gran distancia en lo que ella llamaba la "luz astral".
Para cualquiera que estudie las pruebas a fondo y sin prejuicio, no hay duda alguna de que la señora Blavatsky era una genuina artífice de lo que el mundo llama magia. O quizás se aproxime más a la verdad decir que en muchos casos, la magia la hacían a través de su cuerpo ciertos yoguis adeptos altamente adelantados cuya discípula era ella.
Se ha afirmado que ella era una médium, pero en su asociación con las prácticas espiritistas esta palabra incluye la pérdida de la conciencia, y la señora Blavatsky nunca perdió el conocimiento mientras los fenómenos se realizaban a través de ella. Ella prefería usar la palabra mediadora a la de médium, para describir el papel que desempeñaba. Los adeptos que trabajaban a través de ella vivían muy lejos, pero no estaban limitados por el espacio; eran capaces de saber lo que ocurría a distancia y de entrar en acción, bien fuese viajando en sus cuerpos sutiles o por cualquier otro medio.
Con respecto a los llamados milagros, pasados y presentes, se puede decir que la opinión pública en la actualidad cae dentro de tres categorías. Están los que dicen que lo de los milagros es pura imaginación, que no tiene ninguna base real (quizás la mayoría en el mundo occidental). Están, por otra parte, los que a través de la experiencia personal o por cualquier otra razón aceptan lo milagroso como una cosa real. Y finalmente, hay algunos (en número creciente) que mantienen la mente abierta sobre la cuestión. Piensan que ciertos eventos que están fuera de los límites de una explicación racional no están necesariamente fuera de los límites de lo posible. Sienten de hecho cierta racionalidad en la idea misma de que no todas las leyes y fuerzas del universo han sido descriptas en los libros de texto de la ciencia moderna.
Pero aun cuando acepten teóricamente la posibilidad de lo milagroso, los que pertenecen a esta tercera categoría no están convencidos de que los milagros ocurran realmente. Antes de aceptar un evento como milagroso, necesitan pruebas convincentes, preferiblemente la comprobación de sus propios cinco sentidos, y aun a veces algo más que esto, una convicción intuitiva interna que acompañe el ver, el tocar, el oír, el comprobar.,Yo pertenecía a la tercera categoría antes de conocer a Sathya Sai Baba.
El interés por la investigación psíquica o la parapsicología, y el estudio del trabajo realizado en ese campo durante el siglo pasado me habían convencido de que muchos de los milagros estaban en realidad trasladándose firmemente más acá de la frontera y llegando al territorio de los hechos científicos respetables. La telepatía, la clarividencia y la precognición son ahora fenómenos establecidos en los laboratorios, aunque hasta ahora no haya ninguna explicación satisfactoria o hipótesis científica para ellos. Además, hay fuertes evidencias en favor de la realidad de la psicoquinesia, o sea el poder de la mente y voluntad de un hombre para mover objetos a distancia.
Cuando fenómenos como la habilidad de leer la mente, ver a través de paredes, predecir eventos futuros, o provocar o cambiar mentalmente el movimiento de objetos físicos son establecidos más allá de toda duda razonable mediante experimentos de laboratorio y análisis estadísticos, comenzamos a tener una explicación científica acerca de lo llamado "magia".
2 El Mundo Oculto, por A. P Sinnett. (The Theosophical Publishing House, Londres.)
Y esto es lo que la mayoría necesita hoy en día, no una explicación teológica como antaño, sino una exposición razonada aceptable para la nueva perspectiva "científica" aun cuando muchos científicos ortodoxos no quieran ver los hechos. En todas las edades ha habido dogmáticos reaccionarios que prefieren la comodidad de sus propias creencias o teorías a los nuevos hechos, las nuevas pruebas, o el nuevo pensamiento. En todas las clases encontramos esta inercia, esta cualidad tamásica3 que se aferra a la seguridad del statu quo, evadiendo el esfuerzo y los peligros de la eterna búsqueda de la verdad.
Pero si lo "milagroso" ocurre realmente, ¿cómo opera? ¿Podemos conocer o descubrir algo de los medios y procesos mediante los cuales se realiza uno de los llamados milagros? ¿Puede un físico nuclear explicar a un niño de primaria cómo se envía un cohete a la luna? Podrá dar una indicación y una explicación muy simplificada, pero antes de que el muchacho pueda realmente entender las leyes y las operaciones de la física nuclear, necesitará desarrollar sus capacidades mentales e ir, paso a paso, a través de un largo y disciplinado curso de adiestramiento.
El desarrollo y el adiestramiento requeridos para que un niño de escuela llegue a ser un físico nuclear son principalmente los del intelecto, de la concentración y de la perseverancia. Por otra parte, los que se necesitan para que un ser humano ordinario adquiera algún conocimiento relativo a los milagros son principalmente de carácter, de desarrollo psíquico y de evolución espiritual. Con un verdadero adiestramiento yoga, el cual es de hecho un adiestramiento espiritual, comienzan a aparecer los poderes milagrosos, como lo señala Patanjali en sus Yoga Sutras.
Muchos otros grandes maestros han enseñado la misma ley de varias maneras. Sai Baba de Shirdi, por ejemplo, decía a sus seguidores que en el curso de la concentración en el Gurí o en Dios en cualquier forma uno se vuelve, si es sincero, más tranquilo, más plácido, y en ciertos casos el poder latente de leer las mentes de otros o de ver clarividente mente se adquiere espontáneamente.
Pero, ¿qué hay de los sacerdotes vudús del Africa,de los shamanes de las tribus de Siberia, de los médicos brujos de los pueblos primitivos? La mayoría de éstos están lejos de ser seres evolucionados espiritualmente. De hecho, ellos a menudo usan sus poderes mágicos con fines de venganza, provecho personal, asesinatos y otros crímenes indetectables.
Esto nos trae a la cuestión de los diferentes niveles de magia, desde el tipo trascendental de la alta magia blanca descendiendo a través de los diferentes matices de grises, hasta llegar a la magia negra o hechicería. Muchas clases de milagros se realizan por medio de la colaboración de seres de otros planos de existencia, tales como los duendes de ia naturaleza, los elementales, los seres humanos desencarnados, y los devas o seres angélicos. Esta teoría parece ser la que más se sostiene pues ha sido afirmada por casi todos los magos, altos y bajos, que han tenido algo que decir sobre su modo de operar. El Coronel H. S. Olcott, Presidente Fundador de la Sociedad Teosófica, afirma que los miembros de la última gran escuela de teurgia, en la vieja Alejandría, "creían en espíritus elementales a quienes evocaban y controlaban".
Para llamar y mandar a las diferentes clases de seres hay siempre un conocimiento secreto. Esto incluye no solamente los tantras, mantras y yantras (el ritual correcto, las palabras correctas y las figuras geométricas y matemáticas correctas) sino también ciertas autodisciplinas, y por sobre todo ello, el desarrollo de la voluntad.
3 Cualidad energética que se expresa como densidad, pesadez, inercia.
Cuanto más se desarrolle la voluntad, menores serán las ayudas ceremoniales requeridas. En "Old Diary Leaves", el Coronel Olcott, quien pasó muchos años en estrecha asociación con la teúrga y productora de fenómenos, la señora H. P Blavatsky, describe eventos milagrosos que ocurrían frecuentemente en presencia de ella. Algunos de ellos, decía la señora, eran realizados con la ayuda de espíritus elementales. Estos parecían estar plenamente bajo el control de su voluntad, sin necesidad de apelar a ningún ritual, mantras o yantras.
Por otra parte, un ocultista italiano, el señor Bruzzesi, quien vino a visitar a la señora Blavatsky y al Coronel Olcott una tarde en Nueva York, empleó un yantra (dibujo mágico). Empleando las artes ocultas, él produjo en cuestión de minutos de un cielo azul un aguacero. El Coronel observó que este señor parecía tener una voluntad indomable, pero que también usaba una extraña figura geométrica sobre un cartón que él mantenía en alto hacia el cielo. No dejó que Olcott tocara ni examinara detenidamente ese yantra. El italiano indicó que el aguacero era producido por espíritus bajo sus órdenes.
Las personas de niveles inferiores en la evolución espiritual pueden aparentemente emplear la técnica de usar entidades de los otros planos de existencia que interpenetran la tierra, pero como lo semejante siempre atrae a lo semejante, los hechiceros con malas intenciones atraerán agentes espirituales malos para hacer su voluntad. El poder de esa magia baja es bastante real bajo ciertas condiciones, pero lleno de peligro para el practicante quien deberá estar siempre en guardia, no sea que sus armas se conviertan en bumerang y lo destruyan. Este es uno de los peligros de la magia negra o de la siniestra.
Los que realizan el tipo de magia gris o mediana atraen aliados de un tipo algo mejor de los sutiles planos de la existencia. Los motivos de esos magos no son criminales. No apuntan al asesinato, la inmoralidad, la dominación ni la destrucción. Sin embargo, como el.ciudadano promedio del mundo de hoy, su motivación es más egoísta que altruista. El orgullo, deseo de fama, ambición y avaricia son algunos de los poderes que los mueven. Por ejemplo, Mohammed Bey, a quien Paul Brunton dedicó un capítulo en su libro sobre la India, era un tipo corriente de mago gris. Su objetivo era francamente el hacer dinero, y para sus proezas supranormales (principalmente el leer el contenido de documentos sellados) él había adiestrado y estaba empleando, decía, al espíritu desencarnado de su hermano muerto. Esto no es más inmoral y poco ético, quizás, que muchas prácticas comerciales normales, tales como el uso de espías industriales "en persona". Pero están involucrados muchos más peligros para la salud, el bienestar y la integridad personal del que emplea las fuerzas desencarnadas. Además, los poderes milagrosos usados para fines comerciales y egoístas se pierden fácilmente, y de ello han podido darse cuenta muchos mediums espiritistas profesionales y seudo yoguis orientales.
En el otro extremo de la escala de la hechicería salvaje y de la magia negra, a través de los varios matices de grises, llegamos a la magia blanca, la del camino recto, la de la diestra. Esto es algo totalmente diferente. Diferente en motivo, método, poder y alcance. La clave para reconocerla está en el motivo. Este debe ser puro; o sea, enteramente desasociado del yo personal del taumaturgo. Debe ser una persona que se haya elevado por encima de los atractivos normales de la naturaleza. El dinero, la ambición, la fama, el poder personal, la seguridad todas las fuerzas que usualmente impelen al hombre deberán carecer, de todo significado para él. Su sola motivación es un amor puro para sus prójimos, con el deseo de aliviar sus penas y sufrimientos y de elevarlos hasta niveles más altos de comprensión y felicidad.
Si un hombre ha alcanzado tan altas normas de acción, quizás a través de la evolución por muchas encarnaciones pasadas en la tierra, entonces seguramente dispondrá de poderes milagrosos. Estos serán parte de su naturaleza pura, divina. El Srimad Bhagavata pregunta: "¿Cuál es el poder que está fuera del alcance del sabio que ha controlado su mente, sus sentidos, sus corrientes nerviosas y su disposición, y se concentra en Dios?" Y en otra parte dice: "Cuando una persona está inmersa en Dios, todos los poderes, todo el conocimiento, toda la sabiduría, toda la perfección, que se dicen divinos, resplandecen en ella".
Todos los que han escrito acerca de este difícil tema han dicho lo mismo. Eliphas Levi escribió: "Para dominar a la Naturaleza, el hombre debe estar por encima de la Naturaleza". Joseph Ennomoser en su "Historia de la Magia", escrita hace ya más de un siglo, dijo que las obras milagrosas divinas son posibles solamente para los "que han convertido su vida toda en una vida divina; que ya no son esclavos de los sentidos..." Y es bien sabido que en las escuelas teúrgicas de antaño el hierofante que operaba los misterios esotéricos vivía una vida de la más estricta pureza y auto abnegación.
Al nivel más alto podemos decir que los milagros son obra de Dios a través de una persona purificada que encarna (o sea que da
forma humana terrestre) a la Divinidad. Cristo dijo: "El Padre (Dios) que mora en mí, realiza las obras (milagros). Yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí..."
En el Imperio Romano, durante el primer siglo de la Era Cristiana, la brujería había desacreditado a toda la magia y ésta fue prohibida por el emperador. No obstante, el gran taumaturgo Apolonio de Tiana señaló las diferencias entre las formas inferiores y las superiores. Dijo: "No preciso de sacrificios pues para mí Dios siempre está presente y colma mis deseos... Yo llamo falsos sabios a los hechiceros, porque sólo les atraen las riquezas que yo siempre he despreciado..."
Los taumaturgos divinos no tienen ninguna necesidad de los sacrificios o encantamientos usados por los magos de bajo orden. No se tiene conocimiento de que Jesús o Krishna o Shirdi Baba usaran ritos tántricos o cantaran mantras. Estaban por encima del uso de esas fórmulas. En ellos, la voluntad espiritual era el poder creativo. Una voluntad semejante es a la vez humana y divina. Es humana en cuanto todos los hombres la tienen en potencia, aunque lo que la mayoría de los hombres consideran como su "voluntad" no son más que sus propios deseos, abiertos u ocultos. Solamente cuando se hayan eliminado estos deseos egoístas, solamente cuando hayan sido borrados como se borra lo sucio de un cristal al pulirlo, y el hombre se vea a sí mismo como uno con Dios, solamente entonces es cuando resplandece la verdadera voluntad espiritual. Y ésta, siendo divina, tiene poder y dominio sobre los mundos de la materia.
Pero esto no quiere decir que una semejante voluntad iluminada no emplee a veces seres de otros planos para ejecutar sus mandatos. Ennemoser, que estudió e investigó estas cuestiones a fondo, dice que mientras que en la clase inferior de magia la operación depende casi enteramente de los espíritus elementales, en la superior "Eí hombre opera principalmente a través de su poder innato, pero no sin la asistencia de espíritus elementales".
Los poderes y fuerzas de otros mundos que el hombre Dios, o avatar, dirige con su voluntad pura deben por la naturaleza misma de las cosas ser de un tipo superior y no los demonios y espíritus malos que se encuentran en la nómina del brujo. Y no hay ningún peligro de que algún agente oculto perjudique o abandone al gran mago blanco. Este será profundamente reverenciado por los agentes superiores, y temido además de muy respetado por los inferiores, sean éstos no humanos o humanos desencarnados.
Decir, como los analistas de la magia siempre han dicho, que las entidades de otros mundos, más o menos inteligentes, son a menudo los sirvientes del taumaturgo no significa burlarse del concepto de la ley natural. No hay duda de que el universo funciona de acuerdo a un patrón de armonía y ritmo. El que el Hombre, a través de la cuidadosa observación y razonamiento, haya sido capaz de hacer ciertas generalizaciones, que él llama leyes de la naturaleza, es también cierto. Pero esas generalizaciones nunca explican completamente los fenómenos. Con el tiempo vienen otras generalizaciones, otras hipótesis, otras leyes, que se acercan más a la verdad última, y en éstas la vieja "ley" desaparece se demuestra que era errónea o solamente una comprensión parcial de la realidad .
Las enseñanzas de la ciencia oculta, tales como se dan en "La Doctrina Secreta" de H. P. Blavatsky y otras obras, sugieren que seres vivientes más allá del átomo, y tan invisibles como el átomo a los ojos humanos, juegan una parte en la marcha de la Naturaleza. Pero tales seres no están actuando de acuerdo a sus propios antojos y caprichos: están trabajando, y están ayudando a llevar a cato, esa armonía rítmica que abraza las leyes más profundas del universo. Tampoco desvía el taumaturgo a tales seres de su vía legítima para convertirlos en violadores de leyes. Por su voluntad producen efectos sorprendentes, pero esto siempre se hace de acuerdo a la ley, aun cuando sea por una ley más profunda que el hombre no ha descubierto todavía.
Si consideramos, por ejemplo, aquel espectacular milagro, el de convertir una clase de materia en otra, podemos obtener alguna comprensión de este principio. Toda materia, se cree, emerge de la energía y puede ser reconvertida en energía. Así el proceso milagroso es el de reducir un tipo de materia a su forma energética fundamental, y con ésta construir otro tipo de materia.
Aun sin reducirla a la energía nuclear básica, el hombre hoy está convirtiendo una clase de materia en otra. Por ejemplo, en los complejos industriales manufactureros, la química sintética está descomponiendo sustancias naturales tales como el carbón y el petróleo en sus elementos constituyentes y usando éstos como ladrillos para construir tipos de material totalmente nuevos y desconocidos en la Naturaleza, tales como los plásticos y las fibras sintéticas. Así es que lo que una vez era un pedazo de carbón o un frasco de petróleo se convierte en un vestido de nylon, o quizás en la caja de plástico de una afeitadora eléctrica.
¿Por qué entonces no habrá en los laboratorios ocultos de la Naturaleza trabajadores capaces de operaciones similares o aun más difíciles de reducción y conversión? Así el agua se torna en vino para una fiesta de boda en la vieja Palestina, o en aceite para las lámparas de una mezquita en Shirdi. Estos operadores ocultos, espíritus del laboratorio de la Naturaleza, trabajan de acuerdo con las leyes cósmicas. No pueden violar ninguna ley como tampoco lo hacen los magos de la química moderna. Pero las leyes que los controlan son más profundas que las qué nosotros conocemos en la actualidad. De acuerdo con éstas, y sin perturbar la armonía de la Naturaleza, ¿por qué no podrán convertir metales bajos en oro cuando esto se hace bajo la voluntad de un gran alquimista que ha perdido todo deseo personal por el oro, y que lo usará solamente para el bien de sus semejantes?
Considerados bajo esta luz, vemos que los milagros de un Cristo, un Krishna, un gran Maestro de cualquier siglo, no son realmente más increíbles que el sinnúmero de milagros que constantemente vemos a nuestro alrededor, "los mundos estrellados en el tiempo y en el espacio, la procesión de la vida, los procesos de crecimiento y reproducción...".
La plena comprensión del "modus operandi" de los milagros está sin duda fuera del alcance de la conciencia humana en su actual estado de evolución. Pero el intento por resolver estos misterios debe llevarnos a una mayor comprensión de nosotros mismos y del milagroso universo a nuestro alrededor.
Fue un libro4 escrito por un inglés y publicado en Inglaterra lo que por primera vez me inclinó hacia la extraña y fascinante figura que se conoce como Shirdi Sai Baba.
4 The Inaedible Sai Baba, por Arthur Osborne (Rider & Co., Londres).
Luego, mediante otros escritos, conocí más cosas acerca de este hombre Dios, inclusive la biografía en cuatro volúmenes de B. V. Narasimha Swami, pero desde el primer momento de mi acercamiento sentí algo que se movía en el fondo de mi ser como si algo hubiera tirado de una cuerda prendida al alma de mi ser más recóndito. No podía entender lo que tal cosa significaba.
El misterio rodea el nacimiento y la filiación de Sai Baba. Todo lo que se sabe son unas pocas palabras dichas por Sai Baba mismo y éstas, a menudo simbólicas, no siempre parecen consistentes. Sin embargo, parece ser que su nacimiento tuvo lugar a mediados del siglo pasado en el Nizam del Estado de Hyderabad, probablemente en el pueblo de Patri. Aparentemente sus padres eran brahmanes hindúes (transmisores del conocimiento y evolución espiritual), pero a tierna edad Baba parece haber quedado al cuidado de un fakir musulmán, un hombre santo y probablemente un sufí, quien fue su primer gurú.
Después de cuatro o cinco años, debido a la muerte del fakir o por alguna otra razón, Sai Baba quedó bajo el cuidado de un importante funcionario gubernamental en Selu, llamado Gopal Rao. Este hombre notable no era sólo rico y liberal sino también pío, culto y profundamente religioso. El era un guerrero santo con poderes a la vez temporales y espirituales.
Cuando vio al joven Sai Baba por primera vez reconoció en él, se dice, a una encarnación del gran santo, Kabir. Gopal Rao estaba complacido, por lo tanto, de que el muchacho viviera en su residencia y tomara parte, como constante compañero, en las actividades de la corte, el campo y el templo. Así es que el niño obtuvo de Gopal Rao, su segundo gurú, un adiestramiento y una educación de la más alta calidad, aunque no de tipo libresco.
Pero después de unos cuantos años, el santo guerrero decidió que había llegado el momento de dejar la tierra. En consecuencia, en el momento fijado por él mismo para su partida, se sentó en medio de un grupo religioso que realizaba rituales de adoración y por su propio poder yóguico dejó su cuerpo. Pero antes apuntó hacia el oeste y ordenó al joven Sai Baba que viajara en esa dirección hacia su nueva morada.
Sai Baba viajó hacia el oeste y eventualmente llegó al pueblo de Shirdi, en la Presidencia de Bombay (como se llamaba en esa época).
Al comienzo no fue bien recibido allí. Al acercarse a un templo hindú en las afueras de la ciudad, fue atraído por su tranquilidad solitaria y quiso vivir en él. Pero el sacerdote a cargo del mismo lo tomó por un musulmán y no quiso dejarle poner el pie en el templo.
Por esto Baba estableció su residencia temporal al pie de una mata de margosa. Se fue y regresó varias veces a Shirdi, luego en el año 1872, se estableció permanentemente en el pueblo. Una mezquita musulmana abandonada vino a ser su casa. Mantenía un fuego constante y tenía unas lámparas de aceite prendidas en el interior de la mezquita durante toda la noche. De acuerdo con la tradición, era común tanto a hindúes como a musulmanes el que los lugares de culto fuesen iluminados durante la noche.
Algunas personas reconocieron las cualidades divinas de Sal Baba y vinieron a rendirle homenaje (entre los primeros el sacerdote que lo había echado del templo hindú) pero la mayoría de los habitantes del pueblo lo consideraban como un fakir loco, del que no valía la pena ocuparse. De acuerdo con la tradición de los hombres santos de la India, él dependía de la caridad para su comida y otras necesidades materiales. Estas eran pocas, pero sí necesitaba aceite para sus lámparas de barro. Una noche el tendero que le suministraba a Baba el aceite gratis le dijo, mintiendo, que no tenía más en existencia. Quizás fue esto un chiste para divertir a los ociosos del pueblo. De todos modos, un grupo de ellos, junto con el vendedor de aceite, siguieron al joven y loco fakir hasta su mezquita para ver qué haría sin su fuego religioso, y quizás para pasar un buen rato burlándose de él.
En las mezquitas hay recipientes con agua para que la gente se lave los pies antes de entrar en los recintos sagrados. En la penumbra, los pueblerinos vieron que Baba tomaba agua de los recipientes y la vertía en sus lámparas. Luego prendió las lámparas y éstas ardieron, y siguieron ardiendo. Y los observadores se dieron cuenta de que el fakir había cambiado el agua en aceite. Consternados cayeron a sus pies, y rogaron que no los maldijera por el trato que le habían dado.
Pero Baba no era lo que ellos pensaban. No era un brujo resentido por su desprecio pronto a aprovecharse de una ventaja. Su naturaleza era amor puro. Les perdonó y comenzó a darles enseñanza.
Este fue el primer milagro que Sai Baba realizó ante el público, y fue la mecha que encendió el fuego que se transformó en el faro que atrajo a miles de hombres hacia él. Muchos se hicieron devotos suyos. Usaba sus poderes milagrosos para curarles las enfermedades, para ayudarles con sus problemas cotidianos, para protegerlos de todo peligro donde quiera que se encontrasen, y para atraerlos a un modo de vida espiritual.
Muchos de ellos vieron que cambiaba su sentido de los valores. Algunos se entregaron completamente a la voluntad divina que veían en Baba, abandonaron sus vidas mundanas, y vinieron a vivir a Shirdi como discípulos más cercanos. Sai Baba los instruía de acuerdo con sus necesidades y capacidades. Los eruditos que lo creían analfabeto encontraron que podía discurrir sobre filosofía espiritual e interpretar las escrituras sagradas de la India más profunda y más claramente que nadie que hubieran conocido. Pero siempre conducía a sus discípulos por el radiante camino del amor divino, de la sumisión y de la devoción.
El cuidado amoroso de sus devotos era el motivo imperante en todas las acciones de Baba, y muchos de ellos han declarado que en su presencia sentían siempre una exaltación espiritual. Olvidaban sus penas, sus preocupaciones y sus ansiedades. Se sentían completamente a salvo y las horas pasaban desapercibidas en dichosa felicidad.
Una devota, una parsi, escribió: "Otros santos olvidan sus cuerpos y lo que los rodea, y luego vuelven a ellos, pero Sai Baba estaba siempre a un mismo tiempo dentro y fuera del mundo material. Otros parecen tener dificultad y hacer esfuerzos para poder leer la mente de las personas y decirles su historia pasada, ,pero Sai Baba no requería de ningún esfuerzo. El estaba siempre en estado de perfecta omnisciencia".
Se cuentan muchas historias curiosas, divertidas e iluminadoras sobre él en los volúmenes escritos sobre su vida y enseñanzas. Pero para nuestros fines hay sólo unos pocos puntos que podemos señalar. Uno de los objetos del fuego que él mantenía permanentemente encendido en la mezquita era tener siempre una provisión de ceniza a disposición. Esta ceniza la llamaba udhi, y la empleaba con muchos fines milagrosos, en particular para curar enfermedades. Los milagros que él realizaba cubren toda la gama de poderes supranormales, tales como los que se mencionan en aquellos clásicos espirituales y yóguicos como son el Srimad Bhagavata y los Yoga Sutras de Patanjali. Muchas veces él demostró a sus devotos que sabía lo que estaban pensando, diciendo o haciendo, cuando se encontraban a cientos de millas de él. Frecuentemente, en las crisis; él aparecía dondequiera que se le necesitara, bien en su propia forma o aparentemente en cualquier otro cuerpo un mendigo, un ermitaño, un obrero, un perro, un gato o cualquier otra cosa . Había abundantes pruebas de que él podía proyectarse a través del espacio y tomar cualquier forma material que escogiera. Los que estaban en la mejor posición para saberlo, sus discípulos más cercanos, no tenían duda alguna al respecto.
Baba procuraba visiones a la gente, como por ejemplo, en el caso del alto brahmán que dudaba en entrar a la mezquita. Desde fuera de la mezquita el brahmán vio a Sai Baba en la forma del Dios que él adoraba, Sri Rama. La visión de Rama fue tan convincente que él se precipitó adentro y cayó a los pies de Baba. Otros tipos de milagros incluyen el dar protección a distancia protección contra accidentes, plagas, la mala suerte y la muerte inminente. El otorgamiento de descendencia a los que no tenían hijos o que deseaban tener un hijo varón; el aparecerse a la gente en los sueños con consejos y ayuda en sus problemas.
Al igual que Jesús, Baba podía ahuyentar a los espíritus malos de los poseídos y curar las enfermedades más terribles, como la ceguera, la parálisis y la lepra. Por ejemplo, él le permitió a Bagoji, un hombre con avanzada lepra, que viniera y le lavara las piernas. La gente temía que Baba se contagiase, pero por el contrario fue Bagoji el que se curó completamente de su lepra, sólo le quedaron las cicatrices y marcas.
Hacia fines del siglo pasado, a pesar de lo primitivo de las comunicaciones en la India, la fama de Sai Baba crecía rápidamente. Llegó al punto culminante en 1910 cuando un flujo interminable de visitantes empezó a llegar desde Bombay y otros lugares. Pompa y ceremonia le impusieron al recio y sencillo viejo santo. Cargado de joyas, sentado en un carro de plata con finos caballos y elefantes, lo llevaban en grande y pintoresca procesión por las calles.
A Baba, se dice, no le gustaba este espectáculo, pero se sometía a él por complacer a la gente. Sin embargo, a pesar del tratamiento real y de las riquezas que se le ofrecían, él continuaba mendigando su comida como antaño; quizás para demostrar que la humildad es mucho más necesaria cuando la riqueza, la pompa y el poder están tratando de seducir el alma del hombre.
Cuando Sai Baba murió en Shirdi en 1918, tenía apenas el dinero necesario para pagar su entierro, y nada más. Es tradición en la India enterrar y no quemar a una persona "realizada" en Dios. Así, todos los devotos convinieron en que Baba fuera enterrado, pero riñeron acerca del método. Como sucedió en el caso de Kabir, siglos antes, tanto el sector hindú de sus seguidores como el musulmán, reclamaban el derecho de enterrar el cuerpo de acuerdo con sus propios ritos particulares. Como eran mayoría, los hindúes ganaron, aunque debido a la sabiduría y diplomacia del señor H. S. (Kaka) Dixit, se hicieron concesiones aceptables para los seguidores musulmanes. La tumba de Sai Baba, la mezquita donde vivió durante más de cuarenta años y donde el fuego sagrado sigue ardiendo, y otros lugares asociados con él en Shirdi son hoy la Meca de miles de peregrinos hindúes, musulmanes, parsis, budistas y cristianos.
CAPITULO 1
LA BUSQUEDA
Si, por tanto deseas la sabiduría, no faltará alguna lámpara que teilumine...
ANONIMO
Después de nuestra permanencia en Europa, mi esposa y yo decidimos quedarnos por algún tiempo en la India de paso para nuestro hogar en Australia. Teníamos dos objetivos en mente. Uno era pr6fundizar más en la teosofía, asistiendo durante seis meses a la "Escuela de la Sabiduría" en la Sociedad Teosófica de Adyar, Madrás. Debo decir, incidentalmente, y en caso de malentendido, que esta Escuela no pretende ofrecer un breve curso de sabiduría; su objeto es simplemente el de hacer un estudio de la sabiduría eterna, de la filosofía etema que se encuentra principalmente en las antiguas escrituras de Oriente.
Nuestro segundo objetivo era el de viajar por el país para detectar, si la había, alguna dimensión espiritual más profunda en la vida de la India moderna. ¿Quedaba, nos preguntábamos, algo de la India misteriosa descripta en las páginas de Paul Brunton, Yogananda, Kipling, Madame Blavatsky, el Coronel H. S. Olcott y otros escritores? ¿Existían todavía fuentes ocultas de conocimiento esotérico o se habían secado los viejos manantiales? ¿Sería posible encontrar en alguna parte, en un ashram (lugar de retiro religioso) o ermita en la jungla, a un gran yogui de poderes sobrenaturales que conociera los secretos de la vida y de la muerte? Pensamos que un año más o menos bastaría para la realización de este programa.
La Escuela Teosófica fue muy agradable e iluminadora. Fue como una incursión en las enseñanzas de la sabiduría, que iban dzsde los antiguos Vedas hasta "La Doctrina Secreta", publicada en 1888 y preparó nuestras mentes para nuestra futura exploración "en el terreno". Entendíamos mejor lo que estábamos buscando y nos sentíamos mejor equipados para apreciarlo si lo llegábamos a encontrar.
Nuestra búsqueda nos llevó a varios de los conocidos ashrams a todo lo largo de la India, y a algunos de los poco conocidos. Nos sentamos y hablamos con ermitaños y ascetas en sus cuevas en los Himalayas. Conocimos una gran variedad de sadhus, sadhaks (renunciantes, sabios, eruditos) y de maestros de diferentes tipos de yoga.
Desde las ermitas de los Himalayas y desde los ashrams a la orilla del sagrado Ganges regresamos a Nueva Delhi. Allí, en un distinguido club social, conocimos a un importante hombre de negocios quien nos dijo, mientras paladeaba su cerveza: "¡Así es que ustedes están buscando la vida espiritual de la India! ¡No la hay! Eso se acabó. Nosotros buscamos lo que ustedes tienen en Occidente progreso material 2'.
En otro lugar, un profesor de historia también trató de apagar nuestro entusiasmo. "Créanme", decía, "no queda ya ninguna espiritualidad en este país. En la India de antaño la hubo, claro está, pero ésta murió hace miles de años".
Sin embargo, sabíamos que los hombres que hablaban así, los hombres de la moderna India con su sed de tecnología occidental, estaban equivocados acerca de su propio país. Habíamos visto y experimentado lo suficiente como para sentirnos seguros de que los tesoros yóguicos de antaño todavía se podían encontrar en sus apartados rincones.
Los habíamos sentido; habíamos olido algo de su perfume en los aires; habíamos encontrado hombres felices al enseñar, por amor a la Enseñanza, las verdades eternas de la religión y de la filosofía hindú. No había escasez.de palabras inspiradoras y de nobles teorías. Pero no habíamos encontrado todavía a ningún hombre con poder real; uno que hubiera vivido la vida de yogui durante suficiente tiempo y de manera suficientemente real como para haber trascendido las limitaciones que unen al Hombre a su desgraciado estado actual; pero con todo el prometedor material, había alguna esperanza de que existiera alguno de éstos. También sabíamos que los tesoros espirituales no se le dan a uno en bandeja de plata. Hay siempre tapas (dificultades), trabajos, austeridades que pasar para lograrlo.
Los viajes en tren y autobús por las llanuras de la India en el ardiente mes de junio, los considerábamos austeridades suficientes para cualquiera. Del horno que era Delhi fuimos a uno peor en Dayalbagh en los alrededores de Agra. Queríamos ver qué había sucedido con la colonia religiosa de Radha Soami en esa ciudad que Paul Brunton había admirado tanto hacía treinta años.
Encontramos que sus instituciones educacionales habían progresado y que sus fábricas y granjas parecían florecientes, pero que tenían un aspecto cansado. No había nada del dinamismo que Brunton había encontrado allí. Era como un viejo cansado cuyos sueños rosados y optimistas no se realizaron. Quizás se debía esto a que el líder enérgico e inspirador de los días de Brunton, Su Santidad Sahabji Maharaj, había muerto. Antes de morir, él entregó la dirección a ún ingeniero retirado escogido entre sus seguidores, un tal Hazur Mehtaji Maharaj. Este era ahora "Dios encamado en la tierra para los Deyalbaghitas".
Resultó ser un Dios evasivo. Tratamos de verlo pero no recibimos ningún estímulo de él. En una oportunidad salimos temprano con un gran grupo que trabaja durante varias horas en el campo antes de empezar sus deberes en las oficinas, escuelas o fábricas. El gurú se encontraba en el grupo y teníamos grandes esperanzas de hacer por fin el contacto (por esta razón habíamos ido nosotros), pero siempre se las arregló para poner distancia entre él y nosotros.
Finalmente, sin embargo, el día anterior a nuestra salida, el secretario de la colonia logró detenerlo lo suficiente en su oficina como para que pudiéramos tener una entrevista. En el camino para la entrevista nos mostraron la casa en la cual vivía el líder. Era iguala cualquier otra en una fila, indistinguible entre sus modestas vecinas.
En la oficina encontramos a un hombre pequeño y tímido que parecía tener vergüenza por el hecho de que hubiera un aparato de aire acondicionado en su sencilla habitación. Esto no era corriente en la colonia, y nos señaló que sus seguidores lo habían obligado a aceptar ese excepcional lujo debido a su delicada salud. Era amable en su modestia, pero no dijo nada de importancia que yo pudiera recordar. Y nosotros no sentimos nada, excepto que si Dios era la humildad misma, entonces este hombre podía ser Dios encarnado, pero era ciertamente una encarnación muy renuente, y mantenía sus otros signos de divinidad bien escondidos de nosotros, al menos .
El secretario, Babu Ram Jadoun, compensó con su abierta hospitalidad y asistencia cualquier falla por parte del modesto líder. Pasaba las tardes con nosotros en los sillones, enfrente de la casa de huéspedes, hablando de la fe de Radha Soami y de su Sabdha Yoga, en el cual uno se concentra en la meditación, en escuchar los sonidos internos del anahatha (centro psíquico ubicado a la altura del corazón). También le gustaba recordar el pasado y contarnos anécdotas acerca de los dos escritores ingleses, Yeats Brown y Paul Brunton, que se habían alojado juntos una vez en esta misma casa de huéspedes al comienzo de los años treinta.
Yo sabía que había ahora cerca de veinte de estas colonias Radha Soami en la India, cada una con su propio gurú. Habíamos visitado parte de ellas, inclusive la más grande en Beas, cerca de Amritsar, donde unas 600.000 personas creen que su benigno líder, Charan Singh Maharaj, es la verdadera encarnación. Habíamos notado que cada grupo que visitábamos tenía exactamente la misma idea acerca de su líder.
La noche anterior a nuestra salida de Dayalbagh decidí preguntarle al secretario, un hombre inteligente, qué pensaba él acerca de esta división de la creencia que se había desarrollado en el culto durante el siglo de su existencia desde 1861.
"¿Tienen todos los líderes la corriente divina?", pregunté. "¿Cree usted que todos son encarnaciones del infinito Brahmán?" Sólo mi esposa y yo estábamos sentados con él bajo los árboles delante de la casa de huéspedes.
Se movió en su asiento, el aire caliente nos envolvía como una manta, y después de un minuto de silencio, contestó: "No, sólo puede haber una encarnación al mismo tiempo".
"¿Y ésta es su líder?"
"Sí".
"¿Así es, pues, que todos los demás están equivocados?'
Treo que sí".
"Bien, usted tendrá, sin duda, una buena razón para estar tan seguro", le dije, "pero, ¿cómo podemos nosotros cómo puede cualquier extraño saber quién tiene la razón? ¿Cómo podemos decidir en cuál de los muchos líderes, si los hay, está encerrada la divinidad?"
El hombre pequeño y arrugado pareció rumiar su pensamiento por un tiempo antes de decir: "Hace treinta años, yo era catedrático en la Escuela de Ingeniería de aquí. Una noche estaba sentado con varias personas donde estamos sentados ahora, escuchando a nuestro líder, Sahabji Maharaj. Paul Brunton, quien se encontraba con nosotros, le hizo la misma pregunta que usted me acaba de hacer. Recuerdo muy bien la respuesta que Su Santidad le dio..."
"¿Cuál fue su respuesta?", preguntó Iris.
"Fue: `Ora cada día a Dios para que te conduzca al hombre en el cual está ahora encarnado'. Le sugiero lo mismo a usted ahora y su plegaria será sin duda oída". Hizo una pausa, luego añadió con una suave sonrisa: "Y cuando lo sepa, cuando lo encuentre, le ruego me escriba y me lo haga saber".
Me preguntaba si él quería decir "escriba y dígame que está en camino de regreso para acá". Luego recordé que Paul Brunton no volvió a Dayalbagh para iniciarse en la fe de Radha Soami, sino que encontró su gran gurí en Ramana Maharshi, de Tiruvannamalai.
Todo esto era muy extraño. No estaba seguro de creer en las encarnaciones modernas. Quizás en la antigüedad como lo enseñaban las escrituras, había habido tales encarnaciones, hombres como Rama, Krishna, Cristo y otros. Sabía que muchos en la India consideraban a algunos maestros espirituales, comparativamente modernos, tales como Paramahamsa Ramakrishna, como encarnaciones o avatares, pero nunca había esperado ni esperaba encontrar a alguno en la década del 60. La idea no se me había ocurrido. Estaba preparado para quedarme satisfecho con un gran yogui que hubiera subido a las rarificadas alturas de la realización con Dios. Pero, ¿cuál era la diferencia, si la había? Todo esto estaba fuera de mi comprensión o de mis esperanzas. .
Sin embargo, mi esposa y yo decidimos que, si entre los muchos millones de gente en la India había una encarnación hoy en día, nos gustaría encontrarla. De manera que la plegaria no nos haría ningún daño. Podía, al menos, ayudar a guiarnos hacia el gran maestro que buscábamos.
No creo que repitiéramos la oración de Su Santidad Sahabji Maharaj con sus mismas palabras muy regularmente o por mucho tiempo, pero el fuerte anhelo estaba en lo profundo de nuestros corazones, el anhelo de encontrar a la más alta manifestación de Dios en el hombre. Y esto en sí es una plegaria.
CAPITULO II
SATHYA SAI BABA
La verdad es siempre extraña; más extraña que la ficción.
LORD BYRON
Oí pronunciar por primera vez el nombre de Sathya Sai Baba por un yogui caminante. El personalmente no había conocido a este santo hombre, dijo, ni había estado en su ashram que quedaba en un pueblo llamado Puttaparthi. Había oído decir que ese lugar era difícil de alcanzar, ya que se encontraba en los montes del interior; había que hacer la última parte del viaje en carreta de bueyes o a pie por escabrosos caminos. Pero el Swami (maestro) valía sin duda el esfuerzo, pensaba el yogui, si yo tenía tiempo y estaba interesado en fenómenos. Tenía la reputación de tener siddhis (poderes milagrosos supranormales), y de ser un taumaturgo.
"¿Qué clase de milagros?", pregunté.
"Bueno, se dice que El puede, por ejemplo, crear objetos de la nada. Claro está, hay otros hombres que pueden hacer algunas suertes supranormales, pero, por lo que se dice, los poderes de Sai Baba son mucho más grandes. Y El realiza milagros frecuentemente. Cualquiera puede verlos".
Esto desde luego despertó mi interés y curiosidad. Había oído (y ¿quién no?) que la India era el crisol de los taumaturgos. Había leído acerca de los grandes adeptos, ocultistas, santos del pasado que conocían las leyes internas de la Naturaleza. Pero dudaba a medias de su realidad. Y si bien habían existido alguna vez, ¿podría todavía haber alguno?
Esta, pensé, podría ser mi gran oportunidad para averiguar si los fantásticos cuentos que han salido de la India pertenecen al reino de los hechos o de la ficción. Decidí que debía ver a Sathya Sai Baba tan pronto como fuera posible. Más tardé, cuando me enteré de que sus seguidores lo consideraban una reencarnación de Sai Baba de Shirdi, mi deseo de conocerlo se hizo más fuerte aun.
Pero el "safari" en carreta de bueyes hacia el interior de la India del sur tendría que esperar un poco. Nos parecía más que arduo, y habíamos descubierto recientemente en nuestro viaje al norte que el viajar de ordinario por la India agota la vitalidad de cualquiera. A nuestro regreso, nos alegramos de podernos recuperar por un tiempo en el tranquilo y frondoso parque de la Sociedad Teosófica.
Un día, varios meses después de nuestro regreso, una joven y pálida mujer vestida con la túnica ocre de un monje vino de visita a las oficinas centrales de la Sociedad Teosófica. Nos fue presentada por un amigo mutuo como Nirmalananda, y la invitamos a tomar el café de la mañana con nosotros. Nos dijo que era americana, de Hollywood; extraño lugar de origen para una asceta, pensamos. "Nirmalananda", dijo, era el nombre hindú que le había dado Swami Sivananda cuando la inició en la vida monástica. Después de su muerte, había dejado su ashram en Rishikesh y se había hecho seguidora de Sathya Sai Baba. En Puttaparthi había sido testigo de muchos maravillosos milagros. Ahora Sai Baba estaba de visita en Madrás y ella formaba parte de un pequeño grupo de discípulos que El había traído consigo.
Esta parecía ser nuestra mejor oportunidad. Iris no se sentía lo suficientemente bien para acompañarnos, pero Nirmalananda me condujo hasta el sitio donde Sai Baba estaba alojado. Era una casa agradable, detrás de céspedes y jardines de flores. Luego me enteré de que era la casa del señor G. Venkateshwara Rao, el magnate de la mica quien era también devoto de Sai Baba. Los céspedes y senderos del frente de la casa estaban llenos de gente sentada quietamente en el suelo con las piernas cruzadas; hombres vestidos de blanco por un lado y mujeres en sarisl como rutilantes flores por el otro. Había cientos de ellos, obviamente esperando ver al gran hombre.
Nirmalananda me llevó a través de la masa de gente hacía el pórtico de adelante y ahí me presentó a un amable americano pelirrojo, de nombre Bob Raymer.
"Creo que Sai Baba ha terminado con las entrevistas de la mañana, pero voy a averiguar", dijo.
Me llevó a una pequeña habitación y me dejó allí. Nirmalananda ya había ido a otra parte. En el cuarto había solamente dos indios, ambos de pie y aparentemente esperando a alguien. Yo también me quedé de pie esperando.
Después de unos pocos minutos se abrió la puerta que daba al interior de la casa y entró un hombre como nunca había visto otro antes, ni desde entonces. Era delgado y bajo. Llevaba una túnica de seda roja que caía en línea recta de los hombros a los pies. Su pelo encrespado salía de su cabeza formando una masa circular color azabache, rizado hasta la raíz como la lana, y aparentemente vibrante de vida. Su tez era morena clara pero parecía más oscura debido a la espesa barba que, aunque afeitada, se veía negra a través de la piel. Sus ojos eran negros, dulces y luminosos, y su cara resplandecía con alegría interna.
No había visto nunca ninguna foto de Sai Baba. ¿Podía ser él? Había esperado a una persona alta e imponente con una larga barba negra, y vestido con túnicas blancas. Tenía una imagen preconcebida de lo que debía ser un gran yogui o maestro, quizás derivada de las primeras descripciones teosóficas de los Maestros.
Se acercó rápida y airosamente hacia mí por la alfombra, mostrando dientes blancos y regulares en una amable sonrisa.
"¿Eres tú el hombre de Australia?", preguntó.
"Sí", contesté.
Luego se dirigió a los indios y empezó a hablarles en telugu. De repente le vi agitar la mano en él aire, con la palma hacia abajo en pequeños círculos, de la misma manera que hacíamos con nuestras manos cuando pretendíamos realizar alguna mágica abracadabra.
Al volverla hacia arriba, su mano estaba llena de ceniza, y la dividió entre los dos hombres. Uno de ellos no pudo contener sus sentimientos, y comenzó a sollozar. Sai Baba le daba palmaditas en los hombros y la espalda, y le hablaba con dulzura, como una madre. No entendía entonces que éstas eran lo que se llama lágrimas de devoción, lágrimas de abrumadora alegría, gratitud y amor. Luego me enteré de que Baba había curado al hijo de este hombre de una enfermedad terrible, pero como no verifiqué la historia, no puedo hacerme garante de ella.
Después de un rato la pequeña figura volvió nuevamente hacia mí. De pie, muy cerca frente a mí, empezó de nuevo a darle vuelta a su mano. Esta vez noté que El había arremangado su amplia manga hasta casi el codo. Mucho más tarde me enteré de la razón de ello. En mi mente latía la duda de que El pudiera hacer trucos de ilusionismo como un mago en el escenario, quizás sacando la ceniza de su manga. Baba no tiene la menor dificultad en leer las mentes y sabía de mis sospechas; así es que subió la manga para aliviarlas.
Cuando el montoncito de polvorosa ceniza apareció repentinamente en su palma, la volcó en la mía. Por un momento me pregunté qué debía hacer con ella. Luego una voz a mi izquierda dijo: "Cómetela, es buena para la salud". Ese era Bob Raymer que acababa de regresar a la habitación.
1 Vestimenta femenina que se usa en casi toda la India.
Nunca había esperado comer ceniza y que me gustara, pero aquella clase era fragante y muy agradable al paladar. Baba estaba parado allí mirándome. A mitad de la extraña colación le dije:
“¿Puedo llevar algo de esto a mi esposa? No está muy bien".
"Tráela aquí mañana a las cinco", respondió, y en esto desapareció.
A la tarde siguiente estábamos Iris y yo en la misma casa. En la entrada nos encontramos con Gabriela Steyer de Suiza, un miembro del pequeño contingente de occidentales en el grupo de viajeros de Baba. Ella, muy amable y simpática, nos condujo a una pieza en los altos, donde había una veintena de mujeres, la mayoría de ellas indias y todas vestidas con saris, sentadas con las piernas cruzadas en la alfombra.
Nos sentamos cerca de ellas y Gabriela empezó a contarnos algunos de los milagros que había visto en Puttaparthi.
Tomando mi cuaderno de notas le pregunté por la dirección completa del ashram y las indicaciones para llegar. Pero en ese momento la esposa de Bob Raymer, Markell, llegó y dijo que Baba estaba llegando, y que debía ir a sentarme del otro lado de la sala, junto a los hombres. Los hombres estaban ahora llenando su área del piso, pero encontré un lugar cerca de la pared. Noté que Bob Raymer y yo éramos los únicos blancos en el grupo de hombres.
De pronto Sai Baba apareció en el umbral de la puerta. Hoy su túnica era color oro viejo, pero, como la roja, caía al piso desde los hombros en una simple línea, sin bolsillos, ni colgajos o pliegues. Todas sus túnicas son de este mismo estilo. Se cierran en el cuello con dos botones de oro las únicas joyas que lleva y las mangas anchas llegan a la muñeca o el codo, según la temperatura. Debajo de la túnica, lleva un dhoti (un paño de tela amarrado en la cintura y que llega a los tobillos como una falda) y éste tampoco tiene bolsillos. Sé esto como cierto porque, más adelante, cuando nos encontrábamos en una casa de huéspedes con Sai Baba, mi esposa a veces planchaba sus túnicas y dhotis en nuestra habitación. Así es que aunque los escépticos sin examinar detenidamente el asunto hayan dicho (y sin duda seguirán diciendo) que El esconde las cosas que produce milagrosamente en algún lugar de su túnica, sé más allá de toda duda que esto no es cierto y absolutamente imposible.
Desde el umbral Baba apuntó hacia mí y dijo: "¿Trajiste a tu esposa?" Me complacía que El se hubiera acordado.
Nos llevó a ambos a otro cuarto y habló con Iris de su salud. Parecía saber precisamente lo que andaba mal en ella y las causas básicas del problema. Le dio muchos consejos y luego con su gesto de la mano, produjo del aire algo de ceniza medicinal para que la comiera.
Yo estaba de pie cerca, observando atentamente la producción, porque todavía dudaba de que fuera magia real. Ahora giró hacia mí, sonrió, y levantó su manga hasta el codo, y movió su mano debajo de mi nariz. Al voltear la palma hacia arriba yo esperaba ver la ceniza usual, pero me equivocaba. En el medio de su mano había una pequeña fotografía de su cabeza con la dirección completa de su ashram. La fotografía tenía un aspecto de recién barnizada como si viniera directamente de un laboratorio fotográfico. Me la dio diciendo:
"Tú has estado preguntando mi dirección. Aquí la tienes. Guárdala en tu cartera".
"¿Podría podríamos ir allá alguna vez?", pude preguntar.
"Claro que sí. Cuando quieras. Es tu casa".
Desde ese día he visto producir muchas casas maravillosas y raras con el simple gesto de su pequeña mano morena, pero todavía llevo en mí cartera la pequeña fotografía que salió de la "nada" en respuesta a una pregunta de mi mente. No había ningún medio ordinario para que El supiera que había preguntado la dirección a Gabriela.
Después de nuestra entrevista, Sai Baba pronunció un discurso a las personas reunidas en la sala y luego, al irnos a casa, lo vimos caminando entre la gente en los jardines. Muchos de ellos trataban de tocar su túnica o sus pies. Habló a algunos y "produjo" algo para otros, usualmente ceniza, creo.
Esta constante producción de ceniza o vibhuti, como se la llama, parece tener una significación especial. Me hizo pensar en Sai Baba de Shirdi y el fuego que él tenía siempre encendido para producir el udhi que él daba a sus seguidores para curar sus enfermedades, y para otros fines. Ahora parecía como si Sathya Sai Baba, quien quizás era su reencarnación, podía producir esta ceniza de un fuego que ardía en una dimensión mas allá del alcance de nuestros ojos mortales.
La ceniza es un símbolo espiritual y ha sido usada como tal por muchas religiones, inclusive la cristiana. Como todos los símbolos, tiene diferentes niveles de significación. Uno obvio es que nos recuerda la naturaleza transitoria de todas las cosas terrestres y la mortalidad del cuerpo del hombre. Sirve para dirigir nuestros pensamientos hacia lo eterno más allá de lo transitorio, hacia nuestro yo inmortal más allá del montoncito de ceniza o polvo al cual nuestros cuerpos quedarán reducidos algún día. Para los hindúes la ceniza es especialmente sagrada para el Dios Shiva, o aquel aspecto de la Divinidad que se ocupa de la destrucción de todas las formas materiales. La destrucción se considera un atributo divino porque solamente a través de la destrucción puede haber regeneración, un renacimiento de nuevas formas a través de las cuales la vida puede fluir más libremente, más plenamente, más vitalmente.
Durante los siguientes días hablamos bastante de nuestra extraña experiencia. Aparte de sus milagrosas habilidades, Sai Baba tenía un efecto poderoso. Parecía alzarnos a algún nivel superior donde no había preocupaciones. La vida se hacía más amplia, y las dificultades y conflictos del mundo parecían lejanos, irreales. Parecía haber un aura de felicidad alrededor nuestro. Iris mencionó que no podía dejar de sonreír durante horas después de que Baba hablara con ella.
En cuanto a los milagros mismos, con el transcurrir del tiempo empecé a preguntarme si los había visto realmente. Todo parecía tan poco real, tan fuera del orden común de las cosas. Es muy difícil para la mente adiestrada en la lógica y las ciencias físicas y que cree implícitamente en el orden racional del universo, aceptar la realidad de fenómenos aparentemente irracionales de esta clase. Aun después de ver estos milagros es difícil creer en ellos.
Así es que quedaba en mi mente una duda como una bruma matinal. ¿Me habían engañado, después de todo? ¿Era esto un simple juego de manos? Repasando los hechos y condiciones cuidadosamente no podía ver cómo pudiera ser así. La ceniza sería una cosa difícil si no imposible de tener en la palma de una mano que giró en círculos, completamente abierta y volteada hacia abajo. Y cómo podría sacarla de un bolsillo o manga, aun si tuviera bolsillos, lo que El no tenía, y aun si la manga (que no tiene puño) llegara hasta la muñeca, en vez de arremangada hasta el codo, como lo estaba a menudo.
Pero quizás había alguna manera de poder hacer las cosas que yo había visto por medio de una brillante magia. Quizás su aparente lectura de la mente y su conocimiento interno de los problemas personales de uno no era más que una hábil adivinanza.
Internamente yo sentí, por el elevado esplendor de su presencia, que no era un impostor. Pero no podía estar completamente seguro de que había conocido a un hombre con poderes realmente supranormales, de que había presenciado genuinos milagros. Tendría que observar estos fenómenos muchas veces bajo muchas circunstancias y condiciones diferentes. Tendría que conocer más al hombre milagroso en sí, conocer su carácter, sus conocimientos, y la clase de personas que lo seguían. Y desde luego tendría que visitar aquel ashram en Puttaparthi.
CAPITULO III
LA MORADA DE LA PAZ Y MUCHOS MILAGROS
Esta tierra no es sólo nuestra maestra y nodriza. Los poderes de todos los mundos tienen su entrada en ella.
SRI AUROBINDO "SAVITRI"
Hice el viaje en autobús de Madrás a Bangalore. Unos amigos míos en esa ciudad me proporcionaron un automóvil y emprendí la marcha por una carretera de campo para encontrar el retiro de¡ mago de Puttaparthi. Estaba viajando sólo con un conductor indio ya que Iris no podía desprenderse de sus deberes en la sede de la Sociedad Teosófica.
El camino salía de¡ Estado de Mysore para entrar en el de Andhra Pradesh, principalmente por tierras abiertas y desiertas sembradas aquí y allá de afloramientos de redondas colinas de piedra. Ni siquiera hubo mención de Puttaparthi en los postes de señales hasta que llegamos a los últimos tramos de¡ viaje de ciento sesenta kilómetros.
Luego nos encontramos en una carretera de piedras y arena suelta, como un camino para carretas de campo. En un lugar, éste se transformó en callejón, apretándose entre las casas derruidas de un pueblo solitario. En otros lugares, el camino pasaba por encima de los cauces arenosos y casi secos de los ríos. Estos cruces son pasables excepto en las estaciones de fuertes lluvias. Pero me dijeron que si los bribones que vivían cerca necesitaban dinero, excavaban una zanja en las bajas aguas de¡ vado. Luego esperaban que los automóviles se atascaran para regatear un alto precio por sacarlos de allí.
Sin embargo, ya se han ido los días en los cuales los visitantes terminaban el viaje a Puttaparthi en carreta de bueyes, o a pie a través de los fangosos arrozales. A pesar de lo malo de¡ camino en el año de mi primer viaje allí 1966 los automóviles y aun los grandes autobuses podían pasar los obstáculos finales y llegar a las puertas de¡ ashram.
El refugio de Sai Baba está al lado de¡ pueblo de Puttaparthi, que se anida en un estrecho valle de cultivos entre colinas de roca desnuda color ocre. El valle, de un verde suave en el comienzo de los cultivos, es remoto y silencioso, intocado por el siglo veinte. Al entrar yo por la reja, el sol se estaba poniendo, envolviendo los edificios en un esplendor dorado. La mayoría de ellos están alrededor de¡ perímetro de¡ gran recinto, de frente, hacia un gran edificio blanco que queda en el centro.
Era la hora de los bhajans de la tarde, o sea, la hora de cantar canciones e himnos sagrados. Me informaron que Sai Baba estaba con la gente dentro de la gran sala que ocupa la mayor parte de la planta baja del edificio central, y como en apariencia solamente El podía decir dónde debía dormir, me senté en mi saco de dormir fuera de la sala y esperé.
Los sonidos rítmicos de los cantos aumentaban la paz de la hora. Se agolpaban las sombras, empezaron a prenderse las luces, continuaba la música obsesionante. Esta parecía filtrarse dentro de mí, sosegando mi cansado cuerpo, y calmando mi impaciencia, lavando mis preocupaciones y ansiedades.
Al rato vino alguien para llevarme a la habitación que Baba me había asignado. Estaba en la pequeña casa de huéspedes, y estaba bien amueblada con su propio baño privado e inodoro. Esto era mucho mejor de lo que me habían dicho o de lo que yo me atreviera a esperar.
Una de las primeras personas que conocí en el ashram fue el señor N. Kasturi, un profesor de historia y Decano de la Facuftad de la Universidad de Mysore, retirado. Era ahora el secretario de¡ ashram, editor de su revista mensual Sanathana Sarathi, y el escritor de un libro sobre la vida de Sai Baba. Había también traducido al inglés muchos de los discursos públicos de Baba dichos en telugu. Estos publicados en varios volúmenes, contienen las enseñanzas espirituales de¡ hombre milagroso y dan una idea de su misión y mensaje.
En mi primera mañana, el señor Kasturi llegó a la casa de huéspedes con ejemplares de todos los libros que habían sido impresos en inglés.
"Son un regalo de Baba para usted", explicó. El señor Kasturi es no solamente un erudito, sino también un hombre profundamente religioso cuya cara resplandece de devoción y benevolencia.
Luego me dijo algo acerca del ashram. Su nombre es Prashanti Nilayam, lo que significa la "Morada de la Paz Eterna". Unas setecientas personas viven ahí permanentemente, mientras vienen y se van otros cientos constantemente. Los residentes ocupan las casas en terrazas que tienen el frente hacia adentro alrededor del perímetro. Los visitantes ocupan el espacio disponible en el momento, quizás una habitación en uno de los grandes edificios, quizás un espacio en el piso de uno de los grandes galpones abiertos, quizás un rincón en el pórtico de la oficina de correos, o en las épocas de gran afluencia durante los festivales, la roja tierra desnuda debajo de un árbol. A las personas como yo, que han sido ablandadas por las comodidades de la civilización occidental, Baba las aloja usualmente en la casa de huéspedes amueblada.
A tempranas horas de la mañana había oído sonidos extraños pero confortantes de himnos en sánscrito1. Ahora me enteré de que venían de la escuela donde niños y jóvenes están estudiando los Vedas (textos sagrados). Están aprendiendo no solamente a leer el sánscrito de estas obras sino también a recitarlas de memoria. Unos sabios panditas les enseñan a cantar los textos con la entonación y el énfasis correctos, como se hacía en la India en la antigüedad. La razón de esto es que los beneficios espirituales y elevadores de los Vedas vienen tanto del efecto mántrico2 del sonido como del significado de las palabras. Esto es lo que los antiguos escritores nos dicen, y habiendo sentido la influencia de estos cantos, no lo encuentro difícil de creer. Hay muy pocas escuelas como ésta en la India hoy en día; quizás porque toma normalmente cerca de siete años el aprender uno de los Vedas, como dice el señor Kasturi, y hay cuatro de ellos. Se necesitan veinte años para dominarlos totalmente, y no habrá recompensa material al final de todo ello. Pero Sai Baba parece decidido, en contra de la emergente marea de materialismo en la India moderna, a revivir su antigua cultura espiritual.
El ashram también tiene su comedor donde había sido invitado a tomar mis alimentos, pero me dijeron que como era huésped de Baba no debía pagar. ¡La habitación también era gratuita y me habían regalado además un juego de libros! Parecía que no me iban a permitir pagar por nada. Pero quizás yo podría hacer una donación al final de mi estadía, como se hace en la mayoría de los ashrams en la India. Me informé de esto con el señor Kasturi.
"No", dijo enfáticamente, "Baba no acepta donaciones. Nunca acepta dinero de nadie".
"Parece tener algunos seguidores muy ricos", contesté, "quizás proporcionan ayuda financiera al ashram".
"No", sonrió el señor Kasturi. "Pero no me crea a mi sólo; pregúnteselo usted a ellos mismos. Muchos llegarán dentro de los próximos días para Shivaratri".
"¿Qué es esto?", pregunté.
Me explicó que era el gran festival anual dedicado al Dios Shiva, que muchos miles de personas venían a Prashanti Nilayam para ello, y que durante el festival Baba siempre realizaba dos grandes milagros en público.
1 Idioma de alta vibración espiritual.
2 Mantras: Cantos de potentes vibraciones.
Resolví enseguida esperar el festival de Shivaratri (La Noche de Shiva) y ver los milagros. Mientras tanto leería la historia de Sai Baba escrita por N. Kasturi, hablaría con sus seguidores, y me acercaría al gran hombre mismo cuántas veces pudiera. Kasturi me dio esperanza de que sería llamado pronto para una entrevista, aunque Baba estaba muy ocupado.
Durante los siguientes días, efectivamente, tuve la fortuna de ser invitado a varias entrevistas en grupo. Para éstas se reúnen más o menos una docena de personas en una de las salas de entrevistas en cada punta del salón donde se cantan los bhajans (cantos devocionales) , o "sala de oración" como se le llama a veces, Sai Baba se sienta en la única silla o en el piso según, parecería, su capricho y la gente se sienta con las piernas cruzadas en el suelo, formando un círculo alrededor de él. En cada ocasión me las arreglé para estar lo más cerca posible de él y estuve sentado a su derecha a medio metro de la mano mágica.
Estas entrevistas de grupo usualmente comienzan con alguna charla sobre temas espirituales. Baba invita a alguien a hacer una pregunta; luego en la respuesta se extiende sobre asuntos tales como el significado y objeto de la vida, la verdadera naturaleza del hombre, y la manera cómo debería procurar vivir a fin de alcanzar la meta. Las enseñanzas son siempre claras, vívidas, e intensamente prácticas.
Hacia el fin de cada reunión, si algunos tienen problemas personales, puede que los lleve a otra habitación uno a uno o en grupos familiares, Pero nunca hubo una reunión en la cual Baba no haya producido por lo menos una cosa, aparte del vibhutl (ceniza sagrada) que siempre produce con su teúrgico movimiento de la mano. Lo he visto tomar del aire pendientes, cadenas, sortijas, collares y otros objetos y darlos luego a alguna persona alborozada.
El aparentemente sabía que mis sospechas acerca de El no se habían disipado todavía, porque aún arremangaba su lisa y amplia manga antes de sacar algún objeto de la nada. Pero en una ocasión no necesitó arremangarla por encima de mis sospechas. Era un día muy caluroso y llevaba una túnica con mangas cortas que llegaban solamente hasta el codo. Y esta vez, como si quisiera exorcisar de una vez por todas, el espíritu escéptico dentro de mí, dejó descansar su mano derecha abierta, con la palma hacia arriba, sobre el brazo de la silla a pocos centímetros de mis ojos. Si hubiera sido quiromántico, hubiera podido leer las líneas y montes en la pequeña palma y en los delgados y elegantes dedos. Podía estar bien seguro de que ningún objeto, por pequeño que fuese, podía estar escondido en ella.
Entonces levantó su mano de donde descansaba, y comenzó a moverla en círculos en el aire a unos cuarenta y cinco centímetros de mi cara. En un instante la mano estaba vacía, en el siguiente estaba sosteniendo algo que salía brillando de cada lado de su puño. Lo sacudió para revelar un largo collar de piedras coloradas. Era lo que los indios llaman un japamala de los que se usan en las oraciones, al igual que el rosario cristiano. Su tamaño reglamentario es de ciento ocho piedras o cuentas. No había ningún lugar en el espacio tridimensional donde un cómplice hubiera podido esconder un objeto tan voluminoso y producirlo bajo estas circunstancias. Baba se lo dio a una dama de cabello gris que estaba inmediatamente a su derecha. Mientras El lo estaba colocando alrededor de su cuello, ésta se emocionó tanto que sus ojos se llenaron de lágrimas y se arrodilló para tocarle los pies.
Ahora cada día aumentaba la gente. Los edificios estaban todos llenos y la gente estaba empezando a poner sus camas debajo de los árboles. En este creciente mar de indios con sus oscuros rostros y sus trajes blancos era yo el único hombre occidental, ya que Bob Raymer había regresado a su hogar en California. Entre las damas quedaban sólo dos blancas: Nirmalananda con su túnica color ocre y Gabriela Steyer.
Pero no me sentía como un extraño; me sentía entre hermanos, y estaba completamente feliz. No podía ser de otra manera con el amor fraternal que resplandecía en cada rostro e inspiraba cada palabra y acción. Cualquier extraño se hacía conocido en cuestión de minutos y a la hora era su amigo íntimo, ansioso de ayudarle en todos las formas y ávido de contarle las cosas maravillosas que Sai Baba había hecho por él o por algún miembro de su familia.
Muy pronto me di cuenta de que los seguidores venían de todas las partes de la India y de todas las clases sociales: príncipes,hombres de negocios, médicos, abogados, jueces, funcionarios civiles, científicos, soldados, oficinistas y comerciantes.En la casa de huéspedes estaban, en la sección de las damas, la Maharani de Sandur, su hija, y Nanda, Princesa de Kutch. Entre los hombres estaban el Kumararaja (Príncipe) de Venkatagiri, el Kumararaja de Sandur, el señor G. Venkateshwara Rao, el magnate de la mica y yo.
Estas personas eran todas muy ricas, de manera que recordando el reto del señor Kasturi, les pregunté a ellos así como a otros acaudalados seguidores, acerca de las donaciones de dinero a Sai Baba. De todos ellos, y más tarde de muchos otros, tuve la misma respuesta. Estarían encantados, decían, de ayudar a sostener el ashram de Baba con sus fondos, pero nunca quiso aceptar dinero de ellos. Ni aceptaba donación alguna de nadie que se supiera.
Pensaba yo qué terreno tan fértil sería.éste para aquellos lideres religiosos y sus organizaciones siempre en busca de fondos, no solamente en el núcleo de los acaudalados, ansiosos de dar, sino en las grandes masas que se congregaban para los discursos de Baba, que a veces llegaban hasta los doscientos mil. ¡Qué colecta no podría hacer un buen evangelista de tales multitudes! Pero Sai Baba rehusa tomar un paisa. ¿Entonces, de dónde saca el dinero que necesita? A esta pregunta sonreían, como para decir, "¿Cómo es que Baba hace cualquier cosa? El es un misterio que no podemos resolver". De todos modos se hizo muy rápidamente evidente que cualquiera que fuese el motivo de sus milagros éste no era el dinero.
Todas las personas con quien hablé tenían por lo menos uno y usualmente muchos más milagros que contarme de su propia experiencia. Mis cuadernos de notas empezaron a llenarse de fantásticas historias, muchas de las cuales yo no tenía ninguna esperanza de verificar. Pero había otras que podían ser comprobadas y verificadas de varias maneras. Aparte de los fenómenos de materialización del tipo que ya había visto, había cuentos de casi todas las clases de milagros encontrados en los registros históricos y espirituales de lo fantástico. Entre ellos estaban los milagros de las curaciones, la curación de muchas clases de enfermedades, algunas muy arraigadas y crónicas, algunas consideradas incurables por la opinión médica.
En el ashram había un pequeño hospital con dos médicos y ayudantes ocasionales de afuera. Los dos trabajadores a tiempo completo con el Superintendente Médico, doctor B. Sitaramiah, y su asistente, la doctora N. Jayalakshmi. El Superintendente me dijo que cuando Sai Baba le pidió algunos años atrás que se encargara del hospital él ya se había retirado de la práctica, y no deseaba asumir la responsabilidad. Pero Baba dijo que el doctor sería sólo un respaldo, y que él mismo haría la curación. Entonces, el doctor Sitaramiah que era devoto de Baba, no tuvo más temores con respecto al trabajo. Y así es como ha sido.
"Aparte de los tratamientos rutinarios, he tenido siempre las direcciones de Baba", me dijo. "Y ha habido muchas curas de casos que eran absolutamente incurables por ningún tratamiento médico conocido. Desde al punto de vista científico las curas son absolutamente inexplicables".
Para beneficio mío me contó varios casos detalladamente, mostrándome radiografías, registros de diagnósticos médicos, y otros documentos pertinentes. A continuación cito algunos casos para indicar algunas de las enfermedades que Baba ha tratado en el ashram. También muestran que El tiene, como El mismo dice, "diferentes prescripciones para diferentes pacientes".
Una devota de Mangalore estaba sufriendo de tuberculosis. Exputaba sangre y las radiografías mostraban una caverna en el pulmón derecho. La opinión médica era que la enfermedad era quizás curable pero que el tratamiento efectivo tomaría unos dos años. En vez de someterse al tratamiento prescripto, se vino a Prashanti Nilayam.
Sai Baba le dio vibhuti de su mano, y la instalaron en el hospital. Más o menos una semana después, cuando visité el hospital, ella estaba todavía allí convalesciendo. Pero todos los síntomas de la tuberculosis habían desaparecido, me decían los doctores. Había sido curada en una semana en vez de dos años.
Un joven de Bombay, que había regresado recientemente de Suiza, estaba sufriendo de problemas internos que los doctores tanto en Europa como en Bombay habían diagnosticado como cáncer. No era devoto de Sai Baba, pero un amigo suyo lo había instado a que fuera a Prashanti Nilayam. Desesperado fue y se quedó, no en el hospital, sino en un edificio cercano al comedor. Allí esperó y oró para que Baba le ayudara.
Una noche tuvo un sueño. Alguien lo visitaba, llevando un resplandeciente cuchillo. Cuando se despertó todo lo que podía recordar, le dijo al doctor Sitaramiah y a otros, era el indistinguible visitante y el brillante cuchillo. Quizás éste no era realmente un sueño. Al director del comedor que le llevó el desayuno en la mañana le mostró una misteriosa y grande mancha de sangre en su sábana. ¿Había Baba realizado una operación mientras dormía? Extrañas cosas así habían ocurrido antes. En todo caso, todos los signos y síntomas del cáncer habían desaparecido.
Fue como un año después de esta experiencia cuando le escribí al joven para informarme si la cura del cáncer había sido completa. Su respuesta vino de Suiza donde había vuelto a su trabajo. Estaba en perfecta salud y no pasaba un día, decía, en que no pensara en Sai Baba y ofreciera una plegaria de gratitud desde el fondo de su corazón por su milagrosa cura.
Un hombre de 58 años que sufría de hiperpirexia fue traído al hospital. Había estado en otro hospital bajo tratamiento por fiebre y disentería desde hacía ya dos meses sin alivio. En el hospital del ashram los doctores probaron varios tratamientos quinina, penicilina, cloromicetina pero sin resultado. La temperatura del paciente permanecía por encima de 41 grados; deliraba, y su condición general empeoraba. Perdió el conocimiento y no parecía haber esperanza de que se recuperase.
Entonces Sai Baba vino al hospital para verlo. Tomando vibhuti del aire a su manera usual, lo untó en la frente y puso parte en la boca del hombre inconsciente. Al poco rato la temperatura empezó a bajar, el paciente recobró el conocimiento, y su condición mejoró rápidamente. Pronto había vuelto a la normalidad sin señales de disentería. Una vez que estuvo bastante fuerte se le dio de alta del hospital.
Un inválido, incapaz de caminar, pararse ni sentarse, fue traído al ashram. Este hombre, un rico hacendado de café del Estado de Mysore, tenía alrededor de 50 años de edad, y durante los últimos veinte años había sufrido de severa artritis reumatoidea. Había pasado por varios tratamientos médicos sin éxito. Y ahora, además de sus otros problemas, tenía un riñón dañado que no funcionaba. Su temperatura oscilaba entre 41 y 42 grados.
En el hospital de Prashanti Nilayam rechazó todo tratamiento médico ortodoxo, diciendo que él tenía plena fe en el poder de Sai Baba para curarlo. En esta ocasión Baba hizo girar su mano para producir una pequeña botella de medicina líquida y prescribió que tomara dos gotas diarias en agua. Quince días después de comenzar el tratamiento el hacendado podía caminar con ayuda del bastón. Ahora Baba le dio un mantra que debía repetir mientras caminaba un cierto número de veces alrededor del salón de oración. Al mes estaba caminando sin la ayuda del bastón. Además ya no tenía molestias en el riñón que funcionaba de nuevo normalmente.
Antes de regresar a su plantación, trató de expresar su profunda gratitud a Sai Baba. Pero este último le contestó: "No me des las gracias a mí. Fue tu propia fe la que te curó".
Le pregunté al doctor Sitaramiah si la cura había sido permanente o si, quizás, las molestias habían vuelto.
"Parece haber sido permanente. Supe mucho tiempo después que el hacendado estaba muy bien", dijo.
En los meses venideros me iba a encontrar con muchas personas que habían experimentado en sí mismas curas dramáticas y milagrosas de enfermedades serias, y a veces mortales; y otros que podían testimoniar acerca de tales curaciones fantásticas entre los miembros de sus familias o amigos. Una buena porción de éstos eran importantes ciudadanos en sus comunidades; me han permitido usar sus nombres, y sus casos serán descriptos en capítulos siguientes.
Pero ahora en Prashanti Nilayam, el doctor Sitaramiah me informó que la propia temperatura de Sai Baba había subido hasta pasar de los cuarenta grados. El doctor la había tomado cada mañana como hacía siempre en esta época del año con el permiso de Baba. La alta temperatura era un signo del milagro cercano que tiene lugar cada año durante los festivales de Shivaratri, explicó el doctor.
Esperaba este evento ansiosamente, habiendo oído de los devotos las descripciones de los milagros realizados en las ocasiones anteriores. Y sin embargo me sentía un poco escéptico ya que no sabía nada parecido en las crónicas de los fenómenos milagrosos.
CAPITULO IV
¡OH MUNDO INVISIBLE!
¡Oh mundo invisible, te vemos. Oh mundo intangible, te tocamos!
FRANCIS THOMPSON
En 1966 el Festival de Mahashivaratri, conocido comúnmente por Shivaratri, tuvo lugar el 18 de febrero. Esa mañana al regresar del desayuno en el comedor era tal la multitud que tuve que caminar con cuidado entre los grupos de visitantes acampados en el suelo. Los edificios estaban todos llenos, así como todo el espacio debajo de los árboles, y ahora la gente establecía sus residencias temporales en cualquier parte en el suelo: la comodidad es la menor de las preocupaciones para los indios en tales ocasiones.
Me uní a la multitud que esperaba delante del Mandir (templo), el gran edificio central. Miles aguardaban que Sai Baba saliera al balcón y les diera su bendición matinal. De repente apareció la pequeña figura en rojo con el domo de pelo negro. Levantó su brazo en señal de bendición, algo indiferentemente para El, me pareció, y regresó rápidamente a su habitación. Tuve la impresión de que no estaba bien. Luego, el doctor Sitaramiah, que acababa de verlo, me informó que la temperatura de Baba estaba en 42 grados.
"Supongo que esto tendrá algo que ver con el lingam (símbolo de la creación) de Shiva que se está formando dentro de El. Es un gran misterio", declaró el doctor.
Baba, sin embargo, siguió adelante durante todo el día como si nada estuviese sucediendo. Lo vi caminar distribuyendo paquetes de ceniza sagrada a las multitudes que sentadas en el suelo esperaban por ello y también por la oportunidad de tocar el borde de su túnica. Más tarde, en la mañana, se realizó el primero de los dos milagros públicos. Tuvo lugar en un gran galpón abierto por los lados donde miles de personas podían sentarse en el piso tan apretadamente como lo logran sólo las sardinas en lata y las multitudes de la India. Afortunadamente, yo estaba sentado cerca del estrado entre un grupo de fotógrafos donde se había permitido un poco más de espacio. He aquí lo que escribí en mi diario sobre lo que tuvo lugar esa mañana:
"En el estrado hay una gran estatua de plata de Sai Baba de Shirdi en su característica pose sentada. El señor Kasturi toma una pequeña urna de manera, de unos treinta centímetros de altura, llena de vibhuti (ceniza sagrada). Sostiene esta urna por encima de la cabeza de la estatua de plata y deja que la ceniza caiga sobre la figura hasta vaciarse la urna. La sacude bien para asegurarse de que no queda partícula alguna dentro y continúa sosteniéndola encima de la estatua con su parte abierta hacia abajo.
"Ahora Sai Baba mete el brazo dentro de la urna hasta el codo y hace un movimiento como de batido, como hacían las mujeres, antaño, cuando batían la mantequilla. Inmediatamente, la ceniza comienza de nuevo a fluir de la urna y continúa haciéndolo en un flujo ininterrumpido hasta que El saca su brazo. Entonces el flujo de ceniza cesa. Luego pone el otro brazo adentro y lo hace girar. De nuevo la ceniza fluye sobre la estatua. Este proceso sigue, alternando Baba los brazos, con la ceniza fluyendo de la urna vacía mientras su mano está dentro de ella, y cesando inmediatamente cuando la saca, hasta que finalmente, Shirdi Sai está totalmente cubierto por un gran montón de ceniza, mucho más de lo que hubiera podido contener la urna. Ahora se coloca la urna en el piso: el ceremonial y milagroso baño de ceniza ha terminado.
"Reina una atmósfera de júbilo y elevación por doquier; la cara del senor Kasturi está más radiante que nunca, los movimientos y gestos de Baba son el acmé de la gracia natural. Todo esto es maravilloso, pero habiéndolo ya visto sacar puñados de ceniza del vacío no me sorprende tanto verlo sacar grandes cantidades de ella de un pote vacío".
Pero todavía faltaba el gran clímax del día, y muchos me hablaban de ello. Me decían que todos los años, en esta santa ocasión, uno o mas lingams de Shiva se habían materializado dentro del cuerpo de Baba, eyectando El los lingams por su boca para que todos los pudieran observar. Son siempre duros, hechos de piedra cristalina o coloreada y a veces de metales como el oro ola plata.
"¿Están ustedes seguros de que no se los mete en la boca justo antes de subir al estrado, y luego los eyecta nuevamente en el momento preciso?", pregunté.
Mis oyentes me miraron sonriendo con lástima. Uno de ellos me dijo: "El habla y canta durante un largo rato antes de que salga el lingam., y éste es siempre demasiado grande para sostenerlo en la boca mientras habla. El del año pasado era tan grande que tuvo que ayudarse con los dedos para sacarlo por sus labios y los estiró tanto que las comisuras de la boca le sangraron". Otro añadió: "Un año fueron nueve. Cada uno tenía más o menos cuatro centímetros de altura. ilmagínense sosteniendo a todos éstos en la boca mientras habla durante casi una hora!"
Bueno, pensé, aun si El saca estas cosas de alguna parte de su interior, ¿cuál es el objeto de ello? No hay duda de que es un fenómeno de los más milagrosos, pero, ¿tiene alguna significación? ¿Qué es un Shiva lingam en todo caso?
A esta pregunta recibí numerosas respuestas de los presentes en el ashram, pero me pareció que la explicación más satisfactoria del Shiva lingam que había oído hasta la fecha era la dada por el doctor I. K. Taimni en la Escuela de Sabiduría de la Sociedad Teosófica en Adyar. Sólo la podía recordar vagamente, pero luego, al regresar a Adyar, miré mis notas. He aquí brevemente lo que él nos enseñó.
El lingam de Shiva pertenece a la clase de símbolos hindúes "naturales", que son usualmente matemáticos en su forma. Estos símbolos se llaman "naturales" porque no solamente representan uña realidad, sino que en cierta medida son los vehículos reales del poder dentro de esa realidad. El lingam es un elipsoide. Simboliza a ShivaShakti; o sea, el principio de la polaridad primaria de las fuerzas positivas y negativas. El universo entero está basado en este principio de los opuestos.
¿Por qué se usa un elipsoide para simbolizar el principio de la polaridad? El doctor Taimni lo explica de esta manera. La Realidad Ultima, el Absoluto o Brahmán o Dios, o lo que quiéramos llamarla, no tiene polaridad, no tiene pares de opuestos; todos los principios están balanceados y armonizados dentro de ella. Por lo tanto, la Realidad Ultima se representa por la figura matemática más perfecta, la esfera.
Si el centro o punto focal de la esfera se divide en dos, tenemos el elipsoide. Así es que esta figura da una representación simbólica del primario par de opuestos que salió del armonioso uno original. Y de esta primera dualidad viene toda manifestación, toda creación, toda la multiplicidad de cosas en el universo. El lingam es por lo tanto la forma básica que está en la raíz de toda creación, lo mismo que "Om" es el sonido básico.
Para poner el asunto en términos hindúes: el Brahmán Uno emerge Shiva Shakti, el padre y madre de todo lo que existe. Debemos notar al respecto que Shiva es no solamente un aspecto de la Divinidad Trina y Una el aspecto de la destrucción y regeneración sino también el Dios más elevado, el padre de todos los dioses, el logos cósmico.
Como todos los dioses del pensamiento hindú, Shiva tiene su consorte, Shakti, o el aspecto femenino. Y mientras el aspecto masculino o positivo representa la conciencia, el aspecto femenino o negativo simboliza el poder. Ambos son necesarios para la creación o manifestación en los planos de la materia.
Es significativo también el que la forma elipsoidal o lingam, que simboliza el principio Shiva Shakti, juegue una parte fundamental en la estructura y funcionamiento del universo. Está, por ejemplo, en la base de toda la materia dentro del átomo donde los electrones aparentemente se mueven en carreras elípticas alrededor del núcleo central. Por otra parte, a nivel solar, encontramos los planetas describiendo órbitas elípticas, no circulares, alrededor del sol.
Algunas personas han considerado al lingam como un mero símbolo sexual. Pero el sexo es sólo una de las muchas manifestaciones del principio de Shiva Shakti inherente al lingam. El principio está demostrado en todos los pares de opuestos, y nada puede existir en este universo fenoménico sin su opuesto o contraste. De hecho, el concepto de los opuestos es básico para nuestro pensamiento mismo en este nivel de conciencia; no podemos conocer la luz sin la oscuridad, y así sucesivamente.
Así es que decir que la adoración de este símbolo se deriva totalmente de la primitiva adoración del falo es adoptar un punto de vista falso. El lingam tiene una connotación mucho más profunda y significativa. La palabra misma en sánscrito significa simplemente un símbolo o emblema, lo que en sí sugiere que es un símbolo básico, primario. De hecho, al representar en forma concreta el principio y el poder creativos fundamentales, se considera como el más alto objeto de adoración en el plaño físico, y como tiene una relación matemática real con la realidad que simboliza, puede poner a los adoradores en comunicación con esa realidad. Cómo lo hace, señala el doctor Taimni, es un misterio que puede ser resuelto y aprehendido solamente con la propia realización interna.
Sin embargo, se afirma que este elipsoide sagrado de piedra o de metal tiene la propiedad oculta de crear un conducto entre el hombre y el poder divino en el plano interno que representa. A través de ese conducto fluirán muchas bendiciones, beneficios y condiciones auspiciosas hacia los adoradores. Pero el lazo místico debe ser establecido por alguien con la necesaria comprensión de los principios, y el conocimiento de las formas del ritual requerido.
¿Viajarán treinta mil personas por muchos arduos kilómetros para ver a Sai Baba produciendo una piedra ordinaria desde su interior por muy milagroso que ello fuere? Lo dudo. Pero la piedra que se esperaba esa tarde, el lingam, no es ordinaria. Yace en el corazón mismo de la antigua cultura espiritual de la India.
Avanzaban las sombras, pero la tarde estaba todavía bastante caliente cuando me dirigí desde la casa de huéspedes hasta el pequeño quiosco llamado Shanti Vedika donde había de tener lugar el evento. La edificación está a alguna distancia delante del Mandir y es bastante parecida a la plataforma para la banda que se ve en los parques de las ciudades occidentales. Es circular y tiene un piso elevado, una baranda baja y delgados pilares que sostienen el techo.
No sólo los grandes galpones abiertos a lo largo estaban llenos de.espectadores, sino que el amplio terreno que se extiende desde el quiosco central hasta el perímetro del ashram era una masa sólida de figuras sentadas. Fui conducido por un guía a través de esta silente selva de cabezas por un sendero cubierto de un tapete de coir por entre las mujeres a mi derecha y los hombres a mi izquierda. Me preguntaba si habría un metro cuadrado en alguna parte donde me pudiera sentar.
Cerca del Shanti Vedika se había reservado un espacio para funcionarios, discípulos más cercanos, fotógrafos y algunas personas con grabadoras de cinta. Siendo un blanco extraño me habían colocado allí costésmente. Pero aun este recinto privilegiado empezó a llenarse tanto que comencé a preguntarme si sería posible cambiar mi entumecedora posición de piernas cruzadas. Si iba a estar allí por más de tres horas, según lo previsto, mis piernas se iban a entumecer de tal modo que tendrían que llevarme de allí en brazos.
A las seis de la tarde, Sai Baba, acompañado por un pequeño grupo de sus discípulos, subió al Shanti Vedika, y poco después empezaron los discursos. Varios hombres hablaron pero recuerdo más claramente a uno de los oradores, un distinguido erudito en sánscrito del sur de la India, Surya Prakasa Sastri. No es que entendiera nada de lo que dijo, ya que habló todo en la antigua lengua de los Vedas, sino que había algo atractivo en su cara arrugada, estudiosa y benigna y en su manto azul celeste.
Eran alrededor de las ocho y media, poderosas luces eléctricas iluminaban el grupo en la plataforma, cuando Sai Baba se levantó. Primero cantó un cántico sagrado con su dulce voz celestial que conmueve el corazón. Luego empezó su discurso, hablando, como siempre en tales ocasiones públicas, en telugu. Las treinta mil o más personas eran como una sola, expectantes y absolutamente silenciosas, excepto cuando Baba contaba algo divertido o hacía un chiste. Entonces pasaba una onda de risas por el campo de caras alumbradas por las estrellas. En la plataforma el senor Kasturi estaba tomando notas del discurso que sería publicado más adelante en telugu y en inglés.
La elocuencia de Sai Baba había estado fluyendo continuamente por casi media hora cuando de repente se le quebró la voz.Trató nuevamente pero solamente salió un sonido ronco. Los líderes de los bhajans (cantos devocionales) entre los devotos, que sabían lo que estaba sucediendo, empezaron inmediatamente a cantar un conocido himno sagrado y luego la gran multitud se les unió.
Baba se sentó y bebió agua de una garrafa. Varias veces trató de cantar, pero le era imposible. Ahora empezó a mostrar señales de verdadero dolor. Se retorcía y volteaba, colocaba su mano en su pecho, hundía la cabeza en las manos, se arrancaba el pelo. Luego sorbía más agua y trataba de sonreír tranquilizadoramente a la multitud.
Los cantos seguían fervientes, como para apoyar y ayudar a Baba durante este período de dolor. Algunos hombres cercanos a mí estaban llorando sin rubor y yo mismo sentía un flujo de ternura hacia el hombre que estaba sufriendo delante de nosotros. No podía entender toda la significación del evento que causaba la agonía, ni quizás lo comprendiese ta mayoría de la gran multitud que observaba. Pero comprender algo con la mente es una cosa y sentir su significado en los huesos y la sangre es otra. Internamente sentía que estaba sentado en el corazón mismo de algo profundamente significativo para la humanidad.
Pero la otra parte recelosa y racional de mi ser, no estaba aún convencida de que un verdadero milagro y mucho menos uno espiritualmente importante, iba realmente a ocurrir. Por ello, en lugar de dejar que mis ojos se enturbiaran con las lágrimas de simpatía, los mantuve fijos en la boca de Baba; toda mi atención estaba centrada en ese punto a fin de no perder la salida del lingam, si en verdad iba a salir de allí.
Después de más o menos veinte minutos de observar a Baba mientras se retorcía y sonreía o intentaba cantar, fui recompensado. Vi un destello de luz verde salir de su boca y con él un objeto que El agarró en sus manos, que estaban listas para recibirlo. Inmediatamente El levantó el objeto entre sus dedos pulgar e índice para que todos pudieran verlo. Un hálito de profundo júbilo pasó por toda la multitud. Era un bello lingam verde, y por cierto mucho mayor de lo que un hombre ordinario podía sacar por su garganta.
Sai Baba lo colocó encima de una gran antorcha a fin de que la luz brillara a través de su brillante translucidez parecida a la de una esmeralda. Entonces, dejándolo allí, se retiró de la escena.
Sunderlal Gandhi, un guía voluntario dei festival, que se había hecho mi amigo, me sacó de la multitud. Mis piernas patecían un manojo de espaguetis, pero me llevaron hasta la casa de ;huéspedes. Esa noche, cada vez que me despertaba, podía oír a la multitud que todavía cantaba alrededor del lingam de Shiva iluminad, y cuando bajé al alba, la gente apenas comenzaba a dispersarse. Entre ella me encontré con Gabriela Steyer quien me dijo que la mayoría de la gran multitud se había quedado durante toda la noche adorando a este símbolo de la más alta Divinidad que se había formado milagrosamente en el cuerpo de su líder.
Shiva es el Dios de los yoguis, el que ayuda al hombre a conquistar su naturaleza inferior y a elevarse por encima de ella hasta su verdadera naturaleza divina. Para hacer esta transición, primero es preciso dominar la mente. Se dice que la mente está de algún modo relacionada con la luna, y se cree que hay un tiempo astronómicamente favorable en que la luna está propicia para el éxito de los esfuerzos del hombre por trascender su mente. Es durante esta conjunción más favorable, en febrero, que se celebra el Gran Shivaratri. Pero en Prashanti Nilayam este festival lunar es doblemente auspicioso; no solamente están las condiciones celestiales correctas, sino que el símbolo físico de Shiva producido milagrosamente está allí ante todos los ojos como un foco resplandeciente para el supremo esfuerzo de la meditación.
Es interesante y apropiado anotar aquí que en el Uttara Ghita (un canto) el Señor Krishna dice que lingam viene de la palabra lina que significa unir. Esto es porque el lingam hace posible la unión del ser inferior con el ser superior y con Dios.
Posteriormente el Rajá de Venkatagiri, un pío devoto de Sai Baba con buen conocimiento del hinduismo ortodoxo, me dijo que era esencial realizar adoraciones rituales, regulares y correctas hacia tal símbolo sagrado. Y como pocas personas podían hacerlo, la mayoría de los lingams de Sai Baba eran desmaterializados: o sea, regresaban al reino de lo no manifestado de donde habían venido. Varios devotos más apoyaron su opinión.
Varios de mis nuevos amigos vieron el lingam de cerca a la mariana siguiente de su producción. Se hablaba mucho de ello y se hacían comparaciones con otros especímenes producidos en años anteriores. Pregunté qué había sucedido con ellos y me dijeron que algunos habían sido dados a devotos muy destacados, pero que de otros nada se sabía.
Sin embargo, sé a ciencia cierta que algunos han sido dados a devotos. Más de un año después una muy sincera seguidora de Sai Baba me mostró un bellísimo lingam de Shiva que había salido del cuerpo de Baba, y que El le había regalado. Lo llevaba consigo cuidadosamente envuelto en un pedazo de tela, y no dejaba que nadie lo tocara.
"¿No debe usted realizar pujas (ritual de adoración) regularmente?", le pregunté.
"Sí", respondió ella, "Baba me dijo exactamente lo que debía hacer y lo hago. Pero no sé por qué me lo dio a mí: yo no lo merezco". Pero yo podía sentir que sí se lo merecía. Baba, que ve en el fondo del corazón de sus devotos, sabe quién es merecedor.
Pude inspeccionar el Shiva lingam de 1966 muy de cerca unos dos días después de su producción. Había ido con un pequeño grupo de personas al Mandir para una de las anheladas entrevistas privadas con Sai Baba. Fuimos conducidos a una de las piezas de la planta baja. A los pocos minutos Baba entró y colocó el lingam en el borde de la ventana para que todo el mundo lo inspeccionara. Era de color verde esmeralda, como se había visto bajo la luz artificial la noche de su aparición. El señor Kasturi, quien estaba presente en la plataforma del Shanti Vedika cuando fue producido, lo describió así por escrito: "Un lingam esmeralda, de tres pulgadas de alto y fijado en un pedestal de cinco pulgadas de ancho que se había formado dentro de El (Baba), emergió de su boca para inconmensurable júbilo y alivio de la enorme multitud...". Cuando lo vi en el borde de la ventana, no me di cuenta de que su gran pedestal había también salido de la boca de Baba, pero estimé el tamaño tal como lo indicó Kasturi después.
Una vez que todos tuvimos oportunidad de mirar al lingam un buen rato aunque sin tocarlo, Baba se sentó en una silla y nos acomodamos en el piso alrededor de las paredes. Yo estaba en el suelo a su derecha, lo más cerca que pude.
Durante un rato El charló de un modo aparentemente liviano y fácil. Le preguntó individualmente a las personas lo que ellas deseaban de El y reía de algunas de las respuestas. Era como una madre con sus hijos, feliz de darles las cosas que ellos querían, ansioso de darles alegría, pero esperando que aprendiesen a desear las cosas más importantes de la vida, los tesoros del espíritu.
De repente, girando hacia mí como en broma, me dijo: "Si te doy algo, ¿lo perderás?"
"No, Baba, no, no lo perderé", contesté.
Arremangándose, removió el aire con su mano al nivel de mis ojos; podía ver tanto debajo como encima de ella, pero no vi nada hasta tanto volteara la palma en la cual apareció un gran anillo brillante. Parecía ser de plata y oro; pero me dijo más tarde que ese metal con apariencia de plata era panchaloha, la aleación sagrada de la cual están hechos muchos ídolos en los templos.
Fascinado, tendí la mano para recibir el regalo pero se río y la pasó en dirección contraria. Dio la vuelta al círculo, para que cada persona lo inspeccionara; la mayoría lo levantaba reverentemente hacia su frente, antes de pasarlo. Cuando hubo regresado Baba me lo colocó en el tercer dedo. Se ajustaba perfectamente.
Me sentí muy emocionado, y aún más cuando vi que la figura que aparecía de relieve en oro sobre el panchaloha era la de Shirdi Sai
Baba. Nunca le había dicho a Sathya Sai Baba ni a ninguno de sus seguidores nada acerca de mi profundo afecto por aquel viejo santo. ¿Era esto algo que leyó en mi mente?
Poco después de esto empezó a llevarnos individualmente a otra pieza a fin de que pudiéramos hacerle preguntas en privado. Cuando llegó mi turno, El me habló de mi vida personal y de mi salud. Parecía ser no solamente un padre y una madre sino la esencia misma de la paternidad, el arquetipo de todos los padres y madres. Era como si un cálido haz de amor saliera de él y .entrara en las profundidades de mi ser, derritiendo mis huesos mismos. Sentí que esto era el puro y alto amor que en sánscrito se llama prema, el amor que no tiene ningún motivo egoísta oculto, el amor que es simplemente una expansión espontánea de lo más alto en el hombre, la Divinidad.
Mi maravillosa experiencia interior se comparaba con lo que varios devotos ya me habían dicho acerca de sus contactos personales con el prema universal pero individualizado de Baba. Así, de una manera u otra, al final de mi visita en la "Morada de la paz Eterna" empecé a entender que, fuere lo que fuere este hombre milagroso no era simplemente un hábil hacedor de maravillas. Ni era un "mago callejero" con un repertorio limitado de trucos psíquicos para extraer algunas rupias de la turba que pasa.
Sai Baba no pertenecía a ninguna de estas conocidas categorías. "¿Qué era entonces? Eso permanecía en el más profundo misterio, un misterio insondable, quizás, pero retador.
CAPITULO V
NACIMIENTO E INFANCIA
Pero arrastrando nubes de gloria venimos de Dios, quien es nuestro hogar.
WM. WORDSWORTH
Durante mis visitas a Prashanti Nilayam tuve la oportunidad de inspeccionar el pueblo donde nació Sathya Sai Baba y hablar con los miembros de su familia que viven allí. El pueblo, Puttaparthi, está a medio kilómetro más o menos del ashram mismo. Es un lugar pequeño, descolorido por el sol con blancas casas y estrechas calles de arena.
La casa donde Baba vio la luz por primera vez está ahora reducida a unas paredes de ladrillos derruidos. Sus dos hermanas mayores y un hermano menor todavía viven en el pueblo en casas de su propiedad. Su hermano mayor reside en otra ciudad, su madre vive en el ashram y su padre murió. Sin embargo, aunque he conocido y hablado con los miembros de la familia y algunos viejos amigos, fue del historiador Kasturi de quien obtuve los principales datos acerca de los antecedentes, nacimiento e infancia de Sai Baba.
La figura más destacada en los antepasados de su familia fue su abuelo paterno, Kondama Raju. Este señor era al parecer un pequeño terrateniente, que poseía tierras de cultivo hasta cierta distancia de Puttaparthi. No era rico pero sí lo suficientemente acomodado como para dedicar un templo a la diosa Sathyabhama, la consorte del Señor Krishna. Se le recuerda principalmente por la vida religiosa y devota que llevaba. También era destacado músico y actor y tomaba parte importante en los dramas y óperas religiosas representados en Puttaparthi y otros centros cercanos. En esos días, ésta era la principal forma de entretenimiento en los pueblos. Muchos de los programas dramáticos eran sacados de las grandes epopeyas espirituales de la India tales como el Ramayana (Poema épico que relata las aventuras de Rama). Una versión de esta larga obra se da en una serie de cantos; Kondama Raju la sabía toda de memoria.
En su vejez, sus numerosos nietos solían reunirse a su alrededor en la casita donde vivía solo, para oírlo dar vida a los maravillosos cuentos de dioses y hombres dioses del Ramayana. Miembro constante de su juvenil y fascinado público era el pequeño Sathyanarayana, que hoy se conoce como Sathya Sai Baba. Esta educación de los nietos en la mitología y saber espiritual de las grandes epopeyas y Puranas (libros de mitología hindú) siguió durante muchos años. El anciano vivió hasta los 110 anos, muriendo en 1950 en Puttaparthi con un canto del gran Rama en los labios.
Veinticuatro años antes, en el año 1926, en ja casa del hijo mayor de Kondama, Pedda Raju, extrañas señales estaban anunciando un evento próximo. Los descendientes de Pedda entonces eran un hijo y dos hijas, y ahora, después de un largo período de esperanzas, plegarias y pujas (adoración) a los dioses tutelares, su esposa Easwaramma estaba de nuevo en estado. Sus plegarias habían sido por otro hijo, y a medida que se acercaba la hora, sus esperanzas se elevaban, aunque también estaba perpleja, pues estaban sucediendo cosas muy extrañas en la casa.
Por ejemplo, el gran tamboura (instrumento musical) adosado a la pared de la sala a veces sonaba en medio de la noche cuando nadie podía tocarlo, y el maddala (tambor) que estaba en el piso, vibraba en la oscuridad como si una mano experta lo estuviera tocando. Pero no se podía ver mano alguna. ¿Cuál podía ser el significado de tales cosas?
Un sacerdote, versado en las cosas de lo invisible, les dijo que estos eventos indicaban la presencia de un poder benéfico y auguraba un auspicioso nacimiento.
El año 1926 se conocía como Akshaya, lo que significa el año "Que nunca declina y está siempre en su plenitud", y el 23 de noviembre es siempre, de acuerdo con el viejo calendario, un día que debe dedicarse a la adoración del Dios de las grandes bendiciones, Shiva.
Además ese año una cierta yuxtaposición de estrellas hacía que el día fuera todavía más auspicioso para adorar a Shiva. Así es que los habitantes del pueblo ya estaban cantando los nombres de Shiva cuando el sol empezó a delinear las rocosas colinas detrás de las amarillas arenas del río Chitravati. Y es justamente en ese momento en que el sol mostraba su cara por encima del horizonte cuando bajo el techo de la. casa de Pedda Raju nació el niño Sathyanarayana. Se le dio este nombre porque la adoración y plegarias de su madre habían sido dedicadas a esta particular forma y nombre de Dios. En realidad, Narayana es otra apelación para Vishnu, el segundo en la Trinidad hindú, mientras que Sathya es el sánscrito para la verdad o realidad; así es que "Sathyanarayana" puede considerarse que quiere decir "el verdadero Dios que todo lo penetra". No es nada extraño ni profano en las costumbres indias la de dar a un niño este nombre; la mayoría de los indios, hombres y mujeres, llevan uno o más de los mil nombres de Dios.
Poco después de su nacimiento el infante fue colocado sobre unas mantas, en el piso. De repente las mujeres que estaban en la habitación vieron que las mantas se movían de arriba hacia abajo de manera peculiar, como si hubiera algo vivo debajo. Lo había. Una cobra. Pero la serpiente no le hizo ningún daño al niño.
Fuere lo que fuere lo que pensaron las personas presentes en ese momento, esta aparición de una cobra en el cuarto del parto es considerada ahora por muchos de los devotos de Baba como muy significativa, siendo la cobra uno de los símbolos de Shiva. Sai Baba de Shirdi, se decía, había aparecido en varias ocasiones ante sus seguidores en forma de cobra.
Desde el comienzo, la criatura fue favorita del pueblo, amada por su belleza, fácil sonrisa y dulce naturaleza. Cuando Sathya empezó a corretear por las calles polvorientas y a aventurarse a través del barro de los arrozales y de las colinas desnudas de los alrededores, había ciertas características que lo hacían destacarse de sus jóvenes compañeros. Al contrario de la mayoría de los muchachos tenía el corazón blando para todas las criaturas, humanas u otras. No podía soportar el causar o ver sufrimiento alguno. Esto lo hizo vegetariano desde temprana edad entre los comedores de carne que lo rodeaban.
El señor Kasturi dice: "El no se acercaba a los lugares donde se mataban o torturaban a puercos u ovejas, ganado o gallinas, o donde se ponían trampas o pescaba; evitaba las cocinas y recipientes usados para cocinar carne de res o de ave. Cuando se seleccionaba un ave y se hablaba de ella en conexión con la cena, Sathyanarayana, el muchachito, corría hacia el animal y lo apretaba contra su pecho, y lo acariciaba como si el amor especial que le prodigaba pudiera inducir a los mayores a renunciar y salvar a aquella ave. Los vecinos lo llamaban Brahmajnani (el que ha realizado a Dios) debido a este tipo de aversión y su gran amor hacia la creación.
Además, aunque rápido en las carreras, amante de los deportes al aire libre y ser uno de los primeros exploradores, Sathya no quería tener nada que ver con deportes que involucraban malos tratos para los animales, tales como las peleas de gallos, las de perros contra un oso encadenado, o las crueles carreras de carretas de bueyes que se celebraban a veces en las suaves arenas del seco lecho del río. Venían muchos mendigos a la puerta de la casa y si el pequeño Sathya estaba allí no se rechazaba a nadie sin antes darle algo para comer. Es más, cuando El se encontraba con inválidos o ciegos por las calles los traía a la casa e insistía en que su madre o sus hermanos mayores les dieran comida. A veces la familia se irritaba por estas constantes y costosas exigencias. Una vez su madre dijo: "¡Vamos a ver! Si le doy comida a los mendigos tú tendrás que quedarte sin comer". Esta amenaza no amedrentó al niño en absoluto. Estuvo inmediatamente de acuerdo en no almorzar ese día y lo hizo. Nada pudo persuadirlo de que se acercara a su plato.
Esto sucedía frecuentemente, y es a través de estos eventos que la familia tuvo un primer vislumbre de las extrañas cosas que habrían de suceder en relación con el niño. En una ocasión, cuando se había lucido dándole de comer a los mendigos a costa de la despensa de la familia, El decidió no comer durante varios días. Aunque persistió en ello, no mostraba ningún indicio de hambre, y seguía con sus actividades sin dar señales de debilidad. Cuando su preocupada madre le rogó que comiera, El le contestó que ya había llenado su estómago con deliciosas bolas de arroz con leche. De dónde las había sacado, le preguntó. Bueno un anciano, Tata, se las había dado. Nadie había visto ni oído hablar jamás de tal persona, y la madre no quería creer la historia del pequeño Sathya. En eso el niño levantó la mano para que la madre la oliera, pues, como la mayoría de los indios, la familia Raju comía con las manos, no con cubiertos. De la palma del niño la madre inhaló una agradable fragancia de ghee (mantequilla), leche y cuajada de una calidad pocas veces probada por ella. Así es que el niño, cuya simpatía por los extraños hambrientos, le hacía cederles su propio plato, estaba nutrido por algún misterioso e invisible visitante. ¿Qué podía significar esto?
Sathya empezó su educación formal en la escuela del pueblo donde se mostró vivaz y rápido en aprender. Sus talentos especiales eran, como los de su abuelo, el drama, la música, la poesía y el teatro. Y hasta escribía canciones para la ópera del pueblo a la edad de ocho años.
Más o menos para esa edad, iba a la Escuela Elemental Superior en Bukkapatnam, a casi cuatro kilómetros'de allí. Uno de los maestros que lo conoció allí lo recordaba como un muchacho "sencillo, honesto y de buena conducta". Otro escribió en un libro, publicado en 1944, que Sathya a menudo solía llegar temprano a la escuela, reunía a los niños alrededor suyo, y conducía un culto usando una santa imagen y algunas flores que había reunido al efecto. Aun cuando los muchachos no sintieran inclinación hacia la ceremonia religiosa en sí, El no tenía dificultad en reunirlos alrededor suyo por las cosas que a veces "producía" para alegrar y ayudarlos. De un bolso vacío sacaba dulces y frutas, o si un camarada había perdido un lápiz o una goma, El "producía" uno del bolso. Si alguien estaba enfermo, El traía "hierbas de los Himalayas' y se las daba como remedio.
Cuando los niños le preguntaban cómo realizaba esas maravillosas proezas mágicas El decía que un tal "Gramma Sakti" (ser con energía divina) obedecía su voluntad y le daba lo que El quería. Los niños no tenían dificultad en creer en seres invisibles, o en aceptar el que Sathya tuviera un fiel ayudante invisible. Después de todo, El era su líder en casi todas las actividades en teatro, atletismo y exploración, por ejemplo , y algunos de los muchachos comenzaron a llamarlo su "gurú".
Por esto es que cuando Sathya fue a la escuela secundaria en Uravakonda, se encontró con que su fama se había extendido hasta allí y le había precedido. El señor Kasturi escribe en su libro1 sobre Sai Baba: "Los muchachos decían que era un buen escritor en telugu, un buen músico, un genio en danza, más sabio que sus maestros, capaz de ver el pasado y de ver el futuro. Historias auténticas de sus logros y poderes divinos estaban en los labios de todo el mundo...".
`Todos los maestros estaban ansiosos de que se le asignara algún trabajo en *la sección en la cual había sido admitido; algunos por curiosidad, otros por veneración, y algunos por un
1 The Life of Bhagavan Sri Sathya Sal Baba.
malicioso impulso de probar que todo aquello era absurdo. Sathya muy pronto fue el favorito de toda la escuela. Era el líder del grupo de oración de la escuela. Ascendía cada día al estrado cuando se reunía toda la escuela para las oraciones antes de comenzar el trabajo, y era su voz la que santificaba el aire e inspiraba a maestros y alumnos y les enseñaba a dedicarse a las tareas asignadas".
El hermano mayor de Sathya, Seshama, era maestro en esta escuela secundaria e hizo todo lo que pudo para lograr la ambición familiar de que el joven Sathya se educara para una buena posición como funcionario del gobierno. Sin embargo, las cosas marchaban rápidamente hacia un evento que habría de cambiar todas estas ambiciones mundanas. Era una de esas profundas y estremecedoras experiencias que, de una forma u otra, parecen a menudo, si no siempre, preceder las misiones de los grandes maestros e inspiradores de la humanidad.
A las siete de la tarde del 8 de marzo de 1940, Sathya, mientras caminaba descalzo por el suelo, saltó al aire dando un gran grito, y agarrando un dedo de su pie derecho. En el área había muchos grandes escorpiones negros y sus compañeros inmediatamente pensaron que El debía haber sido picado por uno. Pero en la penumbra no pudieron encontrar al supuesto culpable. Todos estaban muy preocupados por la creencia local de que nadie en Uravakonda podía sobrevivir a una mordedura de serpiente o de escorpión. Esta superstición parece estar relacionada con el hecho de que Uravakonda está dominada por una colina coronada por una roca de treinta metros de altura en forma de serpiente encapuchada. De hecho, el nombre del lugar mismo significa "Colina de la Serpiente".
Sin embargo, Sathya durmió esa noche sin señales de dolor o enfermedad y parecía completamente normal al día siguiente. Todos estaban muy aliviados. Pero a las siete de la noche, veinticuatro horas después de la supuesta mordedura de escorpión, el muchacho de trece anos cayó inconsciente, su cuerpo se puso rígido y su respiración débil. Su hermano, Seshama, trajo a un médico que le aplicó una inyección y dejó una mezcla para que la tomara cuando recobrara el conocimiento. Pero Sathya permaneció inconsciente durante toda la noche.
Al día siguiente recobró el conocimiento, pero estaba lejos de la normalidad en su comportamiento. Parecía a veces ser una persona diferente. Rara vez respondía cuando se le hablaba; tenía poco interés por la comida; de pronto, empezaba a cantar o a recitar poemas, a veces citando largos pasajes en sánscrito que iban mucho más allá de lo que había aprendido en su educación y adiestramiento formal. De vez en cuando su cuerpo se ponía rígido como si hubiera salido de él y se hubiera ido a otra parte. A veces tenía la fuerza de diez, otras estaba "tan débil como el tallo de un loto". Muchas veces se alternaban las risas y las lágrimas, pero ocasionalmente se ponía muy serio y pronunciaba un discurso sobre la más alta filosofía vedanta. A veces hablaba de Dios; otras describía lugares lejanos de peregrinaje en donde ciertamente durante su vida como Sathyanarayana Raju nunca había estado.
Sus padres vinieron de Puttaparthi, consultaron a varios doctores que prescribieron diversos tratamientos, pero no hubo ningún cambio en el paciente. Algunos pensaban que un espíritu malo había tomado posesión del muchacho, quizás debido a la magia negra de alguna persona. Entonces varios exorcistas probaron sus artes para invocar al espíritu malo y transferirlo a un cordero o ave de corral. Todo esto sin resultado.
Finalmente, los padres llevaron a Sathya a un lugar cerca de Kadiri donde había un exorcista de gran fama. Este experto en brujería era un adorador de Shakti ante quien, se decía, "ningún espíritu malo se atreve a sacudir su cola ponzoñosa". Su sola apariencia era suficiente para asustar a cualquier fiera menor; era de estatura gigantesca, con ojos inyectados, aspecto salvaje y maneras indómitas. Parecía trabajar en base al principio general de que si él hacía sufrir suficientemente al cuerpo de su paciente, el demonio que lo ocupaba se cansaría de la incomodidad y lo dejaría.
Primero, el fiero exorcista realizó el sacrificio de una gallina y un cordero e hizo sentarse al muchacho en el centro de un círculo de sangre mientras cantaba sus encantamientos. Luego afeitó la cabeza de Sathya y con un instrumento cortante, marcó tres cruces en el cuero cabelludo, tan profundas que salió sangre. En estas tres heridas abiertas vertió el jugo de limones, ajo y otros frutos ácidos.
Los padres, que observaban este tratamiento, se aterraron ante su severidad; también se sorprendieron de que Sathya no emitiera el más mínimo quejido ni diera señal alguna de sufrimiento. Aparentemente, si había un inquilino espiritual él también era inmune, pues no daba ninguna señal de su intención de salir.
El despiadado exorcista hizo arreglos para que cada día en la mañana se vertieran 108 baldes de agua fría sobre las marcas en el cuero cabelludo. Esto se hizo durante varios días, mientras se sucedían otros duros tratamientos, tales como el de pegarle al muchacho en las coyunturas con un grueso palo.
Finalmente, el adorador de Shakti decidió usar su arma más potente, reservada para los demonios más recalcitrantes. Esta es el "Kalikam" que se describe como una mixtura de todos los ácidos del abracadabra en el repertorio de la tortura. Aplicó el "Kalikam" a los ojos de Sathya. El cuerpo del muchacho se retorció bajo el impacto del dolor, su cara y cabeza enrojecieron y se hincharon de tal modo que estaban irreconocibles, los ojos se redujeron a dos rayas de las cuales salían lágrimas.
Los padres y la hermana mayor quien también estaba presente, lloraban de angustia al ver este espectáculo. Sathya no hablaba, pero les hizo señales de esperar por El afuera. Cuando salió les pidió que fueran y consiguieran un remedio que El conocía. Lo trajeron y lo aplicaron en los ojos del muchacho; la hinchazón se redujo y los ojos se abrieron en su tamaño normal.
Cuando descubrió lo que había sucedido el brujo se encolerizó por esta "interferencia con su tratamiento", como la llamó. "Había estado a un centímetro de sacar el demonio del cuerpo del muchacho" dijo, echando pestes. Pero los padres ya habían visto bastante. Pagaron sus honorarios y lo calmaron diciéndole que iban a fortalecer la resistencia del niño y lo volverían a traer para un nuevo curso del exorcismo del gran hombre. Sacaron a Sathya de allí, evidentemente todavía poseído por el "demonio" que seguía citando largos poemas en sánscrito, discurriendo doctamente sobre filosofía vedanta y ocultamente sobre ética, que podía cantar bellos himnos sagrados, y pedir que se llevara a cabo el Arathi (ritual e himno sagrado) porque "los dioses estaban pasando por el cielo".
Los padres continuaron llevando a Sathya a médicos y a varios tipos de curanderos, pero ningún tratamiento parecía producir efecto alguno. Dos meses pasaron en este vano intento de hacer volver al niño a la "normalidad". No había vuelto a la escuela, y permanecía en su casa en Puttaparthi.
En la mañana del 23 de mayo,. Sathya llamó alrededor suyo a los miembros de la casa, menos a su padre que estaba ocupado en su tienda de víveres. Con un gesto de su mano el muchacho tomó del aire azúcar candi y flores y los distribuyó entre los presentes. Pronto los vecinos empezaron a entrar. Sathya, de humor jovial "produjo" más caramelos y flores, y bolas de arroz cocido en leche para cada uno. La noticia de que su hijo estaba realizando lo que parecían ser siddhis (milagros) delante de un grupo de personas llegó a Pedda.
De pronto el padre se colmó de cólera y resentimiento. ¿No era suficiente que el muchacho les estuviera causando toda esta preocupación y tensión durante los últimos meses? Ahora estaba dando un espectáculo con trucos estúpidos, escondiendo cosas y produciéndolas por prestidigitación, sin duda, aunque de dónde había aprendido el muchacho estos trucos, no tenía idea. Como Sathya llevaba ya mucho tiempo haciendo cosas inexplicables, ¿quizás esto no era simple prestidigitación sino algo, pero... magia negra, hechicería?
Así con amargos pensamientos Pedda buscó un bastón bien fuerte y fue a la casa. Al abrirse paso entre la gente, alguien le ordenó ir y lavarse antes de acercarse al dador de dádivas. Esto lo exasperó y encolerizó todavía más. Parado delante de su hijo de trece años y agitando el bastón amenazadoramente, le gritó:
"¡Esto es demasiado! ¡Debe cesar! ¿Qué eres tú? Dímelo. ¿Un fantasma, un dios, un loco?"
Sathya miró a su airado y frenético padre y al palo levantado. Luego dijo con calma y firmeza: "Yo soy Sal Baba".
Pedda se quedó mirando a su hijo en silencio mientras que el bastón caía de sus manos. Sathya continuó, dirigiéndose a todos los presentes: "He venido para quitarles sus penas; mantengan sus casas limpias y puras".
Un miembro de la familia se le acercó y preguntó: "¿Qué es lo que quieres decir con 'Sai Baba'?"
El replicó enigmáticamente: "Vuestro Venkavadhoota pidió que naciera en vuestra familia; así es que he venido".
En la familia Raju había una tradición de un gran sabio nombrado Venkavadhoota, un ancestro que había sido considerado como un gurí por los pobladores de cientos de pueblos de los alrededores. Pero solamente unos pocos de los ancianos entre los que estaban reunidos alrededor de la casa Raju habían oído hablar de alguien llamado "Sai Baba". Los que habían oído el nombre no tenían ninguna idea de quién era. 'Baba" era, como todos ellos sabían, una palabra musulmana y Pedda pensó que quizás su hijo estaba poseído por el espíritu de un fakir musulmán.
Los aldeanos que oyeron aquello sintieron temor y bastante extrafieza. De que había algo especial en el pequeño Sathya, esto lo sabían desde hacía tiempo. De otro modo, ¿cómo podría hacer esas cosas milagrosas? Y ahora, desde su enfermedad, a menudo hablaba como un viejo sabio o un vidente. Pero, ¿quién era ese musulmán, ese "Sai Baba"? ¿Y qué podía posiblemente tener que ver con el muchachito que todos ellos habían conocido, admirado y amado durante casi catorce años?
CAPITULO VI
LOS DOS SAIS
La verdad no es lo demostrable, sino lo inevitable.
ST. EXUPERY
Unas cuantas personas en el distrito habían oído hablar de un gran y milagroso fakir, de nombre Sai Baba. Algunos pensaban que estaba todavía vivo, mientras otros declaraban que había muerto hacía años. Algunos decían que era musulmán, otros que era un santo hindú con muchos seguidores.Pero en todo caso, parecía estar muy lejos de la familia Raju y dei pueblo de Puttaparthi.
Más tarde algunos amigos le dijeron a la familia Raju que en Penukonda, una ciudad a cuarenta kilómetros de allí, estaba de visita un funcionario del gobierno que parecía ser un ardiente devoto dei fakir Sai Baba. Se decidió llevarle a Sathyanarayana; quizás esto aclararía
el misterio, o al menos aclararía en algo el extraño anuncio y comportamiento del muchacho.
Sathya se mostró muy dispuesto a ir y el funcionario gubernamental se dignó recibirle, pero cuando ya se encontraron con él éste no
pudo aceptar la idea de que su gran gurú, que había muerto en Shirdi en 1918, hubiera nacido de nuevo en este muchacho que hablaba de manera tan extraña.
"Es un desequilibrio mental", dijo a los adultos, "el niño debe set llevado a un instituto psiquiátrico para ser tratado".
Aquí intervino el joven Sathya: "Sí, es un desequilibrio mental, ¿pero causado por quién? Usted es un mero pujar) (sacerdote doméstico); no reconoce ni al mismo Sai a quien adora". Diciendo esto tomó puñados de ceniza de la nada y, esparciéndola en todas direcciones, salió de la habitación.
La creencia en la reencarnación forma parte de la religión hindú, y los que rodeaban a Sathya no tenían ninguna dificultad para aceptar esa idea en sí. Pero, ¿cómo debían aceptar la afirmación del muchacho de que El era realmente el Sai Baba de Shirdi reencarnado? El funcionario gubernamental no les había ayudado a rebasar esta incertidumbre.
Desde luego que considerando los poderes milagrosos de Sathya, podría ser verdad. Pero necesitaban alguna prueba, alguna señal fuerte y convincente.
El jueves es considerado como día del gurí en la India, y todos los jueves, algunas personas se reunían alrededor de su nuevo gurí, el joven Sathyanarayana Raju. Una vez, poco después de la visita a Penukonda, alguien en una de las reuniones de los jueves expresó el deseo que estaba en muchas mentes.
"Si tú eres realmente Sai Baba, muéstranos una senal".
Sathya vio que había necesidad de hacerlo. 'Tráiganme esas flores de jazmín", dijo, apuntando hacia un gran ramo en la habitación.
Las flores fueron colocadas en sus manos, y con un gesto rápido las echó en el suelo. Todos los presentes miraron con temor reverencia¡: las flores habían caído formando el nombre "Sai Baba" en escritura telugu, el idioma que se habla en el pueblo. Esto de escribir con las flores no era algo que requiriese imaginación; las palabras estaban muy claras, como si hubieran sido arregladas con meticulosa destreza, todas las curvas y circunvoluciones de las letras telugu estaban perfectamente reproducidas.
Pasaban los días y las semanas sin otras señales externas de que la afirmación que había salido de los labios del muchacho fuera algo más que imaginación infantil, o algo que podría explicarse como "desequilibrio mental".
Sin embargo, a pesar de todo, Sathya cedió a la insistencia de la familia de que regresara a la escuela secundaria en Uravakonda. Regresó en junio, seis meses después de que el misterioso "escorpión negro" le hubiera picado el dedo del pie o lo que fuere que ocurrió para causar la crisis psíquica que llevó a la aparición de las nuevas facetas de su personalidad y al perturbador anuncio.
Los jueves pronto se transformaron en grandes sucesos en Uravakonda. Pues, con la gente reunida a su alrededor, Sathya Sal con un gesto de su pequeña mano producía cosas que lo conectaban con el santo muerto en Shirdi: fotografías del cuerpo anterior, tela de gerua que decía era del kafni que Shirdi Baba solía llevar, dátiles y flores que, declaraba, venían directamente del santuario de la tumba de Shirdi donde habían sido llevados como ofrendas por sus adoradores.
Quizás el fenómeno más interesante era su regular producción de ceniza. Shirdi Sal mantenía siempre un fuego encendido para tener a mano una reserva de ceniza sagrada que él llamaba udhi. Ahora el joven Sathya Sai la tomaba como si fuera de un fuego invisible en una dimensión oculta del espacio. Este era un milagro que no realizó hasta después del anuncio de su identidad con Sai Baba. El anuncio también marcó el comienzo del misterioso flujo de fotografías, dibujos, pinturas, y figuras de Shirdi Baba que todavía continúa, como pude constatar en varias ocasiones.
De esta primera época se cuenta una extraña historia de la pro
ducción de una fotografía en colores de Shirdi Sai. Parece que antes de que Sathya regresara a Uravakonda desde Puttaparthi su hermana mayor, Venkamma, le había pedido una imagen de ese Shirdi Baba de quien hablaba y sobre quien componía cantos para los bhajans (cantos devocionales). Prometió cierto jueves producir una para ella.
Sin embargo, el día anterior a ese particular jueves, Sathya regre
só a su escuela. "Bueno", pensó Venkamma, "lo ha olvidado; no hay remedio; algún día me la dará, sin duda".
Pero en la noche del jueves prometido, la despertó un sonido ex
trano como si alguien estuviera llamando afuera en la puerta. Se sentó pero como todo parecía tranquilo se acostó nuevamente. Entonces oyó un sonido detrás de un saco que se encontraba en la habitación. Quizás sea una rata o una serpiente, pensó, así es que prendió la lámpara y empezó a buscar. Encontró algo blanco que salía de detrás del saco: era un rollo de papel grueso. Lo desenrolló a la luz de la lámpara y encontró 1a imagen de un anciano sentado con la pierna
derecha descansando sobre su rodilla izquierda. Dulces pero penetrantes ojos miraban hacia ella debajo de un pañuelo anudado en la cabeza. "Debe ser la imagen prometida", pensó, "que se me entrega por medio de un mensajero invisible". Venkamma todavía tiene esta imagen en colores de Shirdi Sal y me la mostró una vez que la visité en Puttaparthi.
La escuela secundaria no era realmente el lugar adecuad para un muchacho que, como Jesús en el templo, podía enseñarles a los maestros; de hecho, varios de ellos, inclusive el director, acostumbraban inclinarse ante El, y traspasando la ilusión de su joven cuerpo, escuchaban sus inspiradoras palabras.
El rompimiento final con sus días de escuela ocurrió el 20 de octubre de 1940. Esa mañana, estando en la casa del hermano donde residía, Sathya tiró sus libros y anunció que se iba. "Mis devotos me están llamando. Tengo mi trabajo", dijo. Su cuñada dice que cuando oyó estas palabras vio un halo alrededor de la cabeza del muchacho que casi la dejó ciega, tuvo que cubrirse los ojos, y gritó, alarmada.
A pesar de esto, ella y el hermano trataron de persuadir a Sathya de que permaneciera y continuara su educación. Sin embargo, éste marchó a la casa de un inspector de impuestos que le tenía mucho cariño al "pequeño Baba". Y ahí se quedó el muchacho durante tres días, casi todo el tiempo en el jardín debajo de un árbol con gente reunida a sea alrededor. Algunos traían incienso y alcanfor para la adoración rítualísta, algunos venían a aprender, otros a curiosear, y otros a reírse
Sathya dirigía en cantos de bhajan al grupo que le rodeaba durante horas. Allí en el jardín ocurrió otro fenómeno que lo conectó más aún con Sai Baba de Shirdi. Llega un fotógrafo para tomar una foto del pequeño y ya célebre profeta. Una gran piedra sin tallar parecía entorpecer la composición de la fotografía, por lo que el fotógrafo le pidió a Sathya Sai Baba que cambiara de sitio. pero como éste no se movía, el fotógrafo, resignado, disparó su cámara saliere lo que saliere.
Y consiguió más de lo que esperaba. Cuando hubo revelado y copiado la película, resultó que la roca obstructora se había transformado en una imagen del Sai Baba de Shirdi. Ambas formas de Sai aparecían en la fotografía aunque sólo una había sido vista por la gente allí reunida.
Durante los tres días que Sathya pasó en el jardín, sus padres llegaron de nuevo a Uravakonda. Decidiendo finalmente que ya no se trataba de mandarlo a la escuela, le pidieron a Sathya que regresara a casa. Rehusó. Rogaron. Finalmente, después de que le aseguraron que en el futuro no obstaculizarían ni interferirían su misión, aceptó regresar a Puttaparthi. Allí empezó a reunir más devotos alrededor suyo; primero en la casa de su padre y luego en la espaciosa casa de una discípula.
Todos los años desde que el muchacho de catorce años hiciera allá en el lejano pueblo de Puttaparthi la asombrosa declaración de que era la reencarnación del santo moderno más misterioso y poderoso de la India, ha habido muchas pruebas externas interesantes en apoyo de dicha declaración.
Una historia contada en detalle por el señor Kasturi en su libro sobre la vida de Baba dice cómo, más o menos un año después del anuncio, cuando Sathya Sai Baba tenía quince años, recibió fa visita de la Rani de Chincholi. Su difunto esposo, el Rajá, había sido un ardiente devoto de Shirdi Baba y solía pasar unos cuantos meses cada año en Shirdi. Dice la Rani y algunos viejos sirvientes del Palacio que Shirdi Baba en varias ocasiones estuvo en Chincholi. El iba, dice, con el Rajá ala ciudad en una tonga tirada por bueyes. Incidentalmente, esta tonga fue llevada más tarde de Chincholi a Puttaparthi y dejada allí
Durante su visita a Puttaparthi para ver esta reencarnación del viejo santo, la Rani lo persuadió de que la acompañara a Chincholi. Tal vez para ponerlo a prueba. En el palacio se habían hecho muchos cambios desde los días en que Shirdi Baba lo visitaba. Aunque en teoría aceptada al muchacho como una reencarnación del santo de Shirdi, la Rani se asombró cuando El inmediatamente hizo comentarios acerca de los cambios. Pregunto qué había pasado con una mata de margosa que había allí; mencionó la existencia de un pozo que había sido llenado y ya no se veía; luego señalando una serie de edificaciones dijo, "éstas no existían cuando estuve aquí en mi cuerpo anterior". Todo ello era cierto.
Luego le dijo que debía haber en el palacio una pequeña imagen . de piedra de cierta clase que, como Shirdi Baba, El había dado al Ra
já hacía mucho tiempo. La Rani no sabía nada de ello pero se emprendió una búsqueda a fondo y apareció la imagen. Estos fueron algunos de los muchos recuerdos extrasensoriales que ayudaron a establecer la verdad de la reencarnación.
De interés significativo es la experiencia de Su Santidad Gayathri
Swami, un discípulo de Sankaracharya de Sringeri Peetam. Sucedió mientras estaba de visita en el ashram de Prashanti Nilayam, después de que Sathya Sai se hubiera mudado allí de su pueblo natal. En 1906, el Swami había pasado todo un año con Baba en Shirdi, y lo visitaba a menudo en los últimos años. El Swami estaba quizás sólo parcialmente convencido de que Sathya Sai era su viejo gurí reencarnado. De todos modos, la víspera de su salida de Prashanti Nilayam tuvo una visión. En ésta Shirdi Baba se le apareció y dijo que había vuelto de su Mahasamadhl (palabra usada para la muerte de un gran yogui) después de ocho años, y que había traído todos sus "bienes" con él quince años después. "¿Qué podía significar esta visión?", se preguntaba el Swami.
Entendió su significado al día siguiente. Al hablar de su visión con otros devotos, éstos le dijeron que Sathya Sai había nacido ocho años después de la muerte de Shirdi Baba, también que había asumido el nombre de Sai Baba a los catorce años y que estaba manifestando los plenos poderes asociados con Shirdi Baba a los quince años. Estos poderes, pensó el Swami, debían ser lo que su gurú quiso decir por "bienes", y la visión le había sido dada para confirmar en su mente que su Señor estaba de nuevo sobre la tierra.
Sai Baba de Puttaparthi ha procurado visiones de su antigua forma de Shirdi a muchas personas cuando así lo han solicitado, y a veces sin que lo solicitaran. Una de las maneras como El hace esto es sosteniendo las dos palmas de las manos abiertas y mostrando en ellas resplandecientes imágenes de los cuerpos de Shirdi y de Puttaparthi, una en cada palma. Otra manera es llevar a la persona que va a recibir la bendición de la visión a una pieza tranquila y apartada de cualquier casa en la cual se encuentre. Allí, en una esquina de la habitación se ve la radiante figura tridimensional de Shirdi Baba:
Una señora describió esa visión en estas palabras: "...Allí estaba sentado Shirdi Sai Baba en el piso con su pose característica, pero con sus ojos cerrados y marcas de ceniza en la frente y los brazos. Los palitos de incienso ardían delante de él y el humo ascendía derecho en el aire. Su cuerpo irradiaba con una extraña refulgencia, y se sentía una maravillosa fragancia en tomo suyo".
Podría argumentarse sin embargo y quizás con razón que el poder para producir alucinaciones de la forma de Shirdi no era prueba alguna de que Sathya hubiera vivido en esa forma. Pero hay muchos otros tipos de pruebas que senalan el hecho de que los dos Sais son en espíritu el mismo.
En su mayoría los hombres que como adultos fueron discípulos cercanos de Shirdi Baba han ido muriendo con el pasar de los años. Pero hay todavía algunos viejos caballeros que siendo muchachos visitaron Shirdi cuando el anciano santo estaba aún allí. A éstos Baba los reconoce aun cuando sus propias madres tenían dificultad de ver al muchacho de antaño en el cuerpo envejecido.
Uno de éstos es el señor M.S. Dixit quien, habiéndose jubilado, vive ahora en el retiro veraniego de Sal Baba en Whitifield cerca de Bangalore. Mientras yo estaba allí con Baba un verano, sostuve muchas maravillosas conversaciones con el señor Dixit sobre sus experiencias con los dos Sais.
Nació en 1897, hijo de Sadashiv Dixit, un abogado que fue en un tiempo Primer Ministro del Estado Real de Kutch. El hermano mayor de Sadashiv, Hari S. Dixit, era abogado en Bombay y miembro del Consejo Legislativo. Fue ese Hari Dixii el que se hizo íntimo devoto de Shirdi Baba. En compañía de su tío Hari, me contó M.S. Dixit, hizo sus primeras visitas a Shirdi, primero en el año 1909, y luego en 1912. Antes de su segunda visita había estado sufriendo de lo que él llamó "medio dolores de cabeza". Al levantarse el sol empezaba a dolerle fuertemente la mitad de la cabeza; luego poco antes de la puesta del sol el dolor cesaba. Esto sucedía cada día durante períodos de dos meses seguidos; era sumamente molesto. Su tío lo llevó a Sal Baba esperando que lo curara de los extraños dolores de cabeza. El señor Dixit recuerda vívidamente cómo estaba sentado cerca de Sal Baba un día, cuando Baba le dijo de repente: "¡Pero qué estás haciendo sentado allí, vete a la casa!"
El joven Dixit replicó que tenía un fuerte dolor de cabeza y que el calor de la lumbre cercana se lo aliviaba un poco. Pero Baba insistió en que se fuera. Era costumbre, cuando uno se iba, tomar algo de ceniza del fuego y ponerla en la mano de Baba para que El pudiera con ella dar su bendición de despedida. Esto fue lo que hizo el muchacho de catorce años. Baba sostuvo el udhi por un momento y luego lo aplicó en la frente del muchacho con fuerza.
El joven Dixit sintió como si le hubieran dado una bofetada y esto, añadido a que se le ordenara salir, hizo que le dijera a su tío que no volvería a visitar a Baba.
Hari Dixit le replicó: "¡Tú eres tonto! La bofetada significa que tu
dolor de cabeza no volverá".
Y así fue. Estos extraños y terribles dolores en la mitad de la cabeza no volvieron nunca más después de ese día, y el joven Dixit comprendió que Baba, a su manera enigmática, le había ordenado, no al muchacho, sino al dolor de cabeza, que se fuera.
Seis anos después, en julio de 1918, el señor M.S. Dixit estaba nuevamente enfermo, esta vez con fuertes hemorroides y una fístula anal. Los médicos de Bombay, donde vivía, dijeron que debía operarse, pero la idea de la operación lo ponía muy nervioso y no quería hacérsela. Pero sufría y sangraba mucho. Se sentía muy desgraciado.
En una de las reuniones regulares de los jueves de los devotos de Shirdi Baba en Bombay, M.S. D¡xit se sintió en cierta forma abrumado por la atmósfera devocional combinada con su sufrimiento propio. Aunque era un joven de veinte años, se sintió abatido y lloró como un niño. Esa noche tuvo un sueño en el cual Shirdi Baba le visitó y se burló de él por "estar llorando como una niña". Luego el viejo santo le dijo lo que debía usar como cura para su mal. Al despertar, Dixit lo recordaba todo menos el nombre del medicamento que Baba le había prescripto. Estaba muy afligido y por ello decidió ir a Shirdi tan pronto como le fuera posible para obtener el nombre de los labios de Baba.
Pero antes de que pudiera ir se enteró de que Baba había muerto. "Ahora", pensó tristemente, "nunca. lo sabré y tendré que seguir sufriendo".
Luego, en la reunión del jueves siguiente a la noticia de la muerte de Baba, se encontró de nuevo abrumado de auto compasión y lloró otra vez. Esa misma noche tuvo otro vívido sueño. En éste Baba estaba nuevamente de pie delante de él, todavía en la vieja forma de Shirdi. Le dijo, "¡Qué! ¡Llorando de nuevo como una niña!" Luego ¡e señaló al joven que tomara siete granos de pimienta, los moliera hasta hacerlos polvo, y que cada día tomara una pizca del polvo mezclado con udhi. Todos los devotos, incidentalmente, guardaban algo del udhl de Baba en sus casas.
A la mañana siguiente, M.S. Dixit recordó estas instrucciones del sueño claramente y las puso en práctica. Al tercer día del tratamiento cesó el dolor; al séptimo cesó la hemorragia. Finalmente, obtuvo una cura completa y el mal nunca se repitió.
Los anos pasaron y pasaban las páginas de la vida de Dixit. Era comerciante; se casó; fue Mayor y Oficial de la Brigada de Educación . del Ejército durante la Segunda Guerra Mundial y varios años después. En 1959 estaba de nuevo dedicado al comercio en la ciudad de Mangalore en la Costa Oeste. Durante su tiempo libre leía una famosa obra religiosa hindú intitulada Gurú Charltra. Si se lee completa en siete días, se dice, se obtienen grandes beneficios espirituales.
En la noche del sexto día de la lectura tuvo un sueño. En él estaba caminando por una ancha avenida de árboles, y sintió que alguien lo estaba siguiendo. Miró hacia atrás. Había un hombre, un hombre muy singular, detrás de él. Dixit preguntó, "¿Quién es usted y por qué me está siguiendo?" Pero no hubo respuesta: la figura simplemente continuó siguiéndolo silenciosamente. Después de unos pocos minutos Dixit volvió a mirar hacia atrás y vio al hombre que aún le seguía. Ninguno de los dos hablaba. Pronto los pasos se acercaron más, y Dixit sintió que de atrás le estaban echando algo en la cabeza. Vio que era ceniza.
Esto fue todo lo que pudo recordar del sueño al despertarse, pero en su mente quedaron muy claras la figura y la cara llamativas y singuláres del hombre que lo seguía.
Algunos meses después, por una extraña serie de circunstancias supo que había una reencarnación de Shirdi Baba pero no lo creyó. Más tarde oyó la misma historia en otra parte, y le mostraron una fotografía de Sathya Sai Baba. Era el hombre que lo había seguido en el sueño. Ahora sí se despertó su interés. Recordaba lo que le contaba su tío que Shirdi Baba le había dicho una vez: "Yo apareceré de nuevo como un muchacho de ocho años". ¿Era ese muchacho que había llegado a adulto? Decidió ir tan pronto como le fuera posible a Puttaparthi y averiguar todo lo que pudiera.
Fue a comienzos de 1961 cuando llegó allí, uno entre un grupo de más o menos treinta personas. El ashram estaba abarrotado con las multitudes de Shivaratri, y Dixit estaba de pie entre ellas esperando ver a Sathya Sai Baba en el alto balcón. Cuando apareció la pequeña figura en la túnica roja y con el domo de pelo alrededor del dulce y adorable rostro, Dixit supo con toda certeza que era la figura de su extraño sueño.
Pero, pensó, ¿cómo puede ser éste el viejo santo de Shirdi? Con sus sedas coloradas, su pelo como el de una mujer y esas multitudes a su alrededor, este hombre más parece una estrella de cine. Shirdi Baba era rudo, basto, sencillo: ¿cómo puede ser éste el mismo hombre? De repente quiso irse a casa.
Pero se quedó para ver a Sathya Sai verter enormes cantidades de ceniza sagrada de una pequeña vasija sobre la estatua de Shirdi Sai, y la misma noche lo vio sacar nueve lingams de su boca. Durante un discurso público al siguiente día, Baba dijo: "Algunos de los que han venido aquí piensan que me parezco demasiado a una estrella de cine; objetan mis túnicas de brillantes colores y el estilo de mi pelo..." Consternado, Dixit oyó repetidos desde el estrado todos los silenciosos pensamientos de crítica. Luego Baba siguió explicando las razones razones convincentes le parecieron a Dixit para el llamativo atuendo, el estilo singular de su pelo y los otros aspectos de esta encarnación.
Bien, Dixit decidió, no hay duda de que es algo muy especial. No hay duda de sus poderes supranormales, pero... es tan diferente del viejo Shirdi Baba. ¿Puede ser realmente la misma alma?
En una segunda visita a Prashanti Nilayam, tres meses más tarde,. fue llamado a una habitación para una entrevista con un grupo de media docena de personas. Baba entró, habló a unas pocas personas, y luego se dirigió hacia M.S. Dixit quien tenía en la mano una pequeña foto de su tío, H.S. Dixit. Baba tomó la foto, la miró y dijo: "Este es H.S.Dixit, su tío, el hermanó mayor de su padre, y mi viejo devoto en Shirdi. ¿Ahora tiene todavía alguna duda?"
Ya sus dudas casi no existían porque todo lo que Baba acababa de decir era cierto. Y Dixit no le había dicho su nombre a nadie en el ashram. Estaba allí de incógnito como un miembro desconocido en una multitud de visitantes. Pero Baba había reconocido la cara de su tío en la foto a primera vista.
Después de eso Dixit hizo muchos viajes al ashram y, en los años siguientes, disfrutó abundantemente de los milagrosos poderes, de la, gran compasión y de las enseñanzas, espirituales de Sai Baba. Una vez, hablando de lo que Shirdi Baba le había dicho a su tío Hari acerca de su regreso a la tierra "como un muchacho de ocho años", Baba le dijo a Dixit que lo que él había dicho en realidad era que regresaría como un muchacho dentro de ocho años, o sea, ocho años después de su muerte, lo que en efecto hizo. Sathya Sai añadió que H.S.Qixit debía haberlo malinterpretado.
Pero fueron la infinidad de cosas pequeñas, más que estas cosas grandes, las que finalmente le convencieron de que los dos Sais eran uno solo, me dijo Dixit. Siguió describiendo estas importantes pequeñeces: las semejanzas en los poderes y milagros, los paralelos en las enseñanzas y manera de instrucción, los sutiles ecos del pasado en los gestos, frases y actitudes. "Algunas veces hasta veo en su cara la misma vieja sonrisa que vi hace mucho tiempo en la cara de Shirdi Baba", dijo.
Claro está, las diferencias que él sintió tan fuertemente al principio están allí, admite. Pero hay, después de todo, un cuerpo diferente, un marco diferente, una época diferente, un ambiente diferente para la misión de Sal. Y por lo tanto la misión, aunque en espíritu la misma, no puede ser precisamente la misma en forma y estilo, y es de esperarse que la personalidad externa a través de la cual se proyecta el
mensaje al mundo también sea diferente. Sai Baba mismo comenta que no es tan duro ni tan colérico ahora como era en la manifestación anterior. Es más tolerante y dulce. Explica la diferencia por medio de un símil: "La madre es usualmente dura cuando los niños entran a la cocina y la molestan en la preparación de la comida; pero mientras ella sirve la comida es toda sonrisas y paciencia. Estoy ahora sirviendo los platos cocinados entonces. Dondequiera que esté, si usted tiene hambre y su escudilla está lista, le serviré los platos y le daré de comer hasta satisfacer su corazón". En otra oportunidad, acerca de la controversia sobre si era el mismo Baba o no, dijo: "Cuando hay dos pedazos de dulce, uno cuadrado y otro circular, uno amarillo y el otro morado, a menos que uno haya comido y experimentado el sabor de los dos, uno no puede creer que ambos sean iguales. Probar, experimentar, esto es crucial para conocer la identidad".
Otra persona que conoció a Shirdi Baba es una anciana dama que ahora vive en Prashanti Nilayam. N. Kasturi escribe en la segunda parte de su "Vida de Sathya Sai Baba", que esta dama fue llevada cuando niña a Shirdi por su padre, un Recaudador en los dominios del Nizam. Más tarde, después de que murieron sus cuatro hijos, fue de nuevo a Shirdi en 1917 y le pidió a Baba permiso para quedarse con El para su iniciación y adiestramiento espiritual.
Pero Baba le dijo: "No, ahora no. Regresaré en Andhra: entonces me encontrará y estará conmigo".
Regresó a ,los dominios del Nizam y dedicó su vida a obras de bienestar y caridad. Durante sus viajes para recolectar dinero y apoyo para sis hogar para niñas huérfanas, que había llamado "Sal Sadan", supo que había un muchacho en Uravakonda que había anunciado que era Sai Baba. Recordando lo que Baba le había dicho en 1917 sobre su reencarnación en Andhra, se apresuró a ir a Uravakonda, llegando allí un jueves. Se unió a la gente que fue a visitar al joven Sai Baba ese día y se sentó cerca de El.
Dice que Baba le habló en voz baja en hindi, como en Shirdi: "Así es que has venido, hija mía".
Luego le dijo que le debía diez y seis rupias, recordándole que de cuarenta rupias que había recolectado para celebraciones religiosas en Shirdi, diez y seis estaban todavía prestadas a una amiga de ella. 'Te estoy diciendo esto solamente para convencerte de que soy Shirdi Sai Baba".
Esta dama está ahora con Sathya Sai Baba en Prashanti Nilayam. Andhra Pradesh, feliz de que se haya realizado lo que El le dijo hace medio siglo en Shirdi.
Pero no es la prueba externa, sino la prueba interna que lleva a la convicción en esta profunda cuestión. Las personas que han estado con Sathya Sai Baba por mucho tiempo, y han conocido también a Shirdi Baba bien sea directamente o por medio de lo escrito sobre él no tienen duda de que ambas son encarnaciones del mismo ser divino.
Se ha publicado una serie de libros sobre Sai Baba de Shirdi, inclusive la excelente obra en cuatro volúmenes de Narasimha Swami sobre su vida y enseñanzas. Encuentro que cuando estoy profundamente absorto en estas obras, a menudo pienso que estoy leyendo sobre Sai Baba de Puttaparthi; debo continuamente recordar que éstas son las enseñanzas, dichos y hechos de Shirdi Baba, no del actual Sathya Sai; tal es la profunda similitud.
Pero antes de describir mis experiencias personales con Sathya Sai Baba debo volver por un momento a esos primeros días en Puttaparthi. Sathya Sai mismo dice que los primeros treinta y dos años de esta encarnación serían marcados principalmente por leelas (juegos divinos) y mahimas (milagros), y los años subsiguientes por discursos y enseñanzas verbales. Pero señaló que esto era simplemente una cuestión de énfasis; que ambos aspectos estarían en evidencia en todo momento.
Considerando los muchos milagros que he presenciado durante ésta, su fase de "enseñanza", me preguntaba cómo sería la vida con Sathya Sai durante los años de su fase "milagrosa". Así es que busqué y hablé con hombres y mujeres que lo habían conocido entonces. Entre ellos, prácticos hombres de negocios; personas viajadas=del mundo, funcionarios gubernamentales de alto rango y personas afamente educadas y profesionales.
Todos felices de poder contar sus extrañas y maravillosas historias.
CAPITULO VII
ECOS DE LOS PRIMEROS AÑOS
El Espíritu se asomará a través de la mirada de la materia, y la materia revelará la cara del Espíritu.
SRI AUROBINDO
Cuando poco antes de cumplir los catorce años, Sathya Sal Baba regresó al pueblo de Puttaparthi desde la escuela secundaria, fue primero a vivir a la casa de su padre. Poco después se mudó muy cerca a la casa de una familia de brahmanes (eruditos religiosos) llamada Karnum. Este era el lugar adonde a menudo había corrido cuando niño para comer comida vegetariana cuando había carne en su propia casa. Se instaló allí y el ama de la casa, de nombre Subbamma, no sólo lo atendía a El con amor y solicitud sino que recibía al creciente número de seguidores en su casa que era mucho más espaciosa y adecuada para este fin que la casita de los padres de Sathya Sai.
Así fue como en la casa de Karnum, que todavía existe en la calle principal de Puttaparthi, la misión de Sal Baba empezó en firme en 1941. En un principio las reuniones se hacían en una habitación, pero la gente era tal que pronto se desbordó hasta la calle. Entonces se construyó un galpón; con el pasar de los meses este galpón fue ensanchado y luego se le añadió una carpa. Pero las multitudes seguían sobrepasando todas las comodidades. Además, Baba insistía en darle comida a los visitantes que venían desde lejos. A menudo la cantidad de comida cocinada amenazaba con ser insuficiente y fue en eso en lo que El mostró por primera vez su poder crístico de aumentar la comida hasta llenar las necesidades del momento.
Una dama que solía ayudar a la devota Subbamma en estos primeros días, describe el ritual que Baba usaba para esto. Cuando sé le informaba discretamente que la comida no era suficiente, pedía dos cocos, que son siempre elementos importantes en las ceremonias religiosas en la India. Golpeaba el uno contra el otro rompiéndolos exactamente por la mitad, y luego "El esparcía el agua de coco sobre los montoncitos de arroz y los recipientes que contenían las otras comidas, y daba la señal de proseguir con la tarea de servir a todos los que habían venido, o que pudieran venir todavía hasta la noche". Siempre había suficiente para todos.
Fue en esos días de limitado espacio cuando Baba comenzó a llevar a sus seguidores a sentarse en las arenas del río Chitravati. Hoy, es un río de arenas, de tres a cuatrocientos metros de anchura
cerca del pueblo, y seco excepto durante la estación de lluvias. En los primeros años de 1940 era casi como ahora, pero durante la mayor parte del tiempo corría un riachuelo por las arenas. Aquí, el joven Sai se sentaba con sus numerosos seguidores, y los dirigía cantando bhajans, los aconsejaba acerca de sus problemas personales, les enseñaba la manera de vivir, y fortalecía su fe con varios fenómenos milagrosos.
En la cresta de una loma rocosa en la ribera izquierda del río, más o menos a ochocientos metros del pueblo, crece un tamarindo solitario. En esos días adquirió el nombre de Kalpataru, o árbol colmador de deseos. Esto era porque Sai Baba solía llevar a sus devotos o por lo menos a los que podían subir hasta allí y preguntarle qué fruta deseaban del árbol. Al nombrar la fruta, inmediatamente podía vérsela colgando de una rama del árbol. Manzanas, peras, mangos, naranjas, higos y otras variedades de frutas, fuera de estación, y algunas que no se cultivaban en el distrito, podían cosecharse de la mata de tamarindo.
Hubo otros eventos extraños y profundamente conmovedores en relación con ese árbol. A veces, Baba retaba a los jóvenes de su misma edad a una carrera colina arriba, desde las arenas hasta donde se veía el árbol con su follaje dibujado contra el cielo, a unos sesenta metros de altura. Era una subida empinada, rocosa, casi vertical en algunos lugares; pero antes de que los otros hubieran podido dar unos pocos pasos, el joven Sathya Sai estaba allá arriba, llamándolos desde la cima.
Los jóvenes entonces se paraban, y desde abajo con los otros devotos observaban al joven en el tope de la colina, sabiendo que con seguridad algo asombroso iba a suceder. Uno de los competidores en la carrera, entonces estudiante universitario, cuenta lo que vio allí: "Era poco después de la siete", dice, "y cayendo la noche. De repente una gran bola de fuego como un sol horadó la oscuridad alrededor del muchacho que estaba en la cumbre. La luz era tare intensa que era imposible mantener los ojos abiertos y observarla. Tres o cuatro de los devotos se desmayaron y cayeron al suelo".
Ha habido diferentes visiones en diferentes ocasiones. A veces era una gran rueda ardiente o una luna llena con la cabeza de Baba en el centro, a veces un haz cegador de luz que salía de su frente del centro del tercer ojo a veces un pilar de fuego. He hablado con cantidad de personas que han presenciado estos milagros de luz.
No es de extrañar pues que los ecos de estos sucesos en el pueblo llegaran hasta Madrás y otros lugares lejanos, y que los curiosos, los afligidos y los verdaderos buscadores empezaran a llegar desde lejos. No hay duda de que la afluencia hubiera sido mayor todavía si el viaje hubiera sido menos difícil. Pero sólo los valientes se enfrentaban al agotador viaje con su etapa final en carreta de bueyes o a pie.
A pesar de ello, en 1944, debido a las crecientes multitudes, se construyó lo que ahora se llama el "viejo Mandir", al borde del pueblo. Es una especie de doble galpón con techo de hierro galvanizado y bastante espacioso para acomodar buenas asambleas para los bhajans. En la parte de atrás hay habitaciones para dormir y comer, y algunos de los devotos visitantes solían quedarse allí o acampar cerca. Hoy en día tiene sólo interés histórico. Los visitantes a Prashanti Nilayam deben caminar 400 metros de carretera polvorienta para que les muestren el viejo Mandir. Sus paredes están adomadas con curiosas fotografías del joven Sai y grupos de sus devotos que ilustran, más que nada, el pobre nivel del arte fotográfico provincial del lugar en los años 40.
Para el mundo exterior era una década memorable, con la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la independencia de la India. Pero para un creciente número de personas, los eventos más excitantes e importantes tenían lugar en Puttaparthi, y el viejo Mandir no tenía capacidad para las multitudes que llegaban. Por ello las reuniones en las arenas del río Chitravati siguieron siendo populares.
Algunos de los visitantes que venían por simple curiosidad se quedaban para rendir profundo homenaje, y regresaban una y otra vez. Otros, de centros distantes, persuadieron al joven Sai para que visitara sus ciudades y se quedara en sus casas, donde sus amigos podrían conocerlo también. Muchos de los primeros devotos todavía, después de más de veinte años, van al ashram a verlo tan a menudo como les es posible y le ruegan que cuando se encuentre en su vecindad bendiga sus casas con su presencia.
Los viejos devotos que conocí resultaron ser un inspirador aspecto de mi investigación sobre este gran hombre milagroso. No son, como podrían sospechar algunos lectores, fanáticos, personas sin educación, vagos o visionarios. Por el contrario son ciudadanos educados, racionales, y prácticos, cuya integridad y confiabilidad serían aceptadas en cualquier tribunal.
Necesitaba asegurarme de estas cosas como ahora lo aseguro al lector porque en la época en que yo estaba recolectando algunas de las historias que aparecen en este libro no había experimentado personalmente muchos de los fenómenos que ellos describen. Ahora que he visto tantos de ellos es cuando mi actitud ha cambiado totalmente. Lo milagroso se ha hecho familiar.
Los viejos devotos en su mayoría me han autorizado para usar sus nombres, ya que ponen la causa de la verdad y de su creencia en los poderes trascendentales de Sai Baba por encima de todas las demás consideraciones. En este capítulo doy algunas historias como muestras contadas por hombres y mujeres que han conocido a Sathya Sai Baba desde los afros 40.
El señor P. Partasaraty es un conocido hombre de negocios de Madrás, copropietario de una compañía relacionada con asuntos navieros. Me dijo que había conocido a Sai Baba en 1942 cuando éste fue a Madrás y se hospedó en la casa de uno de sus vecinos. Poco después de esto, él y otros miembros de su familia fueron a Puttaparthi.
Permanecieron allí un mes entero y presenció la levitación de Baba hacia el tope de la colina hasta el árbol colmador de deseos, viendo un brillante halo de llamas alrededor de la cabeza del joven Sai y un haz de luz saliendo de su frente por entre los ojos. El dice: "En esos días Baba estaba siempre lleno de alegría y de bromas. Cantaba canciones, y muchas veces al día hacía algún milagro a veces como travesuras como el hacer que un reloj caminara al revés, o reteniendo a personas sentadas en sus asientos por alguna fuerza invisible. En los picnics golpeaba bandejas vacías, y al quitarles la tapa, las fuentes aparecían llenas de comida, a veces caliente como acabando de salir de la cocina. También lo he visto multiplicar pequeñas cantidades de comida para alimentar a grandes multitudes".
"Estos paseos eran siempre ocasiones felices. A menudo Baba transformaba algún árbol que se encontraba a la mano en un árbol Kalpataru: podíamos tomar de sus ramas cualquier fruta que mencionáramos".
El señor Partasaraty había padecido de asma por muchos años.
Un día estando en Puttaparthi, Baba materializó una manzana con un gesto de su mano y le dijo que la comiera para que se curara. No ha vuelto a tener un solo ataque de asma en un cuarto de siglo.
Pero dice que el milagro más importante de esas tempranas experiencias está relacionado con su madre. Esta estaba completamente ciega con cataratas cuando la familia conoció a Sai Baba. Su tratamiento fue simple; tan simple como la pasta de arcilla y saliva que Cristo usó en un ciego. Baba puso pétalos de jazmín en los ojos de la señora y los sostuvo allí con un vendaje. Cada día los cambiaba por pétalos frescos y, a la vez, insistía en que fuera diariamente a los bhajans. Esto siguió por diez días, y cuando le quitó el vendaje por última vez ella podía ver muy claramente. "Vivió diez años más después de esto", me dijo el señor Partasaraty, y no tuvo más problemas con su visión.
El señor G. Venkatamuni, cuando me habló de sus primeras experiencias con Sal Baba, era una figura destacada en el negocio de fertilizantes en Madrás. Lamentablemente, murió poco después, pero su hijo Iswara, también un fiel devoto, sigue con el mismo negocio familiar. Baba, cuando se encuentra en Madrás, pasa siempre por lo menos una parte de su tiempo en la casa de los Venkatamuni.
Una persona honesta, y sencilla, el señor Venkatamuni, lejos de exagerar, estaba más bien inclinado a la reticencia en todas sus descripciones. Me di cuenta de ello al verificar algunas de sus historias con otros testigos presentes en ese momento. Doy aquí, tal como me las contó a mí, sólo una o dos de las muchas e increíbles experiencia que él tuvo con Baba.
En el año 1944, él comenzó a escuchar extrañas historias acerca de un muchacho milagroso en un pueblo de Andhra Pradesh, el Estado de donde procedían sus antepasados. Decidió ir y ver por sí mismo qué había de verdad en esos relatos.
El día de la llegada de Venkatamuni a Puttaparthi, Sathya Sai, quien entonces tenía diecisiete años, lo llevó con un pequeño grupo a las arenas de¡ río. Como estaban allí sentados hablando, Baba metió la mano en la arena y sacó un puñado de dulces, y los distribuyó entre el grupo. "Estaban calientes", dijo el señor Venkatamuni, "como si acabaran de salir de un homo. Tuve que dejarlos enfriar antes de poderlos comer". Se dio cuenta de que lo que había visto no era un simple truco de prestidigitación.
Se quedó en el pueblo, esperando ver más milagros. Sus esperanzas fueron más que colmadas, dijo, y describió la misma copiosa serie de maravillas presenciadas por los primeros devotos.
"Era joven entonces", dijo el señor Venkatamuni, "todo era muy divertido. Iba a nadar con Sal Baba y los otros jóvenes, y fue entonces cuando vi el Samku Chakram en las plantas de sus pies".
"¿Qué es esto?", inquirí.
"Es una marca circular, podría usted llamarla una marca de nacimiento. Los hindúes creen que es uno de los signos de un Avatar".
El señor Ventakamuni y su esposa se hicieron íntimos devotos de Sai Baba, iban a su ashram regularmente, y lo invitaban a quedarse durante días o semanas en su casa de Madrás.
Pero fue en 1953, nueve años después de¡ primer encuentro, cuando experimentaron algo de la magia de Sal, única en su género.
Habían salido para un viaje alrededor de¡ mundo que iba a empezar en Europa e incluiría el Lejano Oriente. Viajando por vía aérea, su primera escala fue París donde pensaban pasar varias semanas.
Mientras paseaban por las calles de París, el primer día, decidieron cambiar algunos cheques de viajero e ir de compras. La señora Venkatamuni llevaba dentro de su bolso la cartera de cheques de viajero; o por lo menos lo creía hasta que la abrió y se encontró con que no los tenía.
Ambos pensaron que debían haberlos puesto en alguna maleta, así es que regresaron directo al hotel. Pero los cheques de viajero no estaban ni en su maleta ni en la de su esposo. Después de una concienzuda búsqueda, y repetidos rastreos por todas sus pertenencias, se hizo dolorosamente obvio que se había perdido la valiosa cartera. No tenían idea de dónde la habían perdido. La señora Venkatamuni la había visto por última vez, por lo que podía recordar, en su bolso algún tiempo antes de salir de Bombay. Era una situación muy embarazosa y desafortunada. Aquí estaban en una ciudad extranjera al comienzo de un viaje alrededor de¡ mundo con apenas suficiente efectivo para pagar su primera cuenta de hotel. Se sentaron deprimidos y desamparados en su habitación, preguntándose qué podrían hacer.
Lo que hicieron parecería absolutamente descabellado a cualquiera que no sea un íntimo devoto de Sal Baba. A éste la parecería la única cosa sensata que podían hacer. Con los pocos francos en e , fectivo que habían traído a Francia enviaron un cable a Baba pidiéndole su ayuda. Después de ello se sintieron mejor, sabiendo que vendría ayuda en alguna forma. Pero no esperaban lo que de hecho ocurrió.
Un día o dos más tarde salieron de nuevo a recorrer los comercios. La señora Venkatamuni decidió hacer una lista de las cosas que compraría cuando tuviera algún dinero. Abrió la cartera para sacar su lápiz y un cuaderno de notas y su corazón dio un gran salto. Allí, justo encima de todo, había una cartera de cheques de viajero. Resultaron ser los suyos. Era la cartera perdida o dejada en la India. El señor Venkatamuni me dijo que el bolso de su esposa era de tamaño mediano, y que ambos lo habían registrado a fondo varias veces y vaciado todo su contenido en la cama. No había, bajo esas circunstancias, ninguna posibilidad de que no hubieran visto la cartera si antes hubiera estado dentro del bolso. El señor Venkatamuni no tenía ninguna duda de que Baba había teletransportado la cartera desde donde se había perdido. Un milagro de los más útiles.
Enviaron otro cable desde París de agradecimiento. Al regresar de su agradable viaje alrededor del mundo, pudieron manifestarle á Baba lo agradecidos que estaban por su oportuna y suprahumana ayuda. El sólo sonrió, no dijo nada, y no le preguntaron los detalles.
Un ciudadano de Madrás muy conocido y distinguido que ha confirmado lo que otros han dicho acerca de la primera fase milagrosa de Baba es el señor V. Hanumantha Rao. Este hombre, ahora retirado, cuando conoció a Sai Baba en 1946 era Comisionado de Transportes en la Presidencia de Madrás (que entonces incluía parte del actual Estado de Andhra Pradesh).
Las relaciones entre Baba y este gran filántropo y su esposa son una historia conmovedora que envuelve otros aspectos, además de los primitivos milagros y bromas del travieso Sai. La contaré en otro capítulo. Pero aquí quiero mencionar una interesante anécdota que puede dar alguna luz sobre el modus operandi de por lo menos algunas de las técnicas de producción de fenómenos de Baba.
Tanto el señor como la señora Hanumantha Rao me han contado a menudo la maravillosa y celestial calidad de esos primeros años de Sai Baba cuando El solía ir con ellos en su automóvil, cómo cantaba bellas canciones y les decía que pidieran la comida que desearan o cualquier fruta que fuera de estación que se les antojara. Luego con algún gesto producía instantáneamente las cosas que había solicitado. Y cómo cuando venía a su casa era tan natural, espontáneo y alegre como un niño, y sin embargo parecía tener el poder de mandar con su voluntad a todas las fuerzas de los tres mundos.
Una vez, me contaron, el día del Natalicio del Señor Krishna, Baba caminaba sin rumbo, al parecer, por la casa de ellos en Madrás. De pronto se volvió hacia la señora Hanumantha Rao y dijo: "Hay unos devas (ángeles) que están esperando para darme una vasija de dulces".
Mientras ella lo estaba mirando, sin ver nada, El alzó ambas manos y tomó del aire, como si lo tomara de una persona invisible, una gran vasija de cristal tallado. La vasija pareció materializarse de regente. Baba se la entregó a la señora Hanumantha Rao. Estaba llena, como lo describieron, de "dulces de sabores divinos de muchas clases de los distintos lugares de la India".
Después de este incidente, Sathya pidió un delantal. Cuando se lo trajeron se lo puso y empezó a cantar canciones de cuna. Estaba haciendo el papel de una niñera cargando al niño Krishna, y arrullándolo para que se durmiera. Después, de entre los pliegues del delantal; tomó una estatuilla de Krishna de madera de sándalo tallada que con toda seguridad no había estado antes allí ni en ninguna otra parte de la casa.
El señor y la señora Hanumantha Rao, me mostraron cuando los visité, la vasija de cristal y la estatuilla de Krishna, dos tesoros traídos hace mucho tiempo a la casa del Comisionado de Transportes por algún misterioso método conocido sólo por el joven Sathya Sai. Pero de la mención que hizo, se podría deducir que El tiene seres de otro plano de existencia bajo su control para estos transportes.
La señora Nagamani Poumiya, que vive en Bangalore, es viuda de un Oficial Distrital de Transportes y madre de la popular novelista Kamala Taylor, casada con un inglés y que vive en Inglaterra. Nagamani conoció por primera vez a Sai Baba en 1945 y pasó muchos largos períodos en su ashram. La encontré siempre dispuesta a hablar de Baba y me ayudó a completar mi cuadro mental de los primeros años, confirmando los aspectos principales y añadiendo algunos nuevos al brillante tapiz de esos años.
Nagamani misma ha escrito un libro sobre Sai Baba, pero hay una o dos de sus experiencias que vale la pena repetir aquí. Muchos me han descripto la milagrosa producción de figurillas usualmente estatuillas de dioses hindúes u otros sacadas de las arenas por Sai Baba y yo mismo lo he visto hacerlo. Pero Nagamani me contó que en una ocasión cuando un grupo fue con Baba a las arenas del río Chitravati, ella vio figuras de dioses que salían de las arenas por sí mismas. Baba simplemente quitaba un poco de arena para despejar el tope de la cabeza, luego la figura empezaba a salir, como si estuviera impulsada desde abajo por algún poder oculto.
Primero, dijo, salió un figura de Shiva, luego su consorte, Parvathi, y luego un Iingam. A medida que cada una sobresalía unos centímetros de la arena, Baba la sacaba toda y la tiraba rápidamente a un lado. Esto porque las figuras eran de metal y estaban muy calientes, demasiado para sostenerlas por más de un segundo. Después de enfriarlas, las llevó al viejo Mandir para que se les hiciera puja (adoración ritualística).
Pero una de las más sorprendentes de sus muchas y fantásticas experiencias tuvo que ver con una operación quirúrgica realizada por Baba. Los devotos me han dado varias descripciones de tales operaciones, pero Nagamani reporta la primerísima de que tuviera noticia.
Un hombre y su mujer vinieron a Puttaparthi para quedarse. Nagamani observó que el hombre tenía un estómago bulboso, tremendamente hinchado. Pasaba el tiempo acostado, bien en su habitación cerca del viejo Mandir o fuera a cielo abierto. Oyó que no podía comer nada, ni siquiera tomar café. Esto le pareció "lo último" a Nagamani, a quien le gustaba el café. Fue a ver a Baba y le pidió que curara al hombre.
Pero los días pasaban y nada ocurría, así es que dijo de nuevo: "Por favor, Baba, haz algo por ese pobre hombre". Este sonrió y contestó: "¿Crees que esto es un hospital?"
Luego, una tarde, todos los devotos iban con Baba hacia las arenas del río. No era un grupo grande, y cada una de las mujeres decidió llevar algo de comida para hacer un picnic. Nagamani llevó el café. También dejó afuera, no lejos del Mandir, una olla de agua en una fogata de leña. Con esta agua caliente, dijo, ella esperaba lavarle los pies a Baba a su regreso del arenal.
En el lecho del río pasaron un rato maravilloso cantando canciones. Baba les contó bellas historias de los dioses, produciendo ocasionalmente algún objeto apropiado de la arena. Todo esto mantuvo sus espíritus a un alto nivel, de tal modo que cuando se acercaron tres leopardos salvajes para beber en el río no sintieron ningún miedo. Los leopardos parecían considerarlos como amigos y siguieron bebiendo sin perturbarse.
Cuando regresaron al Mandir, Nagamani fue para avivar el fuego y Baba desapareció en la habitación del enfermo. Después de un rato salió corriendo hacia el fuego, pidiéndole agua caliente para lavarse las manos. Ella miró y vio que su mano derecha estaba toda roja.
"¿Has estado pintando, o algo así?", le preguntó en broma.
"Es sangre", le contestó.
Luego mirando con más cuidado en la luz que se desvanecía vio que en la mano cubierta de sangre El llevaba algo que parecía "una bola de un color sucio, como si fuera una vieja hoja de banano". Esto lo tiró y luego se lavó la sangre de las manos en el agua que ella le dio. "Bueno", le dijo en son de broma, "has estado insistiendo que convierta este lugar en un hospital, así es que acabo de hacer la operación necesaria a ese hombre".
¿Estaba bromeando? Ella había visto la sangre y algo horrible que El había tirado. ¿Le había sacado algún tumor al hombre? Sai Baba, leyendo aparentemente las preguntas en su mente, le dio un rollo de algodón y le dijo: "Toma esto y ayuda a la esposa del hombre a ponerle un vendaje fresco".
Fue hasta la puerta pero permaneció afuera. Deseaba mucho ver qué había sucedido, pero tenía como miedo de entrar. En esto vino Baba y la llevó a la habitación. El hombre estaba todavía acostado, con su esposa sentada al lado. Baba entró y levantó la camisa del hombre para mostrarle la operación. No había ningún vendaje, sino una marca delgada en el estómago, como un corte que hubiera sanado, y el estómago ya no estaba hinchado. Tanto el hombre como su mujer miraban a Sai Baba en silencio, como si fuera Dios. No se dijo ni una palabra. Baba sacó a Nagamani de nuevo afuera, y finalmente le permitió que le lavara los pies.
A la mañana siguiente, ansiosa por saber qué había ocurrido, volvió para inquirir acerca de la salud del paciente. Este estaba sentado comiéndose un buen desayuno. Le dijo que Sai Baba había entrado en la habitación el día anterior y sacudiendo su mano, había producido del aire un cuchillo y otro instrumento. Luego produjo algo de ceniza y la frotó en la frente del enfermo. Esto parece haber actuado como un anestésico ya que el hombre perdió el conocimiento y no supo nada hasta terminada la operación, cuando Baba le dijo que todo estaba bien. La herida había estado un poco dolorosa, pero ahora, estaba completamente normal.
Nagamani quiso saber cómo había sanado tan rápidamente. La esposa le dijo que Baba había simplemente sostenido la herida y la había cerrado con sus dedos y que había sanado inmediatamente. Luego había untado algo de vibhuti en la herida, dejando sus manos allí un rato, asegurando al paciente que todo estaba bien, y se había ido.
Nagamani se dio cuenta de que las instrucciones de Baba en la noche anterior acerca de un vendaje eran simplemente con el fin de darle una excusa para ir a ver al paciente. Se sorprendió de que El se tomara la molestia de satisfacer su curiosidad, pero quizás fue porque ella se había preocupado por el enfermo. No sentía ningún asombro, sólo un temor reverencia¡, al descubrir este nuevo milagro. Nada de lo que hiciera Baba la sorprendía ya; cada cosa simplemente aumentaba su profundo amor por El.
Hay otros tipos y variedades de fenómenos en las crónicas de los primeros años, pero como yo realmente vi ejemplos de éstos con mis propios ojos durante los años 60, es mejor que describa mis experiencias personales.
CAPITULO VIII
CON BABA EN LAS MONTAÑAS
Vengan a Mí con las manos vacías y se las llenaré de dádivas y de Gracia.
SATHYA SAI BABA
Durante un invierno en Madrás, Sai Baba nos invitó a mi esposa y a mí a pasar el siguiente mes de junio con El en su retiro de verano en Whitefield, cerca de Bangalore. Nos llenamos de alegría con la perspectiva, pero habíamos aprendido para ese entonces que es mucho más sabio no tener ninguna expectación firme acerca de los futuros movimientos de Baba. Su presencia y su tiempo están en total demanda en todas partes y El va donde más se le necesita; o, en otras palabras, El hace lo que es más propicio para el adelanto de su misión. Por lo menos, ésa es la interpretación que dimos a los movimientos de Baba, aunque en realidad siguen una ley fuera de nuestra comprensión. Por ello nos dijimos que, a lo mejor, estaríamos un día o dos en Whitefield. En cuanto a pasar todo un mes en su presencia, estaba bien tener esperanzas, pero era presuntuoso contar con ello.
Todavía en ese estado mental, llegamos a Bangalore a comienzos de junio y nos quedamos una noche con un miembro de la Sociedad Teosófica. A la mañana siguiente, éste nos llevó en su automóvil a Whitefield, que se encuentra en unos terrenos altos más o menos a veinticinco kilómetros de la ciudad. En el camino nos explicó que Whitefield había surgido primero como una comunidad británica, pero que ahora quedaban muy pocos europeos. Nos encontramos con un lugar muy extenso con grandes casas de amplios y agradables jardines. Eventualmente, en un alto muro de ladrillos, encontramos una reja con el nombre "Brindavan" encima y un gurkha (soldado del ejército de Nepal) vestido de kaki, de guardia. Por el nombre supimos que era la residencia de Baba.
Cerca de la reja había una casa de la cual salió un hombre de aspecto benigno que resultó ser el senor M.S. Dixit. Nos instaló en una habitación de su casa, que en épocas anteriores, supuse, debe haber sido la casa del guardia, y nos dio la buena noticia de que Baba estaba en su residencia. No veíamos señal alguna de otra casa, y me pregunté dónde viviría Baba realmente.
Sin embargo, un poco más tarde en la mañana, el señor Dixit nos llevó por los boscosos jardines, entre tribus errantes de monos, y, por una escalera, a una terraza. Allí había un jardín estilo parque de setos y senderos cubiertos y una casa de buen tamaño donde encontramos a Sai Baba rodeado por un grupo de huéspedes residentes y con muchos visitantes de Bangalore que habían venido ese día.
"Swami" (Maestro), como la mayoría de sus devotos lo llaman, nos dio la bienvenida como una madre feliz de que sus hijos hayan llegado a casa. Nos ofreció la opción de mudarnos con El a la casa grande, en cuyo caso tendríamos que separarnos. Iris durmiendo con las mujeres de un lado de la casa y yo en el dormitorio de los hombres en el otro. O podíamos alojarnos con el señor Dixit y tomar nuestras comidas y pasar todo el tiempo que quisiéramos en la casa grande. Escogimos esto último.
Esa mañana observamos una "ceremonia del cordón sagrado" en el hall central de la residencia de Baba. El muchacho que recibía el cordón sagrado era el hijo del señor Jawa, propietario dé las fábricas de helados Joy. Los padres, la abuela y otros miembros de la familia, todos devotos de Baba, estaban presentes para la ceremonia y la sala estaba repleta de espectadores. Bajo la supervisión de Sal Baba, sacerdotes de Prashanti Nilayam llevaron a cabo el ritual. En el momento oportuno Baba entró al centro de la escena, sacudió su mano
de la ya bien conocida manera, y de aquel oculto nicho en el espacio que El a veces llama "los Almacenes Sal", produjo el cordón necesario para colocarlo alrededor del cuello del muchacho.
Después de la ceremonia se celebró un banquete en la amplia veranda. Estábamos sentados con las piernas cruzadas en el piso en dos largas filas, comiendo manjares indios, de platos hechos de hojas
de banano, mientras un sirviente, con un palo, mantenía alejados a los monos. Swami iba por todas partes asegurándose de que todos sus huéspedes estuvieran contentos. En esta ocasión festiva los hombres y las mujeres comían juntos, pero normalmente en Brindavan u
san el comedor separadamente; Baba a veces come con los hombres y a veces visita a las damas para hablar con ellas durante su comida.
Sai Baba sabe que de nada le serviría hacer propaganda. Aun sin el beneficio de la propaganda, las multitudes tienden a impedir sus movimientos. Así es que mi esposa y yo nos sentimos honrados cuando nos confió calladamente que El iba a llevar a un pequeño grupo para pasar unas dos semanas con El en los Montes Horsley, a 144 kilómetros al norte de Bangalore y nos alegramos mucho de saber que íbamos a ser incluidos en el grupo. Todos los arreglos habían sido hechos por uno de sus devotos, el señor T.A. Ramanatha Reddy, el Ingeniero Superintendente de Carreteras y Edificios de la gran área que incluía a los Montes Horsley. Debíamos estar listos para irnos, dijo Swami, dentro de dos días. Esto lo interpretamos como información confidencial.
Como nos habíamos preparado para estar lejos de la sede (de la Sociedad Teosófica) en Adyar durante todo el verano en distintos climas, teníamos buena cantidad de equipaje con nosotros. Por ello empezamos a planificar lo que íbamos a llevar y !o que dejaríamos almacenado en Brindavan. Habíamos tenido suerte de que Swami nos avisara con bastante anticipación. Si alguien más en Brindavan sabía de la inminente salida, no decía nada y nosotros tampoco dijimos nada a nadie.
Nos enorgullecíamos de haber aprendido a guardar un secreto, pero aún teníamos que aprender una importante lección. Como Yama, el dios de la muerte, Baba puede a veces darle una advertencia a uno, pero uno no puede nunca saber el momento exacto en que va a ver su dedo señalador. A la mañana siguiente fuimos despertados alrededor de las seis por una severa voz que decía: "¡Qué! ¿No están listos todavía? ¡Swami sale dentro de cinco minutos!"
Era una situación terrible; nuestras cosas estaban dispersas por todas partes. No nos habíamos ni bañado ni vestido ni habíamos tomado nuestra taza de té, y mucho menos empacado. Y Baba estaba esperando para llevarnos por dos semanas. ¿Cuánto tiempo esperaría? ¿Iría sin nosotros? Tambaleamos ciegamente en todas direcciones tratando de pensar y echar algunas cosas en las maletas.
La severa voz de! devoto en la ventana convino en darnos un cuarto de hora. Pero aun esto presentaba una imposibilidad. Cuando salimos más o menos media hora después con nuestras cajas y valijas, se nos dijo que Swam¡ se había ido. Nos descorazonamos, pero !a situación no era tan grave como parecía; había ido adelante en un automóvil, pero había dejado otro para nosotros. En éste encontramos a otros felices devotos en ruta para la estación de montaña, inclusive al señor Ramanatha Reddy quien sería nuestro guía.
En una selva, a pocos kilómetros de camino, nos alegramos de ver el automóvil blanco de Baba esperando al lado de la carretera y su roja figura y un pequeño grupo de hombres de pie al sol matutino.
Nos echó bromas por tomar tanto tiempo, se sorprendió al ver nuestra cantidad de equipaje, luego llevó a todo el grupo entre los fragantes árboles para un picnic desayuno.
Después se redistribuyeron los pasajeros y tuve el privilegio de hacer mi primer viaje junto al gran hombre. Raja Reddy, quizás el
discípulo más íntimo de Baba en esa época, manejaba e! automóvil, dos jóvenes estaban sentados atrás con Baba, y Ramanatha Reddy y yo estábamos adelante con el chofer. Caminamos por tierras yermas y vacías pasando ocasionalmente por un pueblo o villa repletos de gente como hormigas en el azúcar. Luego empezaron a orlarse contra el cielo unas montañas rocosas color pizarra. La última ciudad que pasamos fue Madanapalle, lugar de nacimiento de J. Krishnamurthi. Poco antes de empezar a subir los empinados Montes Horsley pasamos en la carretera un letrero que indicaba el Valle de Rishi donde está ubicada la famosa escuela dirigida por los seguidores de Krishnamurthi.
En la cresta de las montañas, a más o menos 1.400 metros sobre el nivel dei mar. llegamos a la blanca Circuit House, nuestro destino. No es muy grande pero tiene las comodidades de un hotel de primera ciase, ya que sirve primordialmente de casa de huéspedes para ministros dei gobierno e importantes visitantes oficiales. Nuestro anfitrión, el señor Ramanatha Reddy, había logrado obtenerla para el que él consideraba el más importante de los más importantes, Sathya Sai Baba, y el grupo que éste quisiera traer consigo.
Además del anfitrión y de mí había cuatro hombres en el grupo: el señor Sitaramiah, el señor V. Raja Reddy y dos jóvenes; y había media docena de damas, inclusive tres princesas indias. Como éramos el único matrimonio en el grupo, a Iris y a mí nos asignaron una suite. Estaba a sólo dos puertas de !a de Baba, y abría sobre un amplio balcón desde el cual teníamos una maravillosa vista del paisaje.
Las llanuras eran como una alfombra parda y verde, con colinas aisladas como bloques de juguetes tirados al descuido y los numerosos estanques de agua brillaban como pedazos de espejo caídos sobre la gigantesca alfombra. Estábamos viviendo en el cielo en más de un sentido. Aquí, pensamos, podremos tener a Baba para nosotros, sólo un pequeño grupo de nosotros. Por fin las ubicuas multitudes habían quedado atrás. Podríamos vivir íntimamente con este ser suprahumano desde la mañana hasta la noche. Podríamos ver cómo es su vida y disfrutar plenamente de sus maravillas.
Por más temprano que nos levantáramos en las frescas mañanas siempre encontrábamos que Baba ya estaba levantado, usualmente sentadó escribiendo cerca de su puerta abierta; El mismo contesta su, enorme correspondencia, además de escribir artículos para su revista del ashram, Sanathana Sarathi ("El Eterno Conductor").
A veces durante la mañana, después de desayunar con nosotros, nos reunía a todos en alguna habitación para una charla espiritual. Esta a menudo se daba como narraciones de¡ Ramayana, de¡ Mahabharata, o de¡ Srimad Bhagavata. Interpretando las historias, Baba revelaba con extrema claridad la profunda sabiduría de¡ Bhaktl Yoga (Yoga de la devoción).
Después de una caminata por los jardines, seguida de¡ almuerzo y una siesta, venía el té de la tarde en el salón. La primera dificultad aquí era persuadir a las damas indias para que se sentaran en las sillas, pues consideraban incorrecto estar al mismo nivel que su Swami. Y algunas hasta el final insistieron en sentarse a sus pies en la alfombra, dejando las sillas vacías. Pero cuando Baba había logrado que la mayoría se sentara en las sillas, aunque tiesos e incómodos, El usualmente comenzaba con algún tema cómico haciéndonos reír a todos. Sin embargo, esos temas siempre tenían algunos consejos e implicaciones acerca de la ética de¡ correcto vivir.
En las tardes, el grupo frecuentemente iba de paseo en automóvil, seguido quizás de una caminata, si el tiempo lo permitía, y si no había otro iluminador discurso de Baba. En una ocasión visitamos todos un pueblo alejado de las grandes carreteras, maravilloso e increíblemente silencioso. Aquí en la casa de algunos devotos de Baba, nos agasajaron con una cena mientras el resto de¡ pueblo se apiñaba en el patio para ver y recibir la bendición de¡ Avatar.
Pero a los pocos días otro elemento comenzó a perturbar el tono sosegado de nuestro idilio en los Montes Horsley. Aun en este remoto lugar las multitudes empezaron a reunirse. De algún modo corrió la noticia de que Sai Baba estaba en el área y la gente venía desde lejos y desde los alrededores, en automóvil, en autobús o a pie. Antes de¡ desayuno ya aparecían los primeros, y luego durante todo el día, la multitud permanecía en los jardines mirando al balcón, esperando la bendición, una mirada o una señal de Sai Baba.
Y El nunca los decepcionaba. A menudo salía al balcón, mirándolos con amorosa compasión y levantaba su mano en un característico gesto de elevación y bendición. A veces El bajaba y caminaba entre los visitantes, hablando con ellos y produciendo vibhuti u otra cosa para ayudar a los enfermos a solucionar problemas. Si algún grupo de pobres había venido desde lejos a pie, El les daba a todos dinero para que pudieran regresar en autobús. Todas las tardes hacía entrar a todos los que allí estaban en el gran salón y corredor de¡ frente de la casa, y durante media hora o más los dirigía a ellos y a nosotros en bellos cantos de bhajan.
Intercalados entre todas estas actividades diarias estaban los milagros de los fenómenos físicos, varios cada día. He aquí algunos de los más extraordinarios.
Una tarde, poco después de nuestra llegada, salimos todos a dar un paseo y, dejando los vehículos, caminamos por una rocosa altura en la montaña. Baba varias veces recogió pedazos de roca, jugaba con ellos un rato, para luego tirarlos. Finalmente, cuando íbamos de regreso, guardó una piedra del tamaño de un pulso y la llevó de vuelta a Circuit House.
Llegando allí, nos llevó a una de las suites y se sentó en la alfombra y nos sentamos en semicírculo a su alrededor. Empezó a hablar en tono de conversación sobre temas corrientes, lanzando a veces el pedazo de roca a un metro de altura en el aire y dejándolo caer al piso. De pronto lo tiró hacia mí, preguntando:
“¿Podrías tú comerte esto?"
Examiné la roca con cuidado. Era granito duro, veteado y de color pálido. Tuve que admitir que era incomible y se lo devolví haciéndolo rodar por la alfombra. Baba no estaba a más de dos metros de mí.
Tomó la piedra y, hablando normalmente, la tiró de nuevo al aire, mientras una docena de ojos observaban expectantes. Sentí que algo extraño iba a suceder y no perdía la piedra de vista. Ahora mirándola en la alfombra podía ver que había habido un leve cambio en su opariencia. Aunque tenía exactamente el mismo tamaño y forma, y las mismas vetas, su color era un poco más claro que antes.
Swami la hizo rodar de nuevo hacía mí por la alfombra. "¿Puedes comerla ahora?", preguntó. Para asombro y alegría mía ya no era una roca sino azúcar candi. Baba lo rompió en pedazos, dándonos a cada uno una porción para comerla. Era dulce y delicioso como debe serlo el azúcar candi. ¿Es esto una ilusión?, me preguntaba, ¿estarnos todos hipnotizados? Por ello puse un pedazo en mi bolsillo. Todavía lo tengo y sigue siendo azúcar candi.
Pensé en la canción popular sobre `The Big Rock Candy Mountains" (Las Grandes Montañas de Azúcar Candi) y en broma le dije: "Quisiera que cambiaras toda la montaña en azúcar candi o chocolate". Baba pareció tomar esto muy en serio o como una especie de reto. Replicó solemnemente que no sería correcto interferir demasiado en la Naturaleza.
Luego me di cuenta de que mi broma había sido bastante superficial. Si el poder de la voluntad, o cualquier poder que fuere, puede transmutar un pequeño pedazo de roca ígnea en una sustancia completamente diferente, ¿por qué no un pedazo grande? ¿Y por qué no cambiarlo por cualquier otra sustancia? ¿En oro, por ejemplo? Es por esto por lo que es tan importante que el hombre que entiende y puede emplear las leyes ocultas de la Naturaleza esté por encima de la Naturaleza; esté más allá de los deseos humanos normales como el poder y el provecho material. De otro modo, ¿qué no ocurriría?
Escribiendo sobre este tema a finales del siglo diecinueve, cuando apareció a los ojos del público una buena cantidad de "fenómenos físicos", A.P. Sinnett dijol: "Basta con decir que estos poderes son tales que no pueden ser sino peligrosos para la sociedad en general, y pueden provocar toda clase de crímenes que desafiarían totalmente la detección, si fueran poseídos por personas capaces de considerarlos como otra cosa que no sea un depósito profundamente sagrado". Sigue diciendo que estos poderes en manos de personas dispuestas a usarlos meramente para fines egoístas e inescrupulosos producen desastres como se dice que ocurrió con los Atlantes.
Hoy en nuestro mundo de ciencia exotérica hemos aprendido el secreto, y tenemos el poder de desintegrar la materia en energía atómica, y esto es una constante amenaza para la existencia misma de la humanidad en esta tierra. También hemos aprendido a trasmutar metales básicos en oro aunque el proceso es demasiado costoso para causar perturbaciones económicas y sociales.
Una ley de protección en ocultismo es que el adelanto moral y espiritual debe ir a la par con el crecimiento del intelecto y la adquisición del conocimiento de los secretos más profundos de la Naturaleza. Si se viola esta ley surge inevitablemente una situación peligrosa.
Una brillante mariana estaba caminando con Swami y los dos jóvenes en los jardines de Circuit House. Baba llevaba una túnica color ocre que caía como un cilindro liso desde los hombros hasta el piso. Como Iris había planchado algunas de sus túnicas hacía dos días, yo sabía con toda seguridad que no contenían ni bolsillos ni lugares donde se pudiera esconder algo. Sus mangas eran rectas y holgadas, sin r revés. No llevaba nada en las manos.
Uno de los jóvenes debía regresar a Bombay al día siguiente y quería tomar unas fotos de Swami, por esto éste posó para varias fotos. Ocasionalmente, mientras caminábamos y hablábamos, El se detenía para recoger una baya o un botón de flor de algún arbusto. Los examinaba con la concentración y reflexión de un botánico: luego, después de un rato los tiraba como si no sirvieran para el fin que se proponía. Finalmente tomó un pequelio botón de un arbusto, lo examinó, pareció satisfecho, y me lo dio, diciendo: "Guárdalo".
Poco después regresamos por las escaleras de la entrada del frente. Baba no siguió para su suite, sino que entró derecho a la nuestra. Se sentó en un sillón mientras los jóvenes, mi esposa y yo nos reuníamos alrededor de El en la alfombra.
Swami me pidió el botón que me había dado. Yo se lo di, y El lo sostuvo en sus dedos por un tiempo, hablando de él.
¿Qué flor es ésta?", preguntó.
Confesamos nuestra ignorancia: Sugirió que podría ser un botón de rosa y coincidimos.
Luego, mirándome preguntó: "En qué quieres que lo convierta?"
1 Esoteric Buddhism, por A.P. Sinnett (ahora agotado).
No tenía idea de qué decir, así es que contesté: "En lo que tú quieras, Swami".
Lo sostuvo en la palma de su mano derecha, cerró el puño y sopló en él. Luego me pidió que extendiera la mano. Aspiré el aire de asombro y mi esposa dio un grito de deleite al ver que de la mano taumatúrgica que había tenido el botón de la flor, caía en mi mano un rutilante diamante de brillante corte. Era del mismo tamaño que el botón de la flor, que había desaparecido.
Baba cortésmente me regaló este bello y asombroso producto de la magia trasmutadora. Todavía lo tengo.
Estábamos sentados en el piso alrededor de Baba, esperando un discurso matutino, quizás una de esas maravillosas historias de la mitología ' ' que conducen la mente hacia las verdades más profundas d la vida. Sin embargo, acates de hablar, El nos mostró una hoja verde escribió en ella con la uña. Luego me dio la hoja a mí, pero no podía entender nada de la escritura, que, dijo El, era un mantra (fórmula mística) en sánscrito.
Luego pidió un libro, y una de las damas que ocupaban la suite le dio su gramática de telugu. Colocando la hoja entre las páginas, El cerró el libro y golpeó la cubierta varias veces. Luego lo abrió y sacó la hoja. Lo escrito seguía allí todavía, pero en vez de estar verde y fresca como lo había estado hacía un instante, era marrón y tan seca que fácilmente se hizo polvo.
Baba dejó el libro en la alfombra y, después de hablar un rato, salió de la habitación. Bueno, pensé yo, este milagro no convencería a un escéptico; la hoja seca podía haber sido "colocada de algún modo en el libro con anticipación. Tomé el libro y busqué entre sus páginas la hoja verde que faltaba, pero no pude encontrar nada.
¿Por qué estoy dudando, me pregunté, cuando lo he visto hacer tantas cosas igualmente increíbles e inexplicables? Sai Baba de algún modo había secado esta hoja, como Aquel Otro que estaba por encima de la Naturaleza había secado un árbol hacía dos mil años. Era como si, para la hoja, se hubieran esfumado muchos meses de verano en ese momento mágico en que Baba golpeó el libro.
En los planos sutiles del ser que interpenetran nuestro plano físico, de existencia, puede muy bien haber clases de entidades para las cuales nuestro espacio físico no existe realmente: nuestro "aquí y "allá" serían uno solo para ellas. La sabiduría antigua enseña que hay seres semejantes. También enseria que un objeto físico puede ser desintegrado hasta una sustancia o "sistema de energía" más sutil, que puede ser movido por algún medio a una velocidad cercana ata de la luz y reintegrado para formar de nuevo el objeto. original. Este es el principio general que se esconde detrás de los fenómenos conocidos como aportes; o sea, en la medida en que esto se pueda entender.
En Horsley Hills, Sai Baba produjo un ejemplo particularmente asombroso de esa telequinesia. Una noche un grupo de nosotros estaba sentado en la affombra en su suite; Ramanatha Reddy, el doctor, los jóvenes, Iris y Yo. Swami me preguntó mi afeo de nacimiento, y al responderle, me dijo que me traería de América una moneda acuñada allí en ese mismo año.
Delante de nosotros, empezó a hacer girar su mano en el aire, con la palma hacia abajo, haciendo quizás media docena de círculos, mientras decía: "¡Ya viene..., ya viene... aquí está!"
Luego cerró su mano y la sostuvo delante de mí, sonriendo como si disfrutara ante mi ansiosa expectación. Cuando la moneda cayó de su mano a la mía, noté primero que era pesada y dorada. Al examinarla cuidadosamente encontré, para delicia mía, que era una legítima moneda de diez dólares americanos, con el alío de mi nacimiento estampado debajo del perfil de la Estatua de la Libertad.
"Nacida el mismo año que tú", sonrió Swami.
¿Qué dirían los escépticos de esto?, me preguntaba. ¿Sugerirían que Baba llevaba consigo a todas partes un surtido de monedas para que pudiera tener una que correspondiera a mi año de nacimiento. Estas viejas monedas americanas, hace mucho tiempo quedaron fuera de circulación, no serían fáciles de obtener para El en la India a través de los canales normales.
No tengo ninguna duda de que éste era uno de los muchos genuinos aportes de Baba. Mientras El hacía girar su mano delante de nosotros, algún poder dominado por su voluntad desmaterializaba esta moneda de oro en algún lugar, la traía a una velocidad que anulaba el espacio, y la rematerializaba en la mano de Sai Baba.
¿De dónde vino? ¡Quién sabe! Baba nunca quiso decirlo; quizás de algún tesoro escondido, perdido y olvidado y que ahora no pertenecía a ningún ser viviente.
Aunque yo había llegado a saber a través de la experiencia directa que Sal Baba no era un impostor y que sus milagros eran genuinos, no podía dejar de pensar que el uso de arena como medio de producción era algo que daba alimento al escéptico. Claro que varios de sus seguidores me habían dicho que en realidad todo lo que había producido de la arena lo había también producido en otras oportunidades sin ella, o sea, del aire.
Aun así, un investigador objetivo de lo psíquico, oyendo las historias de las maravillas en la arena, de seguro preguntará: ¿Fueron los objetos "colocados" previamente en la arena? ¿O los coloca Baba con algún veloz juego de mano justo antes de sacarlos? De hecho, a cualquiera que no haya nunca visto los milagros por sí mismo o que no haya sentido la presencia espiritualmente elevadora de Sal Baba, las "producciones de arena" debían dejarle mayores interrogantes en la mente que las "otras producciones".
Pero esto era porque esos eventos todavía no me habían sido reportados plenamente y a fondo por un observador cuidadoso. Más adelante, mis propias y cuidadosas observaciones de los milagros de la arena me fueron confirmados por varios prominentes científicos de la India; pero eso es adelantarme a los acontecimientos.
El primer punto que quiero aclarar acerca de mi experiencia de las."producciones de la arena" de Baba en los Montes Horsley es que en el viaje desde Circuit House hasta el lugar de los milagros yo estaba sentada la parte delantera del automóvil con Sai Baba y Raja Reddy, ien manejaba. Baba no llevaba nada en sus manos, y tenía puesta su acostumbrada túnica; ninguno de los objetos que fueron producidos después podían haber estado escondidos en su persona.
A unos cuantos kilómetros de Circuit House, el automóvil y los otros vehículos que lo seguían, pararon al borde de la carretera. Todos nos apeamos y fuimos a un montón de arena que había sido vista desde la carretera en un viaje anterior.
Baba les pidió a los jóvenes del grupo que le hicieran una plataforma de arena, y éstos, rastreando y empujando la arena con sus manos, formaron un estrado plano de más o menos treinta centímetros de altura y de algo más de un metro cuadrado de superficie. Baba se sentó con las piernas cruzadas en el medio de ese, estrado y el resto del grupo se reunió en un semicírculo a su alrededor. Yo estaba en la primera fila de los espectadores, precisamente en e¡ borde de la plataforma de arena. Pensé que si algún objeto había sido enterrado previamente allí, cerca de donde Baba estaba sentado, El tendría que cavar más de treinta centímetros a través de la arena recién apilada para poder alcanzarlo.
Empezó como de costumbre con un discurso espiritual que, aparentemente, tiene siempre el efecto de armonizar y purificar la atmósfera psíquica alrededor. Quizás sea esto una preparación necesaria para los milagros. Luego con su dedo índice, hizo un dibujo en la superficie de la arena justamente delante de El, y me preguntó qué era. Desde donde estaba sentado parecía como una figura humana, y así se lo dije.
Riendo, y con la expresión de un niño feliz que juega en una playa, juntó un poco de arena para formar un pequeño montículo encima del dibujo, de más o menos quince centímetros de altura. Siempre con un ,aire de feliz expectación, metió los dedos en el tope del montículo hundiéndolo más o menos tres centímetros, y sacó por la cabeza, una brillante figura plateada. Era una estatuilla del dios Vishnú, demás o menos diez centímetros de altura. La levantó para que todos la viéramos, luego la colocó a un lado, alisó el montículo delante de El para aplanarlo de nuevo, y empezó nuevamente a hablar de temas espirituales.
Poco después hizo otro dibujo en la arena en el mismo lugar que antes. De nuevo le amontonó arena encima, esta vez aplanando el tope. De nuevo con una alegre risa tocó con sus dedos en el tope del montículo y quitó un poco de arena; a menos de una pulgada debajo de la arena había una fotografía. La sacó, sacudió los granos amarillos, y la sostuvo para que todos la viéramos. Era una brillante fotografía en blanco y negro, de veinticinco centímetros de altura.
La pasó para que algunos la viéramos de cerca, y luego pude examinarla detenidamente al regreso a nuestras habitaciones. Era una fotografía de los dioses y avatares hindúes, de pie en dos filas formando una punta de flecha dirigida hacia el frente, con el Señor Krishna en primer plano en la punta. Se podían ver las cabezas de Sathya Sai Baba y Shirdi Baba como pequeños recuadros en el cuerpo de Krishna. Esta fotografía, pensé, no ha sido producida en ningún estudio terrenal. Baba se la dio después a los senores T.A. Ramanatha Reddy, nuestros anfitriones. Durante algunos días estuvo, junto con la estatua de Vishnú sacada de la arena, en una mesa en el comedor del Circuit House.
Otros objetos producidos de la misma manera de la arena fueron dados a varias personas presentes. Hubo, por ejemplo, un japamala (rosario) para el señor Niak, el Recaudador del Distrito del Kolar, y un pendiente que fue dado a un agente fiscal.
Pero hubo una suprema producción de aquel montón de arena de la cual todos tuvimos una porción. Baba trazó una silueta, que desde donde yo estaba sentado podía ver era un tipo de pequeño recipiente. Luego, con su manera acostumbrada, tomó la arena del tope con sus manos abiertas para hacer un pequeño montón encima del dibujo. Esperando un momento con una dulce sonrisa, metió la mano en el tope del montículo y sacó un recipiente color plata. Era de forma circular con un cuello y una tapa que se atornillaba. Haciendo una estimación, la esfera de su copa podía tener más o menos seis centímetros de diámetro.
Sai Baba desatornilló la tapa y un maravilloso perfume llenó el aire. Poniendo el recipiente a un lado, llevó a cabo el mismo proceso de dibujo y montículo. Esta vez el producto fue una cucharilla dorada del tamaño de una cucharita de té. Con ésta removió el contenido del frasco y, poniéndose de pie, empezó a darle un poco a cada uno de sus espectadores.
Como los demás, abrí la boca mientras Baba me vertía una cucharada en la lengua. La palabra que me vino a la mente fue "ambrosía"; sugería una mezcla de las esencias de los más divinos frutos, los arquetipos divinos de las más deliciosas frutas de la tierra. El sabor es absolutamente indescriptible; tiene que ser experimentado.
Los devotos llaman amrita a este glorioso néctar, lo cual tiene más o menos el mismo significado que ambrosía, el alimento de los Inmortales. Varios devotos, inclusive algunos occidentales corno Nirmalananda y Gabriela, me habían contado que lo habían visto producir en raras ocasiones de la arena, y todos trataron en vano de describir su exquisito sabor y aroma. Otros, inclusive el doctor Sitaramiah, han visto a Baba~d~ciendo amrlta apretando su propia mano, o de otras maneras. Pero hacía tres anos que nadie había visto la manifestación de amrita, y le estoy muy agradecido a Baba de que nos diera a mi esposa y a mí esta experiencia personal de un milagro profundamente emocionante y conmovedor. Fue presenciado en esa ocasión en Horsley Hills por más o menos cuarenta y cinco hombres y más de una docena de mujeres. Baba pasaba dándoles un poco a todos excepto a las damas que habían quedado en Circuit House. Hubo bastante amrita para que cada uno tuviera una cucharada y el frasco no se vació.
Baba me lo dio para que lo llevara de regreso. Me sentí muy honrado y lo sostenía cuidadosamente en mi mano mientras íbamos subiendo por las cerradas curvas de la Montana. Todavía había granos de arena pegados en los disenos esculpidos en el metal plateado, que, me dijeron, era la aleación sagrada, el panchaloha (aleación de oro, plata y otros metales). En el balcón de Circuit House le devolví el frasco a Baba e inmediatamente fue a darles un poco a cada una de las damas que todavía no habían probado el "alimento de los dioses".
Después me he preguntado a menudo qué había pasado con el pequeño frasco pero más o menos un ano más tarde un devoto de Bombay me dijo que había visitado a Baba en Horsley Hills un día o dos después del evento y que Baba le había dado el recipiente de panchaloha. Todavía tenía un poco de amrita que disfrutaron él y su familia, y el frasco milagroso ocupa ahora un lugar de honor en su casa.
He aquí las respuestas a las dos preguntas de mi investigador psíquico interno. Primero, los objetos no podían haber estado escondidos previamente en el montón de arena listos para que Baba los sacara, porque salieron del tope de un montículo, hecho delante de nuestros ojos en el tope de una plataforma de arena de treinta centímetros, hecha también mientras observábamos. Segundo, aun si Baba hubiera llevado los objetos al montón de arena esa noche sin que yo los hubiera visto, lo que era absolutamente imposible, no podía ni con la más experta prestidigitación haber deslizado artículos tales como una brillante estatuilla, una gran fotografía, un voluminoso rosario y un brillante frasco de néctar dentro de la arena debajo de nuestras narices sin que nos hubiéramos dado cuenta de ello. Si lo logró, es superior al más experto de los conjuradores y debería estar haciendo fortuna y fama en las tablas.
Además de la milagrosa producción de esos objetos está el extraño misterio del amrita mismo, su calidad ambrosiaca de otro mundo, su poder (demostrado en varias ocasiones) de aumentar en cantidad para cumplir con las necesidades de las multitudes que se encuentren presentes. ¿Cuál es, me preguntaba, su significación real? Decidí preguntarle esto a Sai Baba en la primera oportunidad.
CAPITULO IX
REGRESO A BRINDAVAN
Sin que yo lo supiera, mi rey, tú imprimiste la señal de la eternidad en muchos momentos fugaces.
RABINDRANATH TAGORE
En una reunión del grupo al día siguiente a la producción del amrita, le pregunté a Swami su significado interno. El relató el mito hindú acerca de su creación, que es, brevemente, como sigue:
Una vez, en remotos días, un gran rishi (sabio) maldijo a Indra, rey de los dioses inferiores (algunos rishis aparentemente tenían esos tremendos poderes). Debido a esto los dioses y los tres mundos empezaron a perder su vigor. Vishnú, El Preservador, integrante de la Trinidad que forma la Suprema Divinidad hindú, y, por lo tanto, más elevado que Indra, ofreció a los dioses una solución. Les dijo que para salvarse debían batir un océano de leche hasta que de ella produjeran el vigorizante elixir llamado amrita. Este néctar vencería la debilitante maldición del rishi y renovaría la fuerza de los dioses y, en consecuencia, la de los tres mundos que ellos dominaban.
Para la operación del batido, Vishnú les dijo, podían emplear el Monte Mandara como palo y a la gran serpiente Vasuki como cuerda para hacer girar el palo. También, dijo, los dioses deben hacer una alianza con los demonios y persuadirlos de que tiren de un extremo de la cuerda (la serpiente) mientras ellos, los dioses, tiran de la otra. De esta manera, la serpiente Vasuki podía hacer girar al Monte Mandara, al igual que se le da vuelta al palo en una antigua mantequera india.
Muchas dificultades surgieron en la gran operación del batido. Por, un lado, la pobre serpiente fue bastante maltratada y el veneno salió de su boca en un gran río que amenazaba destruir a todas las criaturas. Para salvar la situación, Shiva, otro miembro de la Alta Trinidad, apareció y bebió el veneno. El único daño que sufrió fue una leve quemadura en la garganta, que le causó una mancha azul allí; y es por esto por lo que Shiva también se conoce como "Nilakanta", lo que significa "garganta azul".
Eventualmente, sin embargo, el batido produjo buenos resultados, y muchas cosas maravillosas salieron del océano de leche como productos del mismo. Finalmente apareció el producto principal: Dhavantari, el médico de los dioses, e incidentalmente el inventor del sistema ayurvédico de medicina que todavía se practica en la India, salió del océano. En su mano llevaba la brillante copa de amrita, el elixir de la juventud y vigor eternos.
Inmediatamente los rápidos demonios arrebataron la copa de su mano y huyeron, pero para ayudar a los dioses, Vishnú se apareció entre los demonios bajo la forma de una seductora mujer. Entonces, olvidando el precioso licor de la inmortalidad, éstos empezaron a pelear entre sí por la posesión de la mujer. Durante el conflicto Vishnú recuperó la copa de amrita y se la llevó a los desconsolados dioses. Bebieron con ansia, cada uno recibiendo su parte antes de que se vaciara la copa. Así recobraron su fuerza inmortal, y liberaron nuevo poder y vigor hacia los mundos de los dioses y de los hombres.
Baba entonces habló del significado simbólico de la historia. La crema de la verdad, sabiduría e inmortalidad, simbolizada por el amffta, debe ser batida del gran océano cósmico, el universo fenoménico en el cual vivimos y nos movemos. Como este universo está basado y debe siempre operar sobre el principio de los opuestos, las fuerzas del mal (los demonios) son tan necesarias como las del bien (los dioses) para el batido, o sea, para la continua lucha en las vidas de los hombres. Pero, desgraciadamente, la mayoría de los hombres son como los demonios: olvidan el producto sin precio, la inmortalidad, en su caza tras los placeres transitorios de los sentidos, simbolizados por la ilusión de una seductora mujer.
"Una vez que anrita, o sea la falsedad, entra en el carácter", dijo Sai Baba, "los hombres pierden el contacto con el amrita. El que es falso, temeroso de la verdad, ciego a su propia gloriosa herencia de inmortalidad, muere muchas muertes°. Así, explicó, cuando las personas caen presas del orgullo, del apego, de la irrealidad, sus pensamientos y sentimientos deben ser batidos para sacar la crema de la verdad espiritual. Los grupos en los dos extremos de la cuerda de batir son siempre las "influencias que llevan hacia adelante y las influencias que tiran hacia atrás" los dioses y los demonios o, visto de otro modo, las fuerzas divinas y animales dentro de nosotros.
Después de casi doce días en las "olímpicas alturas" de Horsley regresamos a Whitefield, ' E"ste viaje, Iris y yo tuvimos el honor y la dicha de estar con Swami en el coche delantero: Durante kilómetros a lo largo del camino Baba dirigía el grupo cantando cantos de alabanza a Dios, la mayoría de ellos compuestos por El. Eran algunos de tos cantos usados a diario en las sesiones de bhajan en el ashram, o en cualquier otra parte donde se encuentra Sai Baba.
Como estábamos entrando en un pueblo, por el camino nos pasaron dos autobuses llenos de gente que reconocieron a Baba. Pararon en la calle del pueblo, más adelante, salieron corriendo y formaron una barricada humana. Mi instinto hubiera sido tocar fuertemente la bocina y forzar un camino a través de lo que parecía gente embravecida. Pero Swami no parece nunca sentir alarma o molestia alguna con las multitudes que a menudo lo rodean. Las únicas reacciones que he visto en El son de amor y comprensión, aunque a veces la gente pierde todo freno en su deseo de acercarse a El y tocarlo. En esta oportunidad, El dijo al chofer que parara, luego abriendo su ventana, se inclinó y dio su bendición. A medida que la multitud, ahora sonriendo feliz, se abría delante de nosotros, pasamos lentamente, mientras Baba saludaba y hablaba a la gente a uno y otro lado. Era como viajar con un personaje real, sólo que mucho más que eso. En las caras de estos campesinos había un resplandor que casi le hacían salir las lágrimas a uno.
En Brindavan, Swami decidió que nosotros dos debíamos quedarnos con El en la casa grande, pero no estilo dormitorio ya que los visitantes eran menos numerosos que antes. Nos dio una habitación y un baño para nosotros solos. Ahí vimos unas nuevas facetas de su carácter.
Antes de que nos mudáramos, llamó a algunos de los jóvenes que están siempre felices de poder servirlo, y los puso a trabajar limpiando la habitación a fondo y volviendo a arreglar los muebles. Nunca he visto a ningunos indios moverse tan rápidamente o trabajar tan eficientemente como lo hicieron bajo la supervisión de Swami. No quiso que mi esposa ni yo moviéramos un dedo para ayudar, pero El sí metió la mano en el trabajo. De alguna parte trajo atractivas alfombras, cortinas y colgaduras. Finalmente nos instaló, disculpándose de que la habitación no fuese más cómoda. Pero nos gustó mucho. Y no pudimos menos que admirar a Swami en su nuevo papel de supervisor de obras y decorador. Lo que El hace, al nivel que sea, está supremamente bien hecho.
Una cosa que nos gustó de esa habitación era que Baba a menudo entraba casualmente, sin anunciarse; se sentaba un rato y nos ha= blaba, respondiendo a cualquier pregunta en nuestras mentes, o inquiriendo cómo funcionaban nuestros estómagos con las picantes comidas indias que se servían en el comedor. La comida estaba en realidad bien provista de ají, así es que encontramos aconsejable evitar algunas de ellas comiendo frutas en nuestra habitación.
En una ocasión pedimos unas tajadas de pan, un artículo desconocido en el comedor. Baba envió a Bangalore a buscar pan y otros alimentos adecuados para el paladar occidental. Regresaron con una buena provisión de cosas: pan, mantequilla, potes de mermelada, torta, queso y latas de bebidas. Pero algunos de los devotos habían oído que habíamos pedido pan, porque empezaron a llegar mensajeros a la puerta cargados de panes. Pronto tuvimos bastante como para abrir una panadería. Esto es típico de la fraternidad y generosidad entre los devotos de Baba.
Baba decidió celebrar con mi esposa y conmigo la ceremonia hindú conocida como Shastipoorti. Es una especie de segunda boda que se realiza cuando el esposo llega a su decimosexto aniversario. Para la ceremonia Swami le regaló a Iris un bello sarl (vestimenta hindú femenina) de seda nuevo y a mí un dhoti (pafío de tela que se enrolla en la cintura) y angavastram (especie de chal) de seda blanca, diciendo que era correcto que lleváramos nuevos trajes para la ocasión.
Primero se celebró la boda de una joven pareja perteneciente a una familia de devotos de Baba, y pudimos quedarnos sentados y observarla con toda la gente que se había reunido en el hall central. Después de casi una hora vino nuestro tumo. Nos sentamos con las piernas cruzadas en el bajo estrado mientras dos sacerdotes de Prashanti Nilayam llevaban a cabo el colorido ritual. Ante nosotros había un gran coco, algunos bananos, tazas de arroz, pasta de madera de sándalo, azafrán, kum kum (polvo rojo), incienso y otras cosas, todas esenciales para el ritual. Los sacerdotes cantaban mantras sánscritos, y en momentos determinados ellos (o nosotros, según sus instrucciones) rociaban algo de una de las copas sobre el coco, o lo untaban con una pasta.
Baba estaba sentado a un lado observando y a veces dirigiendo el procedimiento. En el momento oportuno se levantó, sacudió su mano mágica de la manera acostumbrada, y materializó dos anillos de oro; cada uno engarzado con una gran piedra preciosa. Una era para ml para ponerlo en el dedo de mi esposa y el otro para que ella lo pusiera en el mío. Después de esto Baba nos dio largas guirnaldas de flores con las cuales adornarnos el uno al otro, y una nos fue dada para colocarla en la cabeza de Swami. La ceremonia terminó con un canto por los dos panditas al unísono, invocando nos dijeron las bendiciones de una larga vida bajo la protección y guía de Sri Sathya Sal Baba.
Todo el ritual irradiaba el cálido amor que fluye de Swami. No se podía menos que pensar que durante unos cuarenta minutos, beneficios e invisibles poderes habían sido enfocados hacia nosotros y nuestra unión matrimonial. De este modo ésta había sido renovada y supremamente bendecida.
Al día siguiente vino la ceremonia que, dijo Baba, debe seguir al Shastipoorti; el dar de comer y vestir a los pobres. Se había propagado la noticia en los pueblos de los alrededores y unos mil indigentes hombres, mujeres y niños eran guiados por los jardines de Brindavan. Se sentaron en filas para recibir una abundante comida de arroz, cocinada y servida por varios devotos de Baba.
Luego sesenta de los hombres más pobres y un número igual de mujeres fueron conducidos para que se sentaran a cada lado de la entrada dentro del jardín interno. Cada mujer recibiría un sari y cada hombre un dhoti. Como era nuestra ceremonia, Iris y yo íbamos a tener la tarea de entregarlos pero era Sal Baba quien los había suministrado.
Swami, el dador, no apareció, mientras que Raja Reddy, que había presenciado muchas ocasiones semejantes, supervisaba la distribución. Organizó a varios devotos para que llevaran las grandes pilas de ropa, mientras de un lado mi esposa daba los saris y yo, por el otro, distribuía los dhotis. Algunas de esas pobres almas trataron de tocar mis pies en gratitud y, sintiéndome avergonzado por ello, le dije a cada uno que el regalo venía de Sai Baba. Entendieran el inglés o no, conocían el bendito nombre.
Para multitudes de desposeídos, Sai Baba ha sido una encarnación de la Providencia. En ocasiones, como el gran Festival de Dásara en octubre, El da comida a tos miles de pobres que se reúnen para recibir su bendición en Prashanti Nilayam. A veces El sirve el postre personalmente, colocando una buena porción en el plato de hojas de cada uno de esos miles. Entonces, también los ancianos y decrépitos, los inválidos y los ciegos, reciben nuevas ropas de festival.
Aparte de la importante ocasión ceremonial de Shivaratri, Sai Baba no suele hacer materializaciones espectaculares delante de numeroso público, pero lo vi hacerlo una vez para honrar al doctor Modi, y no podía haber recipendario más merecedor.
El doctor Shree Murugappa Chennaveerappa Modi es conocido en toda la India y en círculos médicos del exterior como cirujano y oftalmólogo. Pero para los seis millones de ciegos en la India es mucho más que eso. Es la esperanza de obtener la luz en su oscuridad. Lo llaman "nuestro hermano que da la vista". Hijo de un negociante de Bombay, se hizo médico en esa ciudad en 1940, especializándose en cirugía ocular.
"Muchos de mis pacientes tenían que vender una preciosa vaca, y hasta su casa de barro y paja a fin de poder viajar y recibir el tratamiento", recuerda. "Así es que decidí ir a ellos".
En 1943, abandonó su clínica privada y empezó con sus ahora famosos Campamentos de la Vista donde se da tratamiento gratis. Partiendo de su cuartel general en la ciudad de Davangere en el Estado de Mysore, cubre un área de cerca de 500.000 kilómetros con una población casi tan grande como la de los Estados Unidos de Norteamérica.
Usualmente instala su hospital móvil en una escuela, prestada por las agradecidas autoridades de la ciudad. Cualquier persona del distrito, rico o pobre, puede venir a hacerse examinar y tratar gratis sus problemas oculares. Se proporciona hospitalización gratuita en la escuela. El Campamento de la Vista generalmente dura unas dos semanas, y en ese tiempo el doctor Modi trata miles de casos. Aun cuando corrige estrabismos y otros problemas ópticos, la mayoría de sus operaciones son de cataratas. Ha llegado a tal grado de destreza en esto, que ha realizado con la ayuda de adiestrados asistentesmás de setecientas operaciones de cataratas en un día. Este paso de línea de producción le permite tratar grandes cantidades de gente y aparentemente sin que se resienta la eficiencia. Sus operaciones de cataratas han sido exitosas en más de un 99 por ciento. Desde que empezó su cruzada contra la ceguera hace más de veinticinco anos, la cirugía del doctor Modi le ha devuelto la vista a más de 100.000 personas. Los departamentos de sanidad locales y estatales, organizaciones filantrópicas y algunos individuos adinerados pagan los gastos de los campamentos. Pero el doctor Modi no acepta ningún honorario para sí.
Conocí al doctor Modi cuando lo llevaron a Whitefield. Había ido allí con el senor Niak, el Recaudador, a buscar a Sai Baba para llevarlo a Kolar. Baba había aceptado asistir a la función de clausura de un Campamento de la Vista que acababa de concluirse en esa ciudad, a más o menos cincuenta kilómetros de Whitefield.
Tuve la suerte de que me invitaran a ir con ellos. También en el automóvil iban Raja Reddy y Seshgiri Rao, que vive en Whitefield y es primo de mi amigo de Madrás, G. Venkateswara Rao. En el camino, bajo el caliente sol de la tarde, el doctor Modi respondió a nuestras preguntas sobre su trabajo. Es un hombre de unos cincuenta años, de fuerte constitución, con una brillante calva, y grandes y dulces ojos. Noté que había algún sabor occidental en sus gestos y manera de hablar, y comprendí por qué cuando me dijo que durante los tres meses de la estación dei monzón, cuando les sería difícil movilizarse a sus pacientes, él viajaba al exterior, a América, Inglaterra y otros países para mantenerse al día con las nuevas técnicas en cirugía ocular.
Fuera del gran edificio de la escuela donde se había instalado el Campamento de la Vista esperaban más o menos cinco mil personas. Nos llevaron a la plataforma decorada. Primero el Recaudador hizo un pequeño discurso, luego el doctor Modi, quien había estado sentado cerca de mí a un lado del estrado, fue al micrófono. Como hablaba en el dialecto local, no pude entender mucho de lo que decía, pero algo sí entendí: dijo que aunque él trabajaba para curar la ceguera física, éramos todos espiritualmente ciegos hasta tanto, nuestros ojos internos no hubieran sido abiertos por un gran maestro como Sai Baba.
Cuando hubo terminado, pero antes de que pudiera regresar a su asiento, Baba se paró a su lado e hizo girar su mano taumaturga en varios rápidos círculos. Hubo un destello de oro al aparecer entre el dedo pulgar e índice de Baba un anillo de oro macizo, engarzado con un gran rubí. Lo deslizó firmemente en el dedo anular del doctor. Se hizo un profundo silencio en la multitud que observaba y luego rompieron en deleitoso aplauso. El doctor parecía muy emocionado cuando se sentó de nuevo, y nos dejó ver a mí y a otros el hermoso anillo de cerca. Se ajustaba a su dedo como hecho a la medida.
Sai Baba usualmente comienza su discurso con un canto de bhajan, cantando sólo con su divina y dulce voz; luego habla por una hora o más y termina dirigiendo a la multitud en más canciones y cantos sagrados. Sus discursos o sermones, dados con soberbia tluidez y poderosa oratoria, mantienen siempre a sus públicos en completo silencio. Y así fue ese día.
Después de un tiempo, Seshgiri Rao, quien era nuestro chofer, salió. Esto era parte de la estrategia de escape, pues siempre hay que tener una estrategia para ajustarse al lugar y a la ocasión. De otro modo Baba sería atropellado por los miles que desean acercarse a El y tocarlo. Se había predicho que éste sería un escape particularmente difícil. Así es que hacia el final del discurso de Baba, por consejo de Raja, yo también salí.
Detrás del estrado estaba la escuela. La atravesé, pensando encontrar a Seshgiri Rao esperando en el automóvil del otro lado. Pero no estaba allí. Di la vuelta a la esquina hasta donde lo habíamos dejado, y lo encontré sentado al volante, con un pequeño grupo esperando a su alrededor.
Explicó que hasta último momento no iría hasta la puerta de la escuela por la cual saldría Baba. El rodado blanco de Baba era fácil de identificar, dijo, y se reuniría rápidamente una gran multitud alrededor del vehículo tan pronto como lo viera. Así nos quedamos esperando y hablando de las maravillas de Sai Baba.
Seshgiri llevaba un anillo idéntico al que su primo, G. Venkateswara lleva siempre. Tiene engarzada una gran esmeralda rodeada de pequeños diamantes, y a través de la esmeralda se puede ver claramente una silueta de la cabeza y hombros de Sathya Sai Baba. Le pedí que me contara su origen, sabiendo que tendría una interesante historia.
Baba, dijo, produjo el anillo de su manera usual con un gesto de su mano. Al principio no tenía la imagen de Baba en la esmeralda, pero él le dijo que como él podía comprarse un anillo igual, lo que él realmente quería era un anillo que mostrara la imagen de Sai Baba. Oyendo esto, Swami tomó de nuevo el anillo, lo sostuvo en su mano por un momento, y luego lo devolvió. La inconfundible silueta había aparecido en la piedra mientras Baba la sostenía en su mano. Luego con otro gesto de su mano, Baba produjo una exactamente igual, con la misma imagen de Sai Baba, para G. Venkateswara Rao.
Oímos el sonido de los bhajans que estaban comenzando, y lo tomamos como el comienzo de nuestra cuenta regresiva para nuestra operación. Al final del segundo canto empezamos a andar en dirección contraria, para engañar a la multitud, antes de volvernos y parar delante de la puerta de la escuela del lado opuesto a la asamblea. Terminaron los cantos; hubo silencio mientras pasaban los minutos, pero Baba no aparecía por la puerta como esperábamos.
Luego nos vieron. La gente empezó a correr por la calle hacia nosotros. Rápidamente nos transformamos en una isla en medio de un gran mar de gente que presionaba fuertemente por todos lados del vehículo. Cada ventana era un cuadro de caras y ojos humanos; el interior del automóvil se puso muy caliente, sofocante y sin aire. Cuando uno se encuentra en el centro de un gentío semejante, se siente que éste no es una cantidad de individuos separados sino un enorme animal irracional que podría ser llevado a hacer casi cualquier cosa. No podíamos ir adelante pues podíamos lastimar a alguien. Estábamos atrapados.
Justo cuando estaba a punto de desmayarme por la falta de aire, unos cuantos policías aparecieron y abrieron un paso, por el cual caminaba Swami, fresco, sereno y sonriente. Raja estaba justamente detrás de El. Tan pronto como entraron en el vehículo, la policía abrió un camino adelante. Seshgiri Rao aceleró la máquina como alguien que escapase de algún peligro. Pero Baba desde atrás le decía: "¡Despacio! ¡Despacio!" Nos hizo bajar los vidrios del automóvil mientras pasábamos por el gentío a paso de caracol, y dio sus bendiciones con la mano y la voz a la gente en ambos lados.
Ya el gentío no era un animal; sino un grupo de seres humanos iluminados por una gran visión. Algunos se prosternaban en el suelo, otros corrían al lado del rodado, gritando alegremente: "¡Sai Baba! ¡Sal Baba!", con ojos y caras radiantes con la luz del amor y la dicha.
El señor Niak había ido adelante en otro vehículo, y ahora fuimos a su amplia casa ubicada en espaciosos jardines rodeados por una afta pared. Al pasar nosotros, cerraron y trancaron la reja. Pero no demoramos mucho en oír a la multitud gritando afuera.
"Han puesto a los niños delante del gentío; piensan que esto nos inducirá a abrir la reja", comentó el Recaudador.
Baba sonrió gentilmente. Después de un rato, para alarma nuestra, dio órdenes de que se abriera la reja. Desde una ventana observé al gentío entrar como agua por una represa reventada. Swami salió para hacer frente a la inundación. El Recaudador y otros lo siguieron, y pronto, en el crepúsculo, vi a la multitud sentarse en un círculo silencioso. Baba pasaba por entre todos para que lo pudieran ver de cerca, muchos pidieron tocar su túnica o sus pies, algunos pudieron hablar con El y unos pocos recibieron el sagrado vibhuti de sus manos.
Desde ese día el doctor Modi formó parte de la gran familia Sal. A comienzos del año siguiente Baba lo invitó a que condujera uno de sus humanitarios Campamentos de la Vista en Prashanti Nilayam mismo. La gente vino desde muchos kilómetros a la redonda para recibir su tratamiento gratis y muchos de los ashramitas sirvieron de asistentes en el hospital. Luego, ese mismo apio observé al buen doctor tomando parte activa en la Conferencia Mundial de Sathya Sal en Bombay.
Al acercarse el fin del mes de junio en Brindavan empezamos a sentir que nuestros días en ese tranquilo lugar, donde Baba nos recordaba más que nunca al Señor Krishna, estaban llegando a su fin. El había prometido llevarnos a Iris y a mí con El a Prashanti Nllayam, pero no había dicho cuándo.
Empezaron a circular rumores de que estaba a punto de irse. Conociendo ya su manera de moverse sin aviso, planeamos las cosas que llevaríamos, y las empacamos para poder salir rápidamente. Estábamos decididos a que no nos volviera a tomar desprevenidos otra vez.
CAPITULO X
UN LUGAR APARTE
Todos los lugares que el ojo de Dios visita son puertos y asilos de felicidad para el hombre sabio.
Rey Ricardo II
W. SHAKESPEARE
Una noche en la que Baba había ido a Bangalore para cenar con una familia de devotos, corrió el rumor por Brindavan de que Baba saldría a la mañana siguiente para Puttaparthi. Todo el mundo parecía estar muy seguro, de manera que dimos los últimos toques a nuestro equipaje.
A la mañana siguiente, antes del desayuno, Baba entró a nuestra habitación, miró con sorpresa las maletas listas y dijo: "¿Qué, están partiendo?"
"Oímos decir que ibas a Puttaparthi hoy en la mañana, Swami, así es que..."
"No, no", interrumpió. "Pero sí voy a Madrás hoy en la mañana, y sólo por una noche. ¿Quieres venir?" La pregunta iba dirigida a mí sólo. Evidentemente era un viaje para hombres solos.
Después del desayuno salimos, Raja al volante, dos hombres más, Baba y yo. A pocos kilómetros de Whitefíeld paramos por combustible en una estación de servicio, y antes de que llenaran el tanque, se había reunido una multitud alrededor dei automóvil. Entre ellos había una mendiga a quien Swami dio dinero. Nunca lo he visto pasar al lado de un mendigo sin darle una limosna. Aun si el mendigo está al borde de la carretera, en un campo, cuando el vehículo está en marcha, Baba se detiene y le da alguna demostración práctica de su simpatía y amor al pobre desafortunado.
Sentado atrás durante este viaje a Madrás, íbamos un joven de dieciséis años y yo, con Baba en el medio. Nunca se sabe lo que va a pasar cuando se viaja con Swami. A veces se queda sentado por largos períodos como si estuviera abstraído, o quizás sea que se relaja: sus compañeros de viaje respetan estos períodos, cualquiera que sea su significado, y permanecen quietos. A veces El canta y nos pide que nos unamos a El. Y la mayoría de las veces sucede algún incidente interesante.
Una vez, por ejemplo, al pasar lentamente por la calle estrecha de un pueblo, un hombre se lanzó delante del automóvil con un coco en la mano. Nuestro chofer se paró mientras el hombre rompía el coco en la carretera delante de nosotros (éste es un ritual de adoración hindú). Luego se acercó a la ventanilla para recibir la bendición de Baba antes de que continuáramos nuestro camino. En otra ocasión íbamos por campos cultivados, a muchos kilómetros del ashram. Las únicas personas visibles eran tres trabajadores a más o menos cien metros de la carretera. Estaban doblados sobre sus palas dándonos la espalda. En el momento en que los pasamos, uno de ellos se enderezó, se volvió hacia nosotros, colocó sus manos en el gesto hindú de salutación y se inclinó reverentemente. Los otros dos simplemente continuaron con su trabajo. ¿Cómo, me preguntaba, lo supo ese trabajador en particular? ¿Vio el automóvil con el rabo del ojo y lo reconoció o sintió simplemente la proximidad de un gran santo?
Ese día Baba estaba evidentemente de humor como para divertir al joven con algún acto de magia. Tomando una hoja verde de betel, cortó con el dedo pulgar un pequeño disco redondo que marcó con un símbolo. Dándome el disco de hoja, me preguntó qué representaba el símbolo. Podía haber sido un mantra sánscrito, pero yo no tenía la más remota idea. Sin aclarármelo me lo quitó y lo colocó en la palma de la mano del joven, sosteniéndolo siempre con la punta de los dedos. Cuando quitó los dedos había desaparecido el disco de hoja verde y en la palma del muchacho había otro disco de casi el mismo tamaño, pero éste tenía el frente esmaltado con una imagen de la cabeza de Vishnú. Cuando me lo dieron para examinarlo de cerca, observé con interés que era un retrato verde sobre fondo blanco, y lo verde era exactamente del mismo tono que el de la hoja. Era un pendiente con un anillo para colgarlo. Noté que había un leve defecto en la base metálica.
Fuera por el defecto o por alguna otra razón, no lo sé, Baba sostuvo de nuevo el pendiente en la palma de la mano del muchacho, dejando esta vez allí uno de tamaño similar con las triples cabezas de la Trinidad Hindú: Shiva, Vishnú, Brahma. El color del segundo pendiente era diferente, y no había ningún defecto en el metal de la base: Permitió que el joven guardase este último, mientras que el primero' simplemente desaparecía entre los dedos de Baba.
Mirando retrospectivamente mi breve pero maravillosa permanencia en Madrás con Sai Baba en esa visita, se destacan dos cosas entre las múltiples impresiones. Una es el modo misterioso de cómo se entera el público de su presencia., Llegamos tarde para el almuerzo, hicimos una corta siesta, y luego iré por una de las ventanas superiores de la casa de los Venkatamuni donde estábamos. El jardín del frente ya estaba casi lleno de gente, cientos de ellos sentados con las piernas cruzadas en el suelo esperando ver al gran hombre. No se había hecho ningún anuncio público; ni ninguna publicidad. De hecho, nuestros propios anfitriones se habían enterado de nuestra llegada sólo dos horas antes, y únicamente habían telefoneado a los pocos íntimos devotos con quienes Swami quería hablar por una razón u otra.
Este puñado lo comunicaría probablemente a unos pocos amigos que también eran discípulos. Pero los devotos siempre tienen cuidado de no publicar la noticia de que Sai Baba está llegando. Las multitudes se reúnen bastante rápidamente sin estímulo, y a Swami le gusta tener un comienzo tranquilo para sus visitas a fin de poder hablar con las familias que lo han amado fielmente desde hace mucho tiempo. Sin embargo, algún susurro telepático parecía haber corrido por la ciudad, y ya en la noche, los jardines del frente y los laterales estaban llenos de gente que esperaba pacientemente la aparición de la amada figura.
La otra cosa que más que nunca pude apreciar fue la energía sobrehumana de Baba. Desde mediados de la tarde hasta muy avanzada la noche estuvo entrevistando gente, a solas o en grupos, moviéndose entre las multitudes, y saliendo a visitar las casas de devotos enfermos o que por alguna otra razón necesitaban que El viniera a verlos.
La misma constante actividad siguió durante todo el día siguiente hasta más o menos las siete de la noche cuando salimos para Whitefield. A pocos kilómetros de Madrás, esperando a un lado de la carretera, había un grupo de sus más devotos seguidores que querían una visión más de El, una palabra más, una bendición más de su mano. Y El se las dio y sus ojos se llenaron de lágrimas de amor. Luego proseguimos nuestro viaje de cinco horas a través de la noche, a través de los pueblos, a través de los búfalos errantes y las apáticas vacas que infestan las carreteras de la India. Llegamos a Brindavan después de medianoche para encontrar allí a un grupo de visitantes que esperaban para ver a Baba, aún a esa hora.
En giras subsiguientes vi el mismo patrón de programas diarios, con la adición de sesiones de bhajan, discursos públicos y otras grandes funciones. A nosotros, sus compañeros de gira, nos permitía retirarnos de cuando en cuando para descansar unas pocas horas mientras Swami seguía, o nos quedábamos sentados tranquilamente en el coche mientras El entraba a las casas de los devotos, pasando algún tiempo con ellos, llevando alegría, esperanza y alimento espiritual.
Desde la mañana hasta la noche, y usualmente hasta medianoche o más tarde, Baba está en movimiento, dedicándose a las necesidades y bienestar de los que vienen a El y le ruegan que El vaya a ellos, verbalmente o por la telepatía de la oración. El hace el trabajo de muchos seres humanos ordinarios, sin embargo, nunca lo he visto realmente agotado. A veces, puede que se le vea un poco cansado, pero rápidamente recobra su pleno vigor. Parece que bebe en el manantial de la gran energía misma.
Una vez que le pregunté a Swami si El podía hacer algo por mí respondió: "Sí, claro que sí. Yo soy propiedad tuya; no tengo absolutamente ningún derecho". Su vida es un constante sacrificio y servicio a favor de sus devotos, y, a través de ellos, de todos los hombres. Pues, cuando el guijarro divino del amor es tirado en la laguna de la ignorancia y dolor humanos, las ondas se extienden en círculo hasta llegar a la orilla misma.
Unos pocos días después de nuestro regreso de Madrás hicimos el viaje de 160 kilómetros de Whitefield a Puttaparthi. Solamente mi esposa, Raja (que manejaba) y yo íbamos con Swami en esta oportunidad. Era la primera visita de Iris al ashram y por la carretera Baba le señaló varios lugares. También le hizo practicar una canción sagrada en hindi que le estaba enseñando. Pero la mayor parte del tiempo El estaba envuelto en un sereno silencio.
Al entrar en Prashanti Nilayam mi corazón dio un salto al ver a todos los residentes, cientos de ellos, alineados por el camino, de modo que pasamos por una avenida de caras sonrientes y felices. En la gran sala de oración paramos, y perdimos a Baba; fue absorbido en un remolino de gente. Pero recibimos una radiante bienvenida de amigos como el señor N. Kasturi, y pronto nos encontramos acomodados en mi antigua habitación en la casa de huéspedes.
Encontré que la vida en sus aspectos externos no había cambiado mucho desde mi anterior visita al ashram. Seguía sonando la campana que nos sacaba de nuestros sueños en la oscuridad matutina para prepararnos para la meditación en la sala de oración. No todos los ashramitas van allí; algunos meditan en sus habitaciones, otros escogen otros lugares tales como el sagrado baniano que Baba plantó hace muchos años en la colina detrás del hospital. Yo prefería ir hacia las altas rocas donde podía hacer algunos ejercicios de yoga en la mañana y observar el sol naciente regar su luz mágica sobre las silvestres colinas, llenando los valles de oro.
Luego la gente se reúne alrededor del jardín circular delante del edificio principal para su primer contacto visual con Baba cuando sale, al balcón donde levanta su mano en señal de bendición. Es el primer darshan (bendición por aparición) del día. En seguida, después de esto, comienzan las entrevistas; tomando grupos que oscilan entre una docena y veinte personas, pasa quizás media hora, a veces una hora o más, con cada grupo. De esta manera se las arregla para tener estrecho contacto con un promedio de alrededor de 150 personas en el día y hasta más en períodos de mucha afluencia.
Más tarde en la mañana hay una hora de bhajans. Baba a menudo baja y se sienta en su alto sillón en la sala durante parte de éstos. Durante los bhajans suele también caminar entre las personas sentadas afuera debajo de los árboles. A veces pasa la mayor parte del período de bhajans en sus entrevistas de grupos en sus habitaciones. Lo único que se puede saber con seguridad es que nunca sigue la misma secuencia dos veces seguidas.
Cuando comienza la segunda sesión de bhajans en la tarde, Baba usualmente está entrevistando todavía. Después de algún tiempo sale y camina por un sendero para ir a darle de comer a su joven elefanta, Sai Gita. Tan pronto como lo ve venir se acerca majestuosamente, sosteniendo en alto en su trompa una guirnalda de flores hecha por algunas señoras del ahsram. Cuando se encuentran, Sai Gita coloca la guirnalda encima de la cabeza de Baba y se inclina, doblando su pata delantera derecha. Baba la acaricia y le da frutas de un cesto que su joven cornaca ha traído. Después de un rato la deja con el cesto y camina para hablar con las personas sentadas en los bordes del camino. Pero durante todo esto Sai Gita mantiene la vista puesta en El y gira de manera que su cabeza está siempre de frente a su adorado Señor.
Cuando su cena de frutas ha terminado, ella lleva el cesto vacío hacia su establo. Pero si Baba le manda detenerse o venir hacia El, ella obedece inmediatamente. Esta elefanta domesticada le fue regalada a Baba recién nacida por algunos devotos del sur. Ha llegado a ser una atracción muy querida del ashram, y trompetea un fuerte saludo de bienvenida cuando ve la túnica roja de Baba a distancia o de algún modo siente su presencia sin verlo. En ocasiones, ricamente enjaezada, toma parte en procesiones e importantes ceremonias en Prashanti Nilayam.
Después del bhajan de la tarde y su bellísimo ritual de cierre con lámpara de alcanfor y un himno de adoración, la gente sale corriendo de la sala y de los árboles hacia el frente del edificio. Aquí todos se quedan y esperan el darshan de la noche. Pronto la pequeña figura roja con el gran domo de pelo negro aparece en el balcón iluminado. Reina un profundo silencio, sus labios se mueven en silencio, su mano se mueve en un gesto de elevación. Algo más sutil que el aire que nos rodea parece también surgir apretando el corazón y elevándolo hasta que se humedecen los ojos.
Luego vamos todos a nuestras cenas. Pero Baba pasa la mayor parte de la noche viendo más gente: funcionarios del ashram con problemas administrativos y visitantes con urgentes problemas personales.
Tampoco había cambiado la vida en Prashanti Nilayam en sus aspectos internos desde mi última visita. Cuando se atraviesa la reja parece que uno entrara en una brillante aura de paz y felicidad. No es que se olvide el mundo por completo en algún sueño dorado. Pero el sentido de los valores parece cambiar; los problemas y conflictos del mundo se ven por el lado largo del,telescopio, muy pequeñitos y muy lejanos. Aun los problemas inmediatos de la vida en el ashram el ajusté a ciertas incomodidades, la lucha por obtener algunas golosinas occidentales, tales como pan, mantequilla y queso parecen muy pequeñas. Siempre el importante factor dominante es el envolvente amor que irradia del centro. Lo que el famoso millonario del "pulmón de hierro" americano, Fred Snite, dijo acerca de Lourdes es también aplicable a Prashanti Nilayam: "Aquí la vida es oración... Estamos en un lugar apartado del mundo, un lugar en la mitad del camino hacia el cielo".
Uno de los aspectos más interesantes de la vida en el ashram, es la gente que está ahí, residentes y visitantes. Se podría escribir un volumen entero sobre este solo tema. Vienen por una variedad de razones. Algunos viajan cientos de kilómetros, como antaño cuando la gente iba al Oráculo de Delfos para atisbar en el futuro. Otros vienen por razones de negocios; para preguntar si deben vender una tienda, empezar una fábrica, licitar por un contrato, buscar un nuevo trabajo. Muchos vienen con serios problemas de salud; algunos vienen como representantes de grupos de Sai Baba en otras áreas para invitar a Swami para que bendiga alguna función con su presencia; otros vienen a invitarlo a sus casas, quizás para celebrar un matrimonio, o poner nombre a un niño, o bendecir una nueva casa, o simplemente por la indescriptible dicha de tener su compañía. Baba tendría que tener varios cuerpos para satisfacer todos estos pedidos.
Un punto importante de destacar acerca de Sai Baba, tanto en este cuerpo como en el anterior, es que no le molesta en absoluto que lo traten como adivino, arúspice, investigador psíquico, consejero comercial, o médico universal. Considera a todos los que vienen como sus hijos; algunos quieren que les arregle un juguete roto, otros tienen un dolor de oídos, algunos sólo desean una palabra de aliento del eterno padre. Trata de satisfacerlos a todos al nivel de cada uno, y, con su poderosa fuerza espiritual, de elevar ese nivel hacia la raza suprahumaná en que el hombre debe eventualmente convertirse.
El tenor Krishna clasificaba a los que venían a El en cuatro principales divisiones: 1) los afligidos, 2) los deseosos de ganancias terrenales, 3) los que buscan conocimiento y comprensión espiritual, y 4) los que ya han alcanzado un alto grado de sabiduría espiritual (por ejemplo los jñanis sabios que han logrado el conocimiento de lo absoluto ). Su tarea, dijo Krishna, era dar a cada uno lo que él pedía. Sus bendiciones se derramaban sobre todos los hombres por igual, pero cada uno recibía sólo de acuerdo con su desarrollo, de acuerdo con su posición en la escala del ascenso espiritual. Sai Baba lo dice así: los rayos del sol caen igualmente sobre todos los que se encuentran directamente en su camino. Si alguien está detrás de un obstáculo, o en una habitación, recibirá solamente una parte de la iluminación. El cultivar los supremos anhelos espirituales es como salir del encierro de una habitación a los plenos rayos del sol.
Ahora, cinco mil años después de Krishna, los que se acercan a Sai Baba caen dentro de la misma clasificación general. Y de la misma manera, los considera a todos merecedores de su ayuda. Esparce bendiciones sobre todos, pero claro está, sus propias limitaciones limitarán lo que reciban. Si sus necesidades actuales son de salud corporal o prosperidad material, eso es lo que reciben. Los de los grados más altos, los jñanis, que están abiertos a la plena iluminación del sol, son como antaño, mucho menos numerosos que los otros, pero existen. Con gran alegría, con una rara sensación de elevación, he conocido a algunos de éstos, no solamente viviendo una vida de renunciación en el ashram, sino también como hombres de familia.
Cuando corrió la voz de que estaba escribiendo este libro, una de las luces más brillantes del ashram, una mujer completamente dedicada a la gran misión de Sai Baba, me prestó el diario que lleva desde su primera visita a Puttaparthi alrededor de 1950. Es un documento interesante, que da una imagen de la vida con Baba en Puttaparthi en los años anteriores a la construcción del ashram de Prashanti Nilayam. Por el diario me he enterado de una cantidad de cosas importantes acerca de Sai Baba que son generalmente desconocidas.
Por ejemplo mucha gente piensa que antes del período en el cual empezó a hacer discursos públicos, o sea, antes de que tuviera treinta y dos aflos, Baba no daba ninguna instrucción espiritual. Es cierto que en las primeras tres décadas de su vida se preocupaba principalmente con sus leelas (juegos divinos) y mahimas (milagros) con fenómenos tales como el mostrar visiones, con viajes astrales, curas milagrosas y otros milagros. Pero el diario muestra que también daba enseñanza espiritual.
Sin duda, la mayoría de los que venían por curiosidad para ver al milagroso joven de Puttaparthi se encontraban en el jardín de infantes de la escuela espiritual. Necesitaban las ayudas visibles de los increíbles milagros para sostener su fe. O simplemente deseaban ayuda suprahumana para curar enfermedades o resolver problemas materiales. Una vez satisfecha su curiosidad, u obtenidos todos los beneficios materiales que podían (o quizás fueran defraudados en esto), los que eran incapaces de recibir dirección espiritual, se fueron yendo.
Pero hubo otros que pertenecían a los altos grados en la escuela de la vida, los que buscaban el conocimiento, el entendimiento y la felicidad que el mundo no puede dar. A éstos, ya desde el comienzo mismo, Sai Baba les daba instrucción personal acerca del pensar correcto, del sentir correcto, de la acción correcta. A éstos daba disciplinas espirituales individuales.
Muchas de sus enseñanzas las impartía, como ahora, por medio de cuentos, parábolas y analogías sencillas. Toda su enseñanza subrayaba, al igual que ahora, la necesidad de vivir realmente la vida, subrayaba que el mero tejer bellas frases y fascinantes telas de especulación metafísica no lleva a ninguna parte. El camino por el cual Baba ha conducido a sus discípulos desde el comienzo, es principalmente el del bhakti marga, o yoga del amor divino.
Este yoga, como todos los demás, requiere que superemos nuestros apegos a la ambición personal, a la fama, al orgullo, a la autoimportancia, y que "lavemos" los últimos restos de egoísmo escondidos en los oscuros rincones de nuestra mente. Con este fin debemos estar preparados para sobrellevar muchas austeridades y mucho de lo que a primera vista parece ser una injusticia personal.
Otro punto importante del cual me enteré leyendo el diario es el de que cuando Baba parece ser duro con algunos de sus seguidores, les está en realidad haciendo un gran cumplido, y es una bendición disfrazada. No significa, como piensan algunos, que estos discípulos hayan perdido su amor y hayan sido echados a la oscuridad. Por el contrario esto significa que Baba tiene un alto aprecio por aquéllos a quienes está haciendo pasar por la "trituradora"; los está adiestrando para un mayor progreso en la escuela del espíritu.
Algunas veces de esta manera, y aparentemente con este fin, El parece poner a las personas a prueba hasta el nivel máximo de su resistencia. Aun después de haber probado su coraje, los hará pasar, si lo encuentra necesario, por lo que El llama un «proceso de pulitura". Esto puede ocasionarles mucha angustia mental hasta que se despierte una comprensión más profunda en el iniciado. Así encontramos que muchos de los viejos discípulos de Baba nos ayudaron a percibir las dimensiones escondidas de la misión y objetivo del maestro. Nos aclararon el significado más profundo de muchas de sus acciones y palabras.
Al pasar de los días en el ashram, conocimos a muchos nuevos e inspiradores devotos. Algunos de ellos tenían historias profundamente conmovedoras que contar acerca de sus experiencias milagrosas y espirituales con Sai Baba. Yo tomaba nota de ellas y obtuve la autorización de muchos de los narradores para usar sus nombres y otros particulares identificadores. Estas apreciables personas, muchas de ellas muy conocidas, son testigos vivientes de la verdad de los extraños hechos que escribo. Esto puede ayudar a algunos lectores a aceptar algo tan alejado de la experiencia diaria que casi parece increíble.
Mientras tanto debo tratar de describir la cualidad especial de nuestra última entrevista con .Swami antes de que dejáramos el ashram hacia fines de agosto. Desde luego que en Prashanti Nilayam no tuvimos el mismo íntimo contacto personal que habíamos disfrutado en Brindavan, y particularmente en Horsley Hills. La vida se desarrolla en una escala diferente en el ashram. Multitudes de visitantes van y vienen constantemente, o se están reuniendo para algún gran festival religioso u otro evento especial.
Durante nuestra estadía allí había habido dos ocasiones así: el día de Gurí Pumima en julio un festival en honor de los grandes gurús y la inauguración oficial de Prashanti Nilayam como municipio. En el último evento, que tuvo lugar el 5 de agosto, participaron muchos funcionarios importantes de las ciudades circundantes, tales como Penukonda y Anantapur, y de la capital del Estado, Hyderabad. Algunos de estos visitantes eran devotos de Baba, y otros no.
Sin embargo, a pesar de su continua actividad, tuvimos mucha suerte al poder ver mucho del gran maestro. Fui con El en una gira oficial de tres días a Anantapur, donde conocí y hablé con un número de devotos que lo conocen desde su juventud. Y siempre nos llamaban a Iris y a mí a la sala de entrevistas cuando recibía a un grupo de visitantes del extranjero. Así es que nos sentamos a sus pies entre gente de Francia, Italia, América del Sur, Alemania, Dinamarca y Persia. Lo vimos asombrarlos y deleitarlos con materializaciones: la producción de v11bhuti o dulces para todos, o de una joya para alguno de los visitantes. Y en todas las ocasiones presenciamos el más importante de los milagros: cada corazón profundamente conmovido por la vara mágica del amor desinteresado.
Tuvimos muchas sesiones memorables con Swami de esta manera, y, cuando ya no nos quedaban sino unos pocos días de estadía, El nos llamaba diariamente. Estas reuniones de despedida, que duraban a veces hasta dos horas, se disfrutaban en compañía de amigos especiales del ashram. Algunos al igual que nosotros, estaban por irse, y otros se quedarían. Siempre Baba hablaba primero sobre temas espirituales, luego sobre tópicos más generales o problemas personales que podrían ser discutidos en un grupo.
Presentes en la entrevista final estaban el señor y la señora K.R.K. Bhat, en cuyo automóvil íbamos en viajes hasta Bangalore. El señor Bhat es un gerente divisional jubilado de la Life Insurance Corporation of India. Sufrió un severo ataque al corazón poco antes de su retiro, y ahora vive la mayor parte del tiempo en Prashanti Nilayam, manteniéndose vivo, como él mismo dice, "por la gracia de Sal Baba". El y su esposa regresaban a Bangalore por un tiempo para arreglar algunos asuntos personales. Pero desde hacía unos días el señor Bhat estaba sufriendo de un dolor en el lado izquierdo en la región del corazón, y como los médicos le habían anteriormente prohibido manejar, me ofrecí para manejar en su lugar.
Después de una conversación general con el grupo de ocho personas, Baba se llevó a varias personas que se iban a otra habitación para hablar en privado con cada una de ellas. Primero la Maharani de Kutch y su hija, Nanda. La Maharani se iba para su casa en Bombay, y Nanda iría parte del camino con ella, para luego regresar al ashram que ahora es su casa.
Luego nos llamó a Iris y a mí. Tan pronto como Swami estuvo a solas con nosotros, dejó de decir chistes y hacer bromas, y habló muy seriamente con una voz de profundo afecto. Era como una madre que despide a sus hijos que van al internado. y El parecía ser la esencia de todas las madres que la tierra haya conocido. La corriente de afecto que fluía de El era corno un río que lo llevara a uno a un océano de amor. En ese océano, nuestro cuerpo físico parece desaparecer, y todos los duros pedazos aislados del ser, de ansiedad y preocupación y temor profundo, se derriten. En aquellos momentos de exaltación se tocaba el borde del infinito y se sentía su inefable dicha.
Muchos de los devotos de Baba me han contado su propia experiencia personal sobre el más profundo de los misterios y milagros, cuando el hombre toca, y, momentáneamente, se une con lo divino en el Hombre. Pero, al igual que yo, nadie ha sido capaz de describirlo adecuadamente, pues está mucho más allá del alcance de las palabras.
Después de damos consejos personales acerca de nuestro trabajo, de nuestra salud y de nuestras vidas en general, y de aseguramos que no había nada que temer o por qué preocuparse nunca, pues El está siempre con nosotros en nuestros corazones, movió su mano: esta vez en grandes círculos verticales como una rueda que girara. Cuando se detuvo, su mano sostenía un pequeño recipiente de plata, de una pulgada de alto y más de una pulgada de diámetro. Al abrir El la tapa, un fragante perfume impregnó la habitación. El recipiente estaba lleno de vlbhuti gris claro que resultó ser tan fragante al paladar como al olfato. Al dárnoslo, nos dijo que debíamos tomar un poco cada día; que traería grandes beneficios y bendiciones tanto al cuerpo como al alma.
Las últimas personas con quienes habló en privado fueron el señor y la señora Bhat. Como era un día auspicioso para los devotos del Señor Subrahmanyam, el principal dios de su hogar, la señora Bhat había traído un pequeño ramo de flores y hojas de tulsi (planta de la India con propiedades curativas). Colocó éstas a los pies de Sai Baba que para ella ha llegado a ser la personificación del Señor Subrahmanyam; la razón de esto se comprenderá al leer la milagrosa experiencia que relato en el próximo capítulo.
Baba puso algunas de las flores en el cabello de ella. Luego, diciéndonos a todos que esperáramos algún prasad (regalo de paquetes de vibhuti, pensamos nosotros) subió al piso superior a su comedor, que se encuentra directamente encima de la sala de entrevistas. Tomó, presumimos, el resto del ramo, y todos nos quedamos esperando. Iris y yo estábamos de pie a la izquierda del señor Bhat. La señora Bhat a su derecha, mientras que el resto del grupo estaba del otro lado de la habitación.
Mientras intercambiábamos algunas palabras con el señor Bhat, un hombre muy alto, Iris vio lo que ella tomó por escamas de pintura que caían del techo. Yo no noté estas "escamas" hasta que llegaron a quizás cuarenta y cinco centímetros del hombro izquierdo del señor Bhat, sobre el cual vinieron a descansar. Luego observé que las "escamas" eran en realidad hojas de tulsi y algunos pétalos de flores rojas.
Podía ver por la cara del señor Bhat que él inmediatamente sintió algo milagroso en este evento, pero yo buscaba una explicación natural. Parecía, sin embargo, imposible hallar una. Las hojas y pétalos no podían de ningún modo haber caído desde algo que estuviera en la habitación, no había muebles excepto una silla y un escaparate en una esquina a alguna distancia de donde estábamos de pie, y las paredes de la habitación estaban desnudas.
Además, las hojas y pétalos no podían haber caído de la cabeza de la señora Bhat, pues es una mujer muy pequeña, y además, estaba del lado derecho de su esposo, mientras que éstas cayeron de un alto nivel sobre su lado izquierdo. Por otra parte, no había hojas en su cabello, sino flores, y éstas estaban allí todavía después del incidente. Y tampoco podía el follaje haber sido introducido a través de la ventana por el viento, primero, porque no había brisa, ya que el aire estaba muy quieto; segundo, porque no hay arbustos de tulsi en ninguna parte cercana a la ventana; y tercero, porque si hubieran entrado por la ventana, no podían haber estado a la altura donde fueron vistas por primera vez por mi esposa, o aun por mí. No podía encontrar en absoluto ningún lugar desde el cual hubiesen podido llegar mediante fuerzas normales de la naturaleza.
Los Bhat no tenían ninguna duda de que esto era otra de las inescrutables obras de Swami: de que había hecho caer algunas de las hojas y pétalos de la habitación del piso de arriba, a través del techo sólido sobre el hombro del señor Bhat, del lado izquierdo donde el dolor lo había estado molestando desde hacía días. Desde la época del Señor Krishna las hojas de tulsi han sido asociadas con la curación; y es interesante saber que el dolor del señor Bhat había desaparecido casi inmediatamente.
En seguida llegó un mensajero de Swami con algunos paquetes de lo que los devotos llaman "vlbhuti de emergencia" para los que se iban. Es una sustancia maravillosa, de color gris oscuro, y se sabe que realiza grandes milagros en casos de enfermedades serias o graves accidentes.
Pero después de la sorpresa de las hojas, el señor Bhat no necesitaba nada de esto. Se sentía tan bien, que manejó él mismo el automóvil casi hasta Bangalore, dejándome al volante durante unos pocos kilómetros, y esto, creo, más que todo para complacerme. Nos quedamos en su casa de Bangalore durante una semana y todos los días nos llevaba a alguna parte, en una ocasión a Whitefield donde recogimos el resto de nuestro equipaje y vimos al señor y a la señora M.S. Dixit. El dolor del señor Bhat no volvió; parecía haber sido quitado por el rayo curativo que trajo, como firma, la milagrosa caída de hojas y pétalos.
CAPITULO XI
ALAS DE MUNDOS INVISIBLES
No donde anochecen los arremolinados universos, e intenta remontarse nuestra entumecida alma, Sino a nuestras puertas obstruidas de barro, si supiésemos escuchar, tocan las alas de lo invisible.
FRANCIS THOMPSON
A pesar de la multitud de dioses hindúes, la mayoría de los indios, y por supuesto, los educados, entienden que cada dios es realmente sólo una expresión limitada del Unico, Supremo e Inexpresable Brahman. "Dios tiene mil cabezas", dicen y no habrá disputa acerca de las muchas formas usadas para representar diferentes aspectos de la más afta divinidad, que en definitiva es informe. De hecho, en las salas de ceremonia hindúes; esos santuarios arreglados en las casas para la adoración y la oración, se encuentran estatuas e imágenes de muchos seres divinos, a menudo hasta la de Jesús de Nazaret.
Pero cada familia usualmente tiene una deidad especial como dios tutelar que ocupa el lugar de más alto honor. En la familia del senor K.R.K. Bhat, el dios tradicional de la casa era Sri Subrahmanyam. Pero el señor Bhat mismo estaba inclinado hacia la adoración de Sri Krishna. Quizás por esta razón, o quizás porque él estaba muy ocupado en su cargo ejecutivo en el mundo de los seguros, era su joven esposa la que llevaba a cabo la adoración ceremonial diaria al Señor Subrahmanyam.
En 1943, la señora Bhat cayó enferma de cáncer en el útero. Los médicos aconsejaron una operación aunque no había ninguna seguridad de éxito. La madre del señor Bhat vivía con la joven pareja en esa época, y le dijo a su hijo: "El Señor Subrahmanyam curó a tu padre de cáncer sin ninguna operación; así curará a tu esposa".
La fe de la anciana señora era tan tremendamente poderosa que la joven pareja acordó olvidar la cirugía y colocarse enteramente en manos del dios tutelar. Se intensificaron los pujas (culto y adoración) al Señor Subrahmanyam, las prácticas religiosas se hicieron todavía más estrictas y devotas que antes; las oraciones se hicieron más fervientes y prolongadas. Estos pujas los realizaba ahora principalmente la madre del señor Bhat, mientras la joven esposa guardaba cama adelgazando y debilitándose cada vez más. Esto duró más o menos seis meses.
Entonces una noche, mientras se encontraba en estado de somnolencia, la paciente vio a la débil luz de la luna a una gran cobra dando vueltas alrededor de la cama. Alarmada, prendió la lámpara de su mesa de noche y despertó a su suegra que dormía en la misma habitación, ya que su esposo estaba ausente en un viaje de negocios.
No se encontró a ninguna serpiente en la habitación. Pero tan pronto como la señora Bhat apagó la luz, vio de nuevo la cobra, dándole vueltas. Casi inmediatamente la serpiente tomó la forma de Subrahmanyam, que conocía por el retrato colgado en la sala de ceremonia. Parecía estar flotando encima de ella. Entonces, perforando su pecho con su velayudhan (especie de lanza que lleva Subrahmanyam), pareció llevársela con él.
Pronto se encontró de pie, delante de él, en el piso de una alta montaña rocosa. Se arrodilló y le tocó los pies con sus manos y frente, y él empezó a hablarle. Le preguntó si ella quería quedarse con él o regresar al mundo. Ella entendió que esto significaba una elección entre la vida y la muerte. Pensando en su esposo y en sus hijos pequeños y la necesidad que tenían de ella, dijo a Subrahmanyam que deseaba regresar.
No hubo más conversación y finalmente Subrahmanyam dijo: "Estás curada de tu enfermedad, y pronto estarás fuerte. Durante toda tu vida te protegeré; cuantas veces pienses en mí, allí estaré. ¡Ahora regresa!"
"¿Cómo?", preguntó ella.
El apuntó hacia una larga escalera en espiral que se había abierto a sus pies y conducía hacia abajo. Ella empezó a descender, luego pareció haber una interrupción en su conciencia y se encontró de vuelta en su propia habitación, despierta. Inmediatamente llamó a su suegra y le contó la visión. Cuando su esposo regresó a la casa se la contó también. Pero ella considera esa experiencia como sagrada, y no la cuenta sino a los miembros íntimos de su familia.
A partir de esa noche recobró rápidamente fuerzas y no ha habido más seP,íales de cáncer. Pronto estuvo en pie y llevando su vida normal. Pero había una diferencia. Ahora, además de los deberes en el hogar y de las observancias religiosas, se dedica a trabajos sociales entre los pobres y los necesitados. Dios le había devuelto su vida, y estaba decidida a usarla plenamente a su servicio de la mejor manera que pudiera.
Fue veinte años después cuando el señor y la señora Bhat oyeron hablar por primera vez de Sathya Sal Baba y fueron a Prashanti Nilayam. A la señora Bhat le dijo: "Hablé contigo hace mucho tiempo, hace veinte años".
Muy confundida, le contestó: "No, Swamiji, ésta es mi primera visita".
"Sí, sí, pero yo te visité cuando vivían en Mysore". Y mencionó el nombre de la calle y la ciudad donde vivían en la época en que padeció de cáncer, cuando tuvo la visión de Subrahmanyam.
Luego la llevó hacia arriba por la escalera en espiral que conduce a sus habitaciones en el piso superior y le dijo que mirara hacia abajo. Inmediatamente recordó la escalera que conducía hacia abajo desde las alturas donde había estado con Subrahmanyam: de hecho las dos escaleras parecían idénticas. Estaba más desconcertada que nunca.
Para ayudarla a comprender, Swami movió su mano y del aire produjo una fotografía de sí mismo en el carruaje de Subrahmanyam con una cobra dando vueltas alrededor de El. Ahora empezó a despertarse una luz dentro de ella. Dios puede tomar cualquier forma, pensó. Había venido a ella hacía veinte años en la forma que ella adoraba, Subrahmanyam.
Ahora estaba delante de ella en la forma de Sathya Sal Baba. Cayó a sus pies, derramando lágrimas de dicha.
Cuando conocí al señor C. Ramachandran de Kirkee, Poona, en Prashanti Nilayam en 1967, era Subinspector Jefe de Explosivos Militares en el Ministerio de la Defensa.
Algunos años antes, me contó, había tenido muchas preocupaciones familiares, y debido a ello había empezado a visitar el santuario de Sal Baba en Shirdi, a más o menos doscientos kilómetros de su casa. Esto le había traído gran paz espiritual, y gradualmente se hizo devoto de Shirdi Baba.
Eventualmente oyó decir que este gran santo había reencarnado en Puttaparthi y era conocido con el nombre de Sathya Sal Baba. Bueno pensó probablemente es otro impostor, uno de los muchos que han tratado de hacer dinero disfrazándose como el viejo Sal Baba reencarnado. Sin embargo, algún tiempo después, leyó en los periódicos como Sathya Sal Baba había aliviado a uno de sus seguidores de un fuerte ataque asumiéndolo en su cuerpo, y luego curó su propia parálisis delante de una gran multitud en el día de Gurú Poornima. Esto le hizo pensar que el Baba de Puttaparthi debía ser por lo menos un verdadero santo, quizás un verdadero Mahatma.
Cuando uno de los miembros de su familia trajo una pequeña fotografía de Sathya Sal Baba y la puso en la sala de puja (culto y adoración) en su casa, Ramachandran la dejó allí. Dos o tres días después notó que se había formado un poco de ceniza en la foto. La limpió. Pero de nuevo, durante la ceremonia de puja, vio en la foto otra vez ta ceniza en el momento preciso en que se estaba formando. Pareció primero como si fuera vapor y se transformó en gotas de líquido lechoso que corrían por el vidrio y se secaban para luego convertirse en ceniza gris.
Quizás, pensó, esto puede deberse a algo peculiar en el cristal o en el cartón de atrás, o en el marco. En su condición de químico los probó, pero estaban muy normales; sin embargo, decidió cambiarlos todos. No obstante la ceniza continuó haciendo su inexplicable aparición en el nuevo cristal y marco.
Un día un joven amigo trajo otra foto de Sathya Sal. Esta estaba pegada a un cartón sin cristal delante. Con el permiso de Ramachandran, la puso entre los otros retratos en la sala de puja y se fue. Pero antes de que hubiera llegado a la reja del frente, Ramachandran lo llamó. Los ojos del joven se abrieron de par en par cuando vio formándose la ceniza en la foto que acababa de traer.
"Antes no creía realmente en su cuento", le confesó, "pero ahora veo que es cierto".
Estos, sucesos ayudaron a que el señor Ramachandran decidiera ir a Prashianti Nilayam y ver a Sathya Sal Baba. Algún tiempo después de tomar esta decisión, sintió de pronto repugnancia por el hábito de fumar. Un día, tirando un cigarrillo, se juró a sí mismo que no volvería a fumar hasta después de haber tenido una entrevista con Sal Baba.
Sus vacaciones cayeron más o menos seis semanas más tarde, en junio de 1964, y aprovechó la oportunidad para hacer su primer viaje al ashram. Las incomodidades y falta de facilidades lo molestaron al comienzo, pero se quedó, y después de algunos días se encontró en una sala de entrevistas junto con otras personas, esperando al gran hombre.
En esto entró Baba y, con su gesto creativo de la mano, produjo vibhuti. Le dio un poco a todos los presentes, menos a C. Ramachandran. Este se sintió muy decepcionado de que se le pasara por alto y le pidió un poco. Baba lo miró y le dijo: "Te di un poco no hace mucho".
Ramachandran se quedó perplejo, y luego entendió que Baba se refería a la ceniza que había aparecido en las fotos. Swami sonrió gentilmente y siguió:
"No te preocupes, te daré mucho, muchísimo. Pero no vuelvas a esa vieja mala costumbre".
Ramachandran entendió que se refería a la costumbre de fumar. Un estremecimiento le recorrió todo el cuerpo cuando se dio cuenta de lo mucho que este gran hombre parecía saber de su vida y pensamientos.
Después de esto hizo varias visitas al ashram, y luego más tarde, en abril de 1965, recibió en su casa de Poona un telegrama que decía: "Sathya Sal Baba llegará a su residencia el 5 de mayo para realizar el Upanayanam (ceremonia del cordón sagrado) y dar Brahmopadesam (iniciación en la senda espiritual de la realización de Dios)".
Ramachandran se sorprendió mucho; esto se refería a la ceremonia del cordón sagrado para sus dos hijos, que ya estaba bastante atrasada, pues su hijo mayor, Raja, ya tenía diecisiete años y medio. Pero, ¿venía Baba realmente? Nada de esto se había mencionado, y Ramachandran pensaba que no merecía este gran honor. Por cierto que no tenía idea alguna acerca de la manera correcta de recibir a un gran santo. Primero, sin embargo, debía verificar si el mensaje era genuino.
Con la ayuda de algunos de sus empleados, averiguó el origen del telegrama. Encontró que había sido puesto en la oficina principal de correos de Poona y entregado a él desde la oficina de correos suburbana de Kirkee. El funcionario de recibo en la oficina de Poona tenía motivos para recordar al remitente de este telegrama. Era, dijo, un hombre con una pequeña barba. Había llegado en un taxi, que dejó esperando mientras escribía el telegrama. Cuando el funcionario le pidió su dirección, el barbudo contestó que estaba de paso y no tenía dirección en Poona. El funcionario dijo que en tal caso debía escribir su dirección permanente en el formulario. Después de alguna vacilación el hombre escribió: "All India Sal Samaj, Madrás". Luego se fue en el taxi.
Este Sal Samaj ha sido fundado hace algunos años por el Swami Narasimha, quien escribió la vida de Sal Baba de Shirdi. El Centro está dedicado primordialmente a la difusión de las enseñanzas del viejo santo de Shirdi. Al investigar, se encontró que el barbado viajero era desconocido por todos en el lugar. Aquí fue donde el trabajo detectivesco de Ramachandran se topó con un atolladero.
Le habían dicho que Swami estaba en Brindavan y tomó la precaución de enviar un telegrama allí pidiendo confirmación de la fecha de la visita prometida. Repitió el mismo pedido en otro telegrama al señor Kasturi en Prashanti Nilayam. No recibió respuesta alguna.
Más tarde se enteró de que Kasturi no había recibido el telegrama. Ramachandran no preguntó a Baba acerca del que le había enviado, juzgando por lo que sucedió entretanto, que cualquier respuesta que Baba pudiera dar, si daba alguna, sería enteramente inescrutable.
"Así es que yo no sabía lo que debía esperar para el 5 de mayo", me dijo Ramachandran, "pero pensé que era mejor preparar todo para la ceremonia, y no decir nada a nadie acerca de la posibilidad de que viniera Baba".
Un problema era, dijo, que no tenía suficiente dinero en efectivo para la ceremonia. Pero al ir a su banco para ver lo que podía hacerse, encontró para sorpresa suya que había aparecido misteriosamente en su cuenta una suma de 468 rupias a su favor. No pudo investigar el origen de la misma y de hecho nunca lo logró; pero fue de una gran ayuda para él. Decidió invitar solamente a sus familiares y amigos más íntimos, lo que significaría suministrar almuerzo para más o menos cincuenta personas.
Algunos días antes de la función, sus amigos, y hasta extraños empezaron a preguntarle si era cierto que Sal Baba iba a venir a su casa. "Lo más que podía hacer", me dijo, "era darles una respuesta evasiva y tratar de desviarlos".
Sin embargo, la mañana del 5 de mayo la gente empezó a llegar temprano para tomar posiciones en el gran jardín de Ramachandran. En el curso de la mañana, la multitud creció hasta el punto de que se podía contar casi mil personas sentadas en perfectas filas esperando la llegada de Sal Baba. Todos parecían muy seguros de que El vendría; las únicas dudas eran relacionadas con cómo iba a llegar y de dónde. Hubo mucha discusión acerca de estos puntos.
Dentro de la casa, Ramachandran y su esposa estaban muy atareados y rezaban mucho para que todo estuviera en orden cuando viniera Swami. Había flores y decorados y todo lo necesario para la ceremonia. En un estrado colocaron su mejor sillón, y lo cubrieron con una tela de satín y colocaron flores en los brazos. Este era el sitio de honor para Swami. Las agujas del reloj corrían, las sombras en el jardín se acortaron, pero no había señales de la llegada del gurí.
Más o menos a las once de la mañana Ramachandran entró en su sala de puja, rezó una oración especial pidiendo consejo y luego dirigió la ceremonia del cordón él mismo. Inmediatamente después vio a un muchacho de más o menos ocho años, totalmente extraño, entre las personas que estaban en la casa. El muchacho parecía conocer a la señora Ramachandran, pues se dirigió a ella y, diciendo que era huérfano, le pidió comida. Esta le dio comida pero se sorprendió de verlo comer tan sólo unos pocos bocados y marcharse.
Cuando lo buscó de nuevo, había desaparecido. Nadie lo vio irse pero no lo pudieron encontrar. Era como si hubiera desaparecido en el aire. ¿Y quién era, de todos modos? No pertenecía al vecindario, y ninguno de sus amigos lo había visto antes.
Poco después, se observó que había una huella en la cubierta de satín de la silla de Baba como si alguien hubiera estado sentado allí. Además, las flores de uno de los brazos estaban aplastadas como si una mano hubiera descansado en ellas. Pero nadie hubiera podido sentarse en esa silla, dada su prominente posición en el estrado sin que se le viera. Además, nadie en la casa hubiera tenido la osadía de sentarse en la silla colocada allí, como todos sabían, para el gran santo. Los seguidores indios de Sai Baba, con sus fuertes sentidos de veneración y devoción, no soñarían nunca en hacer tal cosa, aun cuando lo hubieran podido hacer sin ser observados.
De todos modos creció la convicción de que Sai Baba mismo había estado presente en su cuerpo astral o sutil y había dejado estas marcas a propósito para que supieran de su visita. Esta convicción se vio reforzada en la mente de Ramachandran cuando su hijo mayor, Raja, le confesó algo.
Como parte de la ceremonia del cordón el muchacho recibe un mantra de la persona que realiza el ritual, mientras ambos se arrodillan debajo de una tela que les cubre la cabeza. En este caso, desde luego, había sido el padre, Ramachandran, quien había dado el mantra, pero Raja dijo que él había visto, mientras estaba debajo de la tela, no la cara de su padre sino la de Sai Baba, que conocía muy bien por las fotografías. Desde luego que algo había impresionado grandemente a Raja, pues después de ese día, dijo su padre, el carácter del muchacho cambió completamente. Ya no perdía su tiempo en frivolidades, como pasearse por los bazares, sino que se concentraba plenamente en sus estudios.
Después de la ceremonia vino el almuerzo. Pero se había difundido la errónea impresión de que todos los presentes recibirían comida. Empezaron a venir desde el jardín en grupos, pasando delante de la silla para ver las huellas milagrosas en el satín y las flores, y tomando luego sus lugares en el piso del comedor.
El señor y la señora Ramachandran tenían alguna comida extra para caso de emergencia. Aunque habían planificado para cincuenta "tenían probablemente lo suficiente para cien", me dijo. Así es que decidieron continuar dando comida a la multitud hasta que ésta se acabara. Pero, increblemente, no se acabó sino hasta que todos y cada uno hubieron comido a saciedad.
"No le dimos comida a diez mil, como Cristo", dijo el señor Ramachandran, "pero debe haber habido por lo menos mil; así es que la comida fue multiplicada diez veces. Sin duda ése fue uno de los milagros de Sai Baba".
Aun después de terminado el almuerzo, no hubo descanso para la familia Ramachandran. Los que se iban hablaban a sus amigos de las impresiones de la silla, y entonces otros venían a ver e inclinarse ante las señales de la invisible presencia. Continuaron llegando durante toda la tarde y la noche hasta las tres de la madrugada del día siguiente.
Muchos de los seguidores más devotos de Baba han experimentado señales de su sutil presencia, huellas en la ceniza esparcida en el piso, una visión de su forma y otras manifestaciones de esta índole. Yo mismo vi, una noche durante un puja en la casa del señor Bhat en Bangalore, en un cojín colocado en el piso delante de una silla vacía que siempre se deja allí como símbolo de la presencia de Baba, aparecer dos señales como huellas de pies.
Pero muchos otros devotos también cuentan incidentes en los cuales Baba vino a ellos en una forma física diferente de la suya, quizás un mendigo, un monje renunciante, un virtuoso, un obrero, o un animal pequeño. Frecuentemente los que lo ven no tienen idea de que es Baba hasta tener más tarde una señal o que Baba en su siguiente visita mencione el incidente, particularmente si no han tratado bien a la persona o al animal. El señor Ramachandran se inclina por pensar que el huerfanito que apareció, pidió comida, comió unos bocados y desapareció, era una de esas manifestaciones en "otra forma" que hace Sai Baba, aunque éste no dijera nada de ello.
Los eventos descriptos y otros eventos inescrutables han acercado mucho al señor Ramachandran a Sai Baba, y él ha recibido mucho de El, tal,como Swami se lo prometió en la primera visita. Por un lado una úlcera estomacal que había resistido a todo tratamiento médico desapareció poco después de aquella primera entrevista. En una reunión posterior Baba materializó un japamala (rosario) para él, "agarrándolo del aire a la altura de su hombro", como lo describió Ramachandran, de la misma manera como yo he visto a Baba tomar varios objetos grandes de, quizás, la cuarta dimensión. Para la fecha en que Ramachandran me contaba su historia en Prashanti Nilayam se sentía extremadamente feliz por que Swami le daba instrucciones personales para el uso del japamala y lo guiaba en sus ejercicios espirituales. De hecho, Sai Baba había producido un cambio completo en el tenor, en el enfoque y en el significado de la vida de este hombre, al igual que lo ha hecho con tantos otros.
La historia de Ramachandran no es única. Otros devotos han tenido extrañas experiencias similares. Muchos, en momentos importantes o de crisis, han sentido la presencia de Baba, lo han vislumbrado, o han encontrado señales de una visita invisible. He contado aquí la historia particular de Ramachandran (que en realidad es sólo una parte de sus numerosas experiencias con Sal Baba) por el hecho de que siendo un científico práctico con una posición oficial responsable en el mundo él puede aportar mucho peso a sus pruebas para la mente del escéptico.
La señorita Leela Mudalia es profesora de botánica en el Queen Mary dollege, en la Universidad de Madrás, pero en sus horas libres actúa como sacerdotiza en un pequeño templo en Guindy, donde vive, en las afueras de Madrás. En 1943, cuando Leela tenía catorce años, no existía ese pequeño templo y los eventos que llevaron a su construcción y al dedicado servicio de esa joven científica, son todo lo inexplicables que uno se pueda imaginar.
El primer evento extraño fue una profecía hecha hacía cuarenta años, de que el templo sería construido donde está ahora. En 1904, un slddhipurusha (santo con algunos poderes milagrosos) errante le pidió permiso al abuelo de Leela para construir una tumba para sí mismo en una parcela de terreno propiedad del abuelo en Guindy. Este dio su permiso y el santo profetizó que a la derecha de su tumba habría un templo dedicado a un gran santo, y a la izquierda habría una propiedad industrial.
Se decía que el santo tenía ciento veinticinco años de edad cuando descendió a la tumba, entró en mahasamadhi (dejó permanentemente el cuerpo) y fue enterrado. Su profecía había sido escrita en hojas de palma y vista por mucha gente, inclusive el padre de Leela, el señor M.J. Logananda Mudalia. En esa época, al comienzo de este siglo, el terreno de la tumba estaba rodeado de tierras abiertas. Hoy el pequeño templo está cerca, a la derecha de la tumba, y a su izquierda, hay una propiedad industrial, tal como el profeta lo predijo hace medio siglo.
Pero antes de que se cumpliera la profecía, habrían de ocurrir tenebrosos eventos en esta parcela de tierra. A comienzos de los años 1940, un swami de Gujarat construyó una choza de paja y se instaló cerca de la tumba del santo. Pero este swami era del camino de la siniestra. Pronto empezó a ser conocido en el distrito como mago negro que había desbaratado familias y arruinado las vidas de varias personas a través de sus poderes de brujería.
Logananda Mudalia, entonces dueño del terreno, le ordenó al mago negro de Gujarat que se fuera, pero éste rehusó categóricamente hacerlo. Así ocurrió varias veces, y finalmente en 1943, Mudaba buscó a un alguacil y lo llevó a su terreno en Guindy. El brujo no estaba en la casa, por lo que en su ausencia demolieron la choza de paja. Precisamente cuando terminaban la demolición, volvió el mago.
Su rabia fue tremenda. Echó pestes y gritó. Finalmente puso una maldición de locura sobre Logananda Mudalia. Mirándolo con sus ojos ardientes, dijo: "A partir de mañana usted será un lunático rabioso".
Logananda Mudalia no se preocupó; se creía inmune a tales poderes negros. Ni siquiera mencionó el incidente a su esposa o a su hija Leela. Pero al día siguiente mismo, la locura se apoderó de él.
"Estaba completamente loco y violento", dijo Leela. "Llamamos al Superintendente del Hospital Mental de Madrás, quien dijo que mi padre debía ser hospitalizado".
Pero evidentemente la esposa de Logananda estaba en contra de esto; decidió guardarlo en casa por un día más, esperando y rogando porque mejorara, aunque tenía grandes dificultades en sostenerlo durante sus accesos de violencia.
La locura lo atacó un viernes; estuvo violentamente insano durante dos días, y luego durante la noche del sábado o el domingo por la mañana temprano, tuvo un sueño o una visión. En ésta un joven Swami se le apareció y le dio una vasija que contenía agua y hojas de tulsi (planta con propiedades curativas), diciéndole que bebiera y que se curaría. Esto fue lo que hizo Logananda Mudalia, y el joven Swami desapareció.
Cuando Logananda se despertó a la mañana siguiente la locura había desaparecido. Contó a su esposa y a su hija la visión, describiendo al Swami como "un joven vestido con una túnica roja, con espeso cabello parado en forma circular, como el cabello de una mujer".
En el momento de este suceso Sathya Sai Baba, entonces un hombre joven, estaba de visita en la casa de un devoto en Madrás. Antes del almuerzo, el domingo siguiente al sueño de Logananda Mudalia, llevaban a Baba en automóvil a la casa de otro devoto. En el camino, dirigió el rodado de manera que pasara cerca de la casa de Mudalia. Cuando llegaron a la casa, le pidió a sus devotos que lo esperaran ya que tenía que ver a alguien adentro. Logananda todavía estaba descansando en su cuarto después de su tremenda enfermedad mental, y el joven visitante de túnica roja fue llevado hasta él por Leela y su madre.
Tan pronto como el joven entró, Logananda lo reconoció como el hombre que lo había curado en su sueño. Sai Baba confirmó esto con sus primeras palabras: "Vine a visitarte anoche y te di agua de tulsi. Quiero asegurarme de que no queda rastro de la locura".
Con un gesto de su mano produjo un talismán protector para que Logananda lo llevara alrededor de su cuello. Este último trató de prosternarse ante el asombroso joven Swarni, pero encontró que su rodilla se le había desencajado. Baba, práctico a la vez que milagroso, aferró hacia sí fuertemente el pie de Logananda y la rótula volvió a su sitio.
“¡Tú eres Dios!", declaró Mudalia, arrodillándose. Tomó a Baba por los tobillos y trató de levantarlo del piso. Baba se rio y lo hizo desistir, dándole afectuosas palmadas en la espalda.
Luego, llamando aparte a la esposa, Baba le dijo que fueran a su terreno en Guindy y buscaran algunos pedazos rotos de cerámica en la superficie. Debían excavar debajo de éstos, y ahí encontrarían los cuerpos de una cabra y una gallina. Estos cadáveres debían sacarse ya que estaban conectados con los ritos de brujería que habían traído la locura. Luego Baba produjo un limón agrio y le dijo que lo pusiera debajo de la almohada de su esposo sin que él lo supiera. Finalmente, con otro movimiento de su mano, el joven visitante produjo vibhuti, y le dio un poco a cada persona de la familia. Saliendo, le dijo a Logananda Mudalia que debía ir a Puttaparthi tan pronto como fuera posible.
Ese día Leela y su madre fueron al terreno de Guindy, donde encontraron y sacaron los animales muertos tal como les había instruido. Al día siguiente Logananda salió para Puttaparthi. Allí le ocurrieron muchas cosas extrañas y maravillosas y regresó más que nunca convencido de que Sai Baba era una encarnación de la divinidad.
Decidió construir una casa para Baba en su terreno de Guindy. Pero antes de que pudiera progresar mucho, la forma de Shirdi Baba se le apareció en sueños y le ordenó levantar, en lugar de la casa, un templo a Sai Baba e instalar en él una estatua del cuerpo del Sai de Shirdi. Al día siguiente del sueño le llegó una carta de Sathya Sai Baba dándole exactamente las mismas instrucciones que en el sueño.
Así fue como se construyó el templo para lo cual Logananda vendió tres casas, con el objeto de conseguir el dinero. Mientras tanto un escultor en Madrás tenía repetidos sueños en los cuales se le decía que había trabajo para él en Guindy; que debía ir a la estación de ferrocarril de Guindy. Los sueños impresionaron al escultor de tal manera que finalmente tomó el tren y bajó en la estación de Guindy. Allí lo abordó un hombre que conocía su nombre y le dijo: "Haga el favor de venir conmigo".
Perplejo, el escultor lo siguió. El extraño lo llevó al sitio donde se estaba construyendo el templo, y lo presentó a Logananda Mudalia como el artista que había venido a hacer la estatua de Shirdi Baba. Luego el extraño se fue, y ni el escultor ni Mudalia lo volvieron a ver.
El resultado del incidente fue que el escultor convino en hacer la estatua. Nunca había visto al viejo santo en su vida y solamente tenía un retrato para guiarse en el trabajo. Pero, extrañamente, no tuvo ninguna dificultad; alguna sutil e inteligente fuerza parecía estar guiando su mente y su mano.
La figura, en granito negro, muestra a Shirdi Baba sentado en su posición característica, con la pierna derecha descansando horizontalmente sobre la rodilla izquierda. Lo mismo que el Moisés de Miguel Angel en una iglesia de Roma, me dio, personalmente, la impresión inmediata de que estaba vivo.
El día en que Sathya Sai la instaló en el templo con los debidos ritos y ceremonias, los centenares de personas presentes pensaron que de verdad la figura había cobrado vida. Se ¡evitó, dicen, a más o menos un metro encima de su pedestal, quedó suspendida en el aire durante unos segundos, y luego bajó nuevamente hasta su posición.
Al terminarse la construcción en 1947, Logananda dejó su casa y se alojó en el templo para cuidarlo y llevar a cabo los pujas. Después de su muerte, Leela tomó su lugar, viviendo en la casa cercana de su hermano, pero durmiendo y pasando la mayoría de su tiempo en el templo mismo.
Un domingo por la mañana, mi esposa y yo fuimos en bicicleta desde la Sociedad Teosófica en Adyar a visitar a Leela en Guindy, a más o menos tres kilómetros. Primero nos mostró los jardines. Vimos la tumba del profeta y las del padre y de la madre de Leela. Luego entramos al pequeño templo. Sentí una poderosa atmósfera, una sensación de "ser aspirado hacia arriba", igual a la que he experimentado en ciertos otros lugares de la tierra: en Lourdes, en la catedral de Chartres, y en Fátima en Portugal, por ejemplo. Es una fuerte sensación como si se sintiera el suave y beneficioso roce de las alas de otros mundos invisibles. Y aquí sucedió un incidente que sirve para confirmar esta impresión.
Había dos floreros delante de la estatua de Shirdf Baba cuando Leela nos llevó a ella, acompañados de otra visitante, una vieja amiga nuestra de Puttaparthi, de nombre Balbir Kaur, la Kanwarani de Ladhran en el Punjab. Leela regaló una flor del florero a cada una de las damas como prueba de las bendiciones de Sai Baba.
Poco después fuimos al otro lado del templo. Las damas se sentaron en una estera en el piso para hablar. Leela amablemente me había dado una silla, pero ésta estaba demasiado lejos para que yo pudiera participar en la conversación. Así es que la traje por el piso de baldosas hasta pocos centímetros de la estera. Después de más o menos diez minutos de conversación, Balbir señaló a mis pies y, en tono de sorpresa dijo: "¡Miren! ¡Vean lo que ha venido!"
Mis pies estaban un poco separados y entre ellos en las baldosas pulidas había una linda flor de color anaranjado. Estaba seguro de que esta flor no estaba allí cuando me senté, pues había notado especialmente las sencillas baldosas al colocar mi silla en su posición. El piso estaba completamente desnudo. Además, la flor no podía haber sido dejada por ningún otro visitante, ya que nadie se había acercado a nuestro grupo.
"Estas flores no se consiguen en ninguna parte en este distrito", comentó Leela, la botánica, después de examinarla.
Un joven, que también ayuda en el templo, atraído por nuestra animada conversación, se acercó a nuestra esquina. Cuando se enteró de lo sucedido, le dijo a Leela: "Sí, yo la vi dar una flor a cada una de las damas y no al señor. Ahora ha llegado una para él a través del poder de Sai Baba. ¡Qué maravilloso gesto de gracia!"
Leela, que ha visto muchos milagros en el templo, asintió sin sorprenderse. Nosotros, los tres visitantes, estábamos llenos de una extraña dicha, como si acabáramos de ver a Baba mismo. Los poderes de otros mundos parecen tener fácil acceso a este pequeño y hermóso santuario, con su rara pureza, libre de toda mancha de comercialización o explotación por el clericalismo.










