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miércoles, 13 de agosto de 2014

INDIA CONTEMPORANEA


INDIA CONTEMPORÁNEA

 ADVERTENCIA
No es mucho lo que se escribe sobre historia contemporánea de
la India en lengua castellana, excepto algunos artículos referidos al
conflicto con Pakistán, al potencial atómico de ambos países
(Dorronsoro, 2002)(Meneses Aranda, 2002), y, algunos años atrás, al
cincuentenario de la Independencia (López Nadal, 1998). Tampoco
se traduce lo suficiente de la abundante bibliografía disponible en
inglés. Los manuales existentes, con sus méritos, son ya bastante
antiguos y no tienen en cuenta los muchos avances de la producción
historiográfica en los últimos treinta años. Tampoco existen en
castellano repertorios de fuentes, más o menos completos, sobre la
historia contemporánea de la India. Esta última cuestión
posiblemente es consecuencia de una concepción superficial y
ensayística del estudio histórico, pero también tiene que ver con la
ausencia de cátedras, en las universidades hispanoamericanas,
dedicadas a la indología. Lo poco que tenemos es bastante mediocre,
y sobrevive gracias a la impunidad que permite el exotismo. Cuando
un tema no es muy conocido por el común de la gente se puede
abordarlo sin temor a que alguien corrija los errores o cuestione las
falacias.
Esta situación tan poco prometedora, si bien general a los
estudios afroasiáticos, es notoriamente más aguda en el caso de la
India. A mi juicio esto tiene que ver con el hecho de que la India, en
los últimos treinta años, perdió el rol de liderazgo que alguna vez
tuvo entre los países del Tercer Mundo. También con que, en ese
lapso, ha estado en gran medida encerrada en sus múltiples
problemas internos y en el conflicto con Pakistán. Pero, ante todo,
con la imperdonable ignorancia, generalizada en Hispanoamérica,
acerca de la importancia económica, social y cultural del
subcontinente indio.
La desinformación ha llevado a una concepción superficial y
errónea de la realidad de la India. Además de todos los tópicos
comunes a esa mistificación que llamamos Orientalismo (Said,
1990), está el considerar a la India y al hinduísmo como un universo
de resignación pasiva y fatalista ante la pobreza y la injusticia. No
falta literatura para sostener esta concepción (Mayo, 2003), también
Hollywood ha hecho su aporte en este sentido. El pacifismo de
Gandhi pretende extenderse al común de los habitantes de la India.
Muy por el contrario, la India ha sido siempre una sociedad
extremadamente violenta, y ha sabido y sabe movilizarse,
organizarse y luchar contra los males que la aquejan.
Todos estos motivos me condujeron a ir armando este libro,
resumen de mis clases en la Universidad Nacional de Rosario. Lo
que quedó puede interesarles a quienes quieran conocer algo más..

El marco general.
En el siglo XVII, cuando se inició el comercio en gran escala
entre India y Europa, era inimaginable la posibilidad del dominio de
una sobre la otra. La India era un imperio más o menos centralizado,
a cuyas costas acudían los europeos a fin de adquirir productos
elaborados de alto costo, que cambiaban por metales preciosos. Su
magnitud, densidad de población y desarrollo político y económico
ponían a la India a cubierto de cualquier ambición de hegemonía por
parte de Europa. De hecho, por su extensión y diversidad étnica
ambos continentes son equiparables. Sir John Strachey, antiguo
virrey, decía:
¿qué es la India?... Ese país no existe, y este es el primero y
más importante de los hechos que podarnos aprender acerca de la
India. La India es un nombre que damos a una dilatada región que
comprende multitud de países diferentes. (Pouchepadass, 1976: 90)
Por supuesto que esta falta de homogeneidad era esgrimida por
Strachey como una justificación a la presencia británica, pero no por
ello deja de ser real. Esto se evidencia, por ejemplo, en el resultado
del Censo Lingüístico, llevado adelante por los británicos en 1927,
que dio como resultado la presencia de 179 lenguas y 544 dialectos.
Si bien estas lenguas y dialectos son utilizados, en su mayor parte,
por poblaciones muy restringidas, existes 15 lenguas mayores de
gran importancia: hindi, urdu, punjabí, bihari, rajasthani, telegu,
bengalí, marathi, tamil, gujarati, kannada, malayam, oriya, asamés y
cachemir). (Pouchepadass, 1976: 90) Esta diversidad lingüística
generó sus problemas en la pos-independencia, en relación a cuál
debía ser el idioma oficial del nuevo estado. En principio, se
pretendió que lo fuera el hindi, derivado directo del sánscrito, pero
esto degeneró en un conflicto aun no del todo resuelto ya que las
regiones que no utilizaban esta lengua se opusieron rotundamente. El
resultado fue el mantenimiento del inglés durante largo tiempo como
lengua oficial y su mantenimiento hasta hoy como lengua vehicular
entre las distintas regiones lingüísticas.
Es difícil encontrar un elemento unificador que nos permita
caracterizar la historia de la India. Territorialmente, las distintas
unidades políticas que existieron a lo largo del tiempo nunca
abarcaron la totalidad del subcontinente. De hecho, la India Británica
fue la mayor entidad política que existió en la región. Las religiones
son múltiples y también lo son las formas de asumirlas y practicarlas.
Existe sí una ausencia de preocupación historiográfica que llega
hasta bien entrada la época colonial. Esto se debe a que para la
filosofía hindú, como para el budismo, la realidad no es más que
ilusión (maya). El mundo verdadero es algo que únicamente puede
hallarse a través de la introspección. Por lo tanto, lo que llamamos
historia no es nada distinto a la ficción. De allí que los hechos
históricos de la India antigua deban ser discriminados a través de la
exégesis de textos literario-religiosos. La historiografía fue un
desarrollo de intelectuales indios que, en un principio, adquieren
educación occidental y luego, por lo general, adhieren al
nacionalismo. Esta última adscripción ha condicionado también a la
historiografía, dándole un tinte esencialmente político. Recién en los
últimos años surgió el movimiento de la Subaltern History, que
pretende hacer una lectura histórica desde la perspectiva de las clases
oprimidas.

En tren de caracterizar a la India, es indudable que si hay algo
que atraviesa su historia hasta la actualidad es el sistema de castas.
Generalmente se hace referencia a las cuatro castas admitidas por la
religión hindú: brahmanes o sacerdotes, chatrias o guerreros, vaysas
o comerciantes y sudras o campesinos. También se señala la
presencia de un grupo numeroso que permanece fuera del sistema de
castas y, por lo tanto, del conocimiento religioso: los parias o
intocables. Además, se indica que el sistema de castas está
fundamentado en la creencia en la trasmigración de las almas o
reencarnación, y en el otorgamiento de una recompensa futura al fiel
cumplimiento de los deberes de la casta, bajo la forma de la
reencarnación en una casta superior. Todo esto puede ser cierto en un
sentido teórico, si solamente tenemos en cuenta los textos de la
tradición religiosa india, en su interpretación brahmánica. Más
concretamente las Leyes de Manú, legislador mítico al que se le
atribuye la explicitación del sistema. Pero la realidad es más
compleja, miles de veces más compleja.
La realidad es que existen miles de castas en la India, a las que
incorrectamente se denomina subcastas, como si fueran
subdivisiones de las cuatro castas religiosas. Estos numerosísimos
grupos son castas propiamente dichas, en tanto lo que los define es lo
mismo que define a las castas, la endogamia. Se dice que, en total,
existen aproximadamente 4800 castas en la India. Solamente el
grupo de los brahmanes está subdividido en 1886 grupos
endogámicos. Cada una de estas castas (así denominaremos de aquí
en más a los grupos endogámicos) ha tenido, históricamente, el
monopolio de una actividad económica determinada. Por ejemplo,
dentro de las castas comerciantes existe una especialización en el
comercio de determinados productos, en determinadas regiones, por
cada una de las castas. Como se advertirá, esto constituyó una trama
económico-social extremadamente compleja, y también frágil, ante la
intrusión de elementos exteriores al sistema.
Exterior fue, al parecer, el origen mismo del sistema.
Generalmente, se lo remonta a la intrusión en la India del grupo
indoeuropeo de los arios, el cual se superpuso a las poblaciones
drávidas preexistentes. Se piensa que a partir de allí el sistema
avanzó en una progresiva diversificación. El propio término que
designa a las castas, varna, significa también color, y sería una
manifestación de protorracismo por parte de los arios de raza blanca
hacia los drávidas mucho más oscuros.(Dumont, 1988)
Muy ligada al sistema de castas y a sus implicancias
socioeconómicas está la cuestión del matrimonio por arreglo, en
tanto éste debe concretarse dentro de un grupo que, a veces, es muy
reducido. También tiene que ver con este tema la costumbre del
matrimonio infantil, en tanto las familias tratan de asegurarse lo más
pronto posible del futuro de sus hijos.
Las castas necesitan todas de algún grado de organización
interna, en tanto es preciso que la cuestión del parentesco y
matrimonio esté perfectamente organizada. También necesitan
organización para regular el otro aspecto de la casta, el económico.
Las formas que adquiere la organización de la casta son variables, en
tanto la extensión geográfica en que se encuentra cada una de ellas es
muy diversa, y también en tanto la actividad económica a regular
requiera un mayor o menor control. Hay castas campesinas que están
muy restringidas territorialmente, no encontrándoselas más que en
unas cuantas aldeas vecinas entre sí. Por otra parte, las castas
comerciales se encuentran dispersas a lo largo y a lo ancho del
subcontinente, pero no se encuentra más que a unos pocos de sus
integrantes en un territorio, a veces, muy vasto. En general, la
dirección de la casta se ubica en el lugar geográfico más acorde a los
movimientos de sus integrantes. Esta dirección es comúnmente
colegiada, siendo integrada por los jefes de los principales linajes. Su
accionar e injerencia en cuanto a la vida cotidiana de los individuos
es también muy diverso.
Por supuesto que las castas son también grupos dentro de los
cuales se ejerce una solidaridad económica activa. Este aspecto es
quizá el que, en mayor medida, explica su persistencia en el tiempo.
En tanto que miembro de una casta determinada, un individuo es
acreedor de un soporte económico, por parte de los otros miembros,
cuando la situación se hace difícil. También su inserción económica
está resuelta, para bien o para mal, desde el momento de su
nacimiento.
Por supuesto que en la actualidad, y sobre todo en el medio
urbano, las cosas han cambiado bastante en estos aspectos. Pero aún
hoy la mayor parte de los matrimonios se realizan dentro de la misma
casta. Y, aunque las castas ya no monopolicen determinadas
actividades económicas, siguen siendo grupos de solidaridad en ese
aspecto.

 Las primeras relaciones con Europa.
La India estableció una relación continua con Europa desde
inicios del siglo XVI. Esta relación fue, en un principio, muy
ventajosa y estimulante para la economía india. Las mercancías,
objeto fundamental del comercio entre ambas, eran los textiles de
alta calidad (muselinas, calicut) que la India, en consecuencia,
produjo en escala cada vez mayor. Por el lado europeo, la diferencia
se cubría con metálico, fundamentalmente plata americana.(Vilar,
1982) (Panikkar, 1966).
Esto llevó a que, para el siglo XVIII, en la India existieran
grandes manufacturas textiles artesanales, que algunos historiadores
indios contemporáneos consideran el umbral de una revolución
industrial. (Chesneaux, 1976) En realidad, la alta calidad de los
textiles indios era lo que los hacía apetecibles para el consumidor
europeo. Esa calidad era intrínseca a la producción artesanal y fue
inimitable por la industria hasta bien entrado el siglo XIX, momento
en el cual el carácter de este comercio cambió rotundamente.
Al igual que en otras regiones, los comerciantes europeos no
pasaron, en principio, mucho más allá de las costas, donde se
instalaron factorías dedicadas al intercambio. La secuencia va a ser:
portugueses, holandeses, ingleses y franceses. A partir del siglo
XVII, el grueso del comercio quedó a cargo de compañías
monopólicas, que obtenían de sus respectivos gobiernos la
exclusividad de las rutas orientales. Las compañías inglesa y
holandesa fueron fundadas en torno al 1600, la francesa 50 años
después.
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En principio, era inimaginable otro tipo de presencia que no
fuera la comercial. Los europeos estaban muy lejos de sus bases
como para intentar algún tipo de conquista. Además, no se daba aquí
la situación americana: los indios de la India conocían la pólvora, la
artillería y las tácticas militares. El desnivel tecnológico entre las dos
partes, si existía, no era abrumador.
Por otra parte, la India de ese entonces era, excepto el extremo
Sur, un imperio centralizado. Se trataba del imperio Mogol, surgido a
partir de la invasión a la India por Tamerlán y sus sucesores en el
1405. Era un estado mucho mayor, y que podía movilizar más
recursos, que cualquier país europeo de ese entonces. El avance del
poder mogol aparece ligado a la expansión de la religión musulmana.
El Islam tuvo presencia en la India a partir del siglo VIII, sobre todo
en la región Norte. Su éxito tiene mucho que ver, aún hoy, con el
hecho de representar una ruptura con el sistema de castas. De allí que
sea adoptado fundamentalmente por individuos provenientes de las
castas más oprimidas o por intocables. Esa presencia fue el sustrato
que permitió el asentamiento de un poder político musulmán que,
con la invasión timúrida, alcanza una hegemonía inigualada
históricamente. Por supuesto que el Islam mogol adquirió
prontamente características que no podemos dejar de considerar
sincréticas, tales como la propia tolerancia hacia las creencias
hinduistas y la aceptación de la dimensión económica del sistema de
castas.


La East India Company (EIC).
La Compañía de indias Orientales inglesa fue creada en 1606,
como una sociedad por acciones. Durante el primer siglo y medio de
existencia, sus actividades no difirieron demasiado con relación a las
de las otras compañías monopólicas que comerciaban en la India. El
hecho más importante en este período fue su asentamiento en lo que
es hoy Calcuta, en ese entonces una mísera aldea de pescadores en el
golfo de Bengala. La compañía abrió una factoría allí con permiso
del emperador mogol y al tiempo obtuvo la concesión para construir
una fortificación, Fort William.
El lugar era estratégico en sumo grado, ya que desde allí se
podía tener acceso, por vía fluvial, a las regiones más ricas y
pobladas de la India nor-oriental de ese entonces (Yang, 1998). Esto
permitió a la Compañía tejer paulatinamente una red comercial hacia
el interior de la India, elemento clave en su competencia con las otras
compañías monopólicas europeas.
Durante el siglo XVIII, el enfrentamiento entre los estados
europeos tuvo su paralelo en la India, con lucha por la hegemonía
entre las compañías inglesa y francesa. Esta lucha tomó prontamente
la forma del enfrentamiento armado entre los franceses, cuya sede
principal se encontraba en Pondichery, al sur de la India, y los
ingleses con su sede principal en Calcuta. Lo importante de estos
enfrentamientos fue que marcaron el inicio de dos cambios
importantes para la East India Company. Primero: dejó de ser una
empresa puramente comercial para convertirse también en una
potencia militar importante, ya que se vio obligada a conformar un
ejército compuesto por soldados indios y oficiales ingleses. Segundo:
se estableció una alianza entre la Compañía y las castas comerciales
indias, que les permitió a los británicos tener acceso a las redes
comerciales tradicionales y al crédito indio. Esto posibilitó que los
ingleses financiaran sus guerras en la India con los propios recursos
de la India, lo que les dio un claro predominio sobre sus rivales
franceses que dependían de los recursos materiales y humanos que
podía proporcionarles la metrópoli. Fue el inicio, también, de la
intromisión inglesa en la política interna india, posibilitada por la
intermediación de los comerciantes y banqueros banias y marwaris.
El término bania deriva del sánscrito banik = mercader;
marwaris hace referencia a un lugar de origen, Marwar, antiguo
estado ubicado en el actual Rajastán. En realidad, estos dos términos
englobaban, en principio, a varios grupos de casta. La actividad
común, y su relación con el comercio, sobre todo exterior, los
terminó uniendo en un grupo más amplio que se constituyó como
nueva casta. Al menos, eso es lo que ocurrió en la región de Bengala,
donde los encontramos estrechamente ligados a la presencia
occidental. No ocurre lo mismo con otras castas comerciales del sur
de la India, por ejemplo (Rudner, 1996) (Yang, 1998). Los banias
actuaban como agentes de los europeos, el nexo indispensable con la
población local. Los comerciantes europeos generalmente ignoraban
la lengua local, las costumbres y usos comerciales, los pesos y
medidas. Tampoco conocían las condiciones del mercado en el
momento de su arribo. Por lo tanto, necesitaban la intermediación y
guía de agentes locales. Los banias cumplían estas funciones,
además de ser los intérpretes y a veces también los agentes contables
de los mercaderes europeos. Usualmente, a cambio de estas
funciones cobraban un dos por ciento del valor total de los bienes
intercambiados. Generalmente, los banias recibían a sus patrones
europeos apenas tocaban tierra, arreglaban sus hospedajes,
seleccionaban a sus sirviente, supervisaban la carga y descarga de los
barcos, convertían la plata en rupias, y realizaban las transacciones
necesarias en los mercados. También, cuando era necesario, proveían
algún capital. Todos los funcionarios de la EIC tenían uno o más
banias que se ocupaban de sus negocios personales. Al aumentar la
importancia de la Compañía aumentó también el poder de estos
intermediarios, que se convirtieron en el equivalente de los
compradores chinos. Así se denominaba en China (los primeros en
hacerlo fueron los portugueses) a los comerciantes locales, que
compraban la mercancía europea para su reventa en el interior, y
compraban también, y acumulaban en depósitos cercanos a los
puertos, los productos objeto de exportación. Por este medio, algunos
banias llegaron a ser fabulosamente ricos, diversificando luego sus
intereses económicos. Pero, más allá de esto, lo que nos interesa
subrayar por el momento, es el rol clave que los banias y marwaris
jugaron a la hora de definir el triunfo británico sobre sus rivales
franceses. Establecido el predominio inglés en el comercio exterior,
el paso siguiente fue el de tratar de modificar los términos del
intercambio con la India.
Si bien el comercio exterior no era más que una mínima parte
del comercio total de la India, algo así como el 10%, era el que
aportaba en forma constante recursos en metálico. De allí el lógico
interés de los gobernantes indios en mantenerlo bajo su control
impositivo. Para el siglo XVIII, el imperio mogol se encontraba ya en
franca disolución. La India había entrado en uno de sus cíclicos
períodos en los que predominan las tendencias centrífugas por sobre
un poder central más formal que real. En ese contexto, no le
resultaba difícil a la Compañía eludir el pago de contribuciones
acordes a la importancia del tráfico que realizaba. El control fiscal
indio se encontraba a cargo del gobernante regional indio, el nabab
de Bengala. Éste trató de imponer nuevas contribuciones que la
Compañía aceptó, escudándose en la autoridad suprema del
Emperador mogol, el resultado fue el conflicto.
En principio, el nabab ocupó la factoría británica. Sobre esta
ocupación existe una remanida leyenda, según la cual los británicos
habrían sufrido todo tipo de atropellos y torturas, muriendo muchos
de ellos durante su reclusión en el célebre "Pozo Negro" de Calcuta.
Hoy en día, se duda incluso de la existencia misma de esta prisión,
no siendo la leyenda más que una justificación ideológica de lo que
vendrá más tarde. La respuesta inglesa estuvo a cargo de una
pequeña tropa de la Compañía, bajo el mando de Robert Clive, que
recuperó la factoría y enfrentó al nabab en la histórica batalla de
Passey (Palashi para los historiadores indios), en 1757. Clive, al
mando de 3000 hombres, "derrotó" al ejército del nabab, que sumaba
50000 efectivos. Esta "victoria" no la lograron los europeos por su
superioridad tecnológica, como sostiene Geoffrey Parker (Parker,
1990), sino mediante la distribución masiva de dinero a los
comandantes del ejército del nabab. (Panikkar, 1966) Dinero que,
como es de suponer, le habían adelantado los banqueros banias y
marwaris. El ejército del nabab se dispersó ante la primer descarga
de los cañones ingleses, no porque los indios no conocieran las armas
de fuego, que las tenían en mayor escala que los británicos, sino
porque esa fue la consigna que transmitieron sus comandantes,
comprados por Clive. La proeza rindió sus frutos a los protagonistas:
Clive pasó a la leyenda como "Clive de la India" obtuvo el título de
"Barón de Plassey". La East India Company, por su parte, logró que
se modificara la relación que hasta entonces mantenían India y
Europa.
El dominio británico de la India no respondió, en principio, a
un plan deliberado sino más bien a un paulatino aprovechamiento de
las situaciones más rentables para la Compañía y para sus
administradores. Contradictoriamente, los períodos de expansión
territorial y de saqueo sistemático de las riquezas de la India no
fueron aquellos en los que la Compañía repartió mayores dividendos
a sus accionistas. Esto se debió a que la política de la empresa era,
por una parte, pagar a sus empleados los sueldos más bajos posibles,
y por otra, darles libertad de acción para sus negocios personales.
Así, estar al servicio de la Compañía era un medio para hacer fortuna
rápidamente saqueando a los indios y a la propia Compañía. Robert
Clive y Warren Hastings fueron los artífices del dominio territorial
de la East India Company, como tales, la historiografía colonialista
les rinde culto como si se tratara de héroes románticos. Ambos
fueron procesados en su momento por las defraudaciones, robos y
abusos que cometieron en la India. Por supuesto que en estos casos
primó el valor de los servicios prestados al Imperio, pero es
interesante ver algo de la defensa de su accionar que Clive hizo ante
el parlamento. Para empezar, se justificó en la propia depravación de
los indios:
...El Indostán siempre tuvo un gobierno despótico y absoluto.
Sus habitantes, especialmente de Bengala, de las clases inferiores
son serviles, mezquinos, sumisos y humildes. En las clases
superiores predomina la lujuria, el afeminamiento, la traición y el
carácter tiránico, venal y cruel. (Horn y Randsome, 1957)
Ante ese cuadro, cualquier accionar correctivo tenía que ser
riguroso, pero aquí Clive debe defenderse de acusaciones concretas
en torno a su propio enriquecimiento. Resuelve la cuestión por la
aceptación de esas costumbres depravadas:
Desde tiempo inmemorial ha sido costumbre en este país que
un inferior nunca se presente ante una persona de clase superior sin
un obsequio. Esto comienza con el nabab (los hombres más ricos) y
concluye en el hombre de condición más baja que posea un servidor.
Un nabab me ha dicho que los pequeños presentes que recibió han
sumado 300.000 libras en un año. (Horn y Randsome, 1757)
Las obligaciones del gobierno entrañaban la aceptación de esos
"regalos" pero, además, para Clive los europeos eran víctimas de la
corrupción y la violencia a que los incitaban los orientales:
Tales funcionarios, no obstante, no han sido los responsables
de aquellos actos de violencia y opresión de los cuales suelen ser
acusados. Tales crímenes son cometidos por los nativos del país en
tanto agentes subordinados y generalmente sin el conocimiento de
aquellos. El afán de lucro es tan fuerte como la pasión amorosa...
Echemos un vistazo a estos escribientes que llegan a Bengala.
Apenas desembarcan, un bania que posee quizá unas 100.000 libras
desea que él pueda tener el honor de servir a este joven gentleman a
cambio de una ínfima suma (literalmente 4 chelines y 6 peniques;
4s.: 4 solidus y 6d.: 6 denarius).
La Compañía lo ha provisto de habitaciones, pero no son
suficientemente buenas. El bania dispone de otras mejores. El joven
da un paseo por la ciudad, observa que otros escribientes, llegados
hace sólo un año, viven en espléndidos alojamientos o tienen casas
propias, circulan sobre hermosos caballos árabes, y en palanquines
y carruajes; que mantienen un harén, organizan entretenimientos, y
convidan a sus invitados con champagne y claret. Cuando retorna
cuenta al bania lo que ha visto. El bania le asegura que pronto
llegará a poseer la misma buena fortuna; le entrega dinero; él joven
queda entonces a su merced.
Los beneficios del bania se acrecientan con el rango de su
amo, quien generalmente al adquirir una fortuna gasta tres. Pero
esto no es lo peor. Él se encuentra en un estado de dependencia
respecto del bania, quien comete todo tipo de actos de violencia y
opresión, dado que su interés lo impulsa hacia ello, bajo la presunta
sanción y autoridad del funcionario de la Compañía. (Horn y
Randsome, 1957)
Así vemos que los banias fueron responsabilizados por todos
los abusos y tropelías, y también por el enriquecimiento ilícito de sus
víctimas europeas. En cualquier caso, lo cierto es que la Compañía
era sistemáticamente saqueada por sus empleados y la época de su
gran expansión territorial coincide con graves problemas financieros.
En un principio se intentó reemplazar al nabab derrotado por
otro más sumiso a los designios de los vencedores, luego se pasó a
una forma de gobierno indirecto a través de un mercenario persa,
finalmente se optó por el dominio directo de la inmensa región de
Bengala por parte de la Compañía. Ésta obtuvo la legalización de su
conquista por el Emperador mogol, quien le concedió el zamindari
(concesión para la recaudación de impuestos) para toda Bengala. El
negocio fue fabuloso: hasta entonces la Compañía había exportado a
Europa textiles indios comprados con metálico europeo, a partir de
ese momento pagó sus compras de textiles con el producto de la
recaudación de impuestos en la propia India. Estas ganancias tan
absolutas impulsaron la constante expansión territorial de la
Compañía (Mahomet, 1997). Más territorios bajo dominio
significaban mayor recaudación de impuestos. De hecho, y
mostrando una sinceridad absoluta al menos en las designaciones,
desde 1772 en que fue creado el cargo durante el gobierno de Warren
Hastings hasta la independencia, el principal funcionario británico de
distrito fue el collector, o sea el recaudador, al que se le dieron
también funciones policiales y judiciales.

El nuevo sistema político-económico.
La India permaneció bajo el gobierno de la East India Company
hasta 1857, o sea un siglo. Evidentemente esto fue el sueño dorado
del liberalismo: todo un subcontinente bajo el gobierno de una
empresa privada que, como tal, buscaba fundamentalmente la mayor
rentabilidad posible a su capital. Para completar, algunos grandes
teóricos del liberalismo económico, tales como los Mill padre e hijo
y el nunca bien ponderado Jeremy Bentham, estuvieron al servicio de
la Compañía y fueron artífices de su política de gobierno. Los
resultados estuvieron muy pronto a la vista, y debieran ser
paradigmáticos en momentos como el actual, en que los apolillados
dogmas liberales se presentan como una gran novedad. El gobierno
inglés de la India fue totalmente prescindente en materia de gestión
económica cuando la propia complejidad del sistema económico
indio exigía lo contrario.
La primera gestión diseñada por Clive era una suerte de
gobierno indirecto, para el cual se utilizaron las funciones de un
aventurero persa, llamado Syed Muhammed Reza Khan, a quien se
puso al frente de la administración. La principal función de este
gobernante títere era la de facilitar el saqueo del país por la
Compañía y sus empleados. De forma tal que el estado dejó de lado
cualquier función que no fuera la recaudatoria. Así y todo no se
recaudó lo suficiente, sobre todo por los latrocinios generalizados de
los empleados de la EIC, de manera que la Corte de Directores
decidió asumir el gobierno directo. Éste estuvo en principio a cargo
de Warren Hastings, famoso por sus atropellos y su inusitado
enriquecimiento. En poco tiempo la mayor parte de las tierras fueron
abandonadas por los campesinos, que huían masivamente del país.
Esta situación fue llevada a la consideración del Parlamento
Británico por Edmund Burke, que denunció de esta manera el
accionar de la Compañía:
Pero bajo el gobierno inglés todo este orden se ha trastocado.
La invasión tártara fue dañina; pero es nuestra protección lo que
destruye la India. Antes fue la enemistad, hoy es nuestra amistad.
Nuestra conquista allí, tras veinte años, es tan cruda como lo fue el
primer día. Los nativos apenas conocen lo que es ver el cabello gris
de un inglés. Jóvenes (casi muchachos) gobiernan allí, sin trato y sin
consideración alguna hacia los nativos. Tienen tanto roce social con
el pueblo como si aún vivieran en Inglaterra, sólo el necesario para
amasar una rápida fortuna, con el objetivo de radicarse muy lejos
de la India. Animados por la avaricia de la edad y la impetuosidad
de la juventud, llegan unos tras otros, ola tras ola, y los nativos sólo
pueden vislumbrar un futuro desesperanzador de nuevos vuelos de
aves de presa y de paso, con un apetito continuamente renovado.
Cada rupia de beneficio hecha por un inglés está perdida por
siempre para la India. Nosotros no aportamos ningún tipo de
superstición compensatoria, a través de la cual un mínimo de
caridad recompensa, a través del tiempo, a los pobres por la rapiña
y las injusticias cotidianas. No vamos acompañados de ningún
orgullo constructor de monumentos imponentes que reparen los
daños que el orgullo ha producido, y que adorne a un país con sus
propios despojos. Inglaterra no ha construido iglesias, ni hospitales,
ni palacios, ni escuelas, ni puentes, ni carreteras, ni canales
navegables, ni represas. Cualquier otro conquistador anterior ha
dejado algún monumento tras él. Si nosotros fuéramos expulsados
hoy mismo de la India, nada quedaría para testimoniar nuestra
presencia durante el ignominioso período de nuestro dominio, en
nada mejor que el dominio del orangután o del tigre. (Burke, 1999)
Desde ya que Burke no cuestionaba la existencia de la
Compañía, ni mucho menos sus derechos a gobernar la India,
denunciaba abusos que podían terminar poniendo en peligro las
conquistas territoriales. La situación se tornó tan calamitosa que el
propio gobierno británico debió intervenir en bien del sostén de la
nueva colonia. Esta intervención se expresó en la India Act de 1784,
delineada por William Pitt. En concreto, esta reglamentación
establecía una alianza forzosa entre el Gobierno Británico y la EIC,
imponiéndole a esta última una serie de obligaciones y controles. En
resumidas cuentas esto se expresaba así:
1) Existirá una Junta de Control (Board of Control)
consistente de un máximo de seis parlamentarios
encabezados por un miembro del gabinete, para
dirigir, supervisar y controlar los asuntos de las
posesiones territoriales de la Compañía en las
Indias Orientales.
2) La Corte de Directores establecerá un Comité
Secreto para trabajar como enlace entre la Junta y
la Corte.
3) El Consejo del Gobernador General consistirá de
tres miembros, uno de los cuales será el
comandante en jefe del Ejército Real en la India.
4) El gobierno debe detener futuros experimentos en
la administración territorial y proceder a un
asentamiento permanente de los zamindars a una
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tasa impositiva moderada. El gobierno debe
establecer sistemas judiciales y administrativos
permanentes para la gestión del nuevo reino.
5) Todos los funcionarios civiles y militares deben
proveer a la Corte de Directores un inventario
completo de su propiedad en India y en Gran
Bretaña dentro de los dos meses de asumir sus
cargos.
6) Serán infligidos severos castigos, incluyendo
confiscación de propiedad, despido y cárcel, a
cualquier funcionario civil o militar al que se
encuentre culpable de corrupción.
7) Está estrictamente prohibido recibir regalos,
recompensas o presentes, tanto en especias como
en efectivo, de zamindars, rajas u otros indios, y
las personas encontradas culpables de estas
ofensas serán juzgadas bajo el cargo de
corrupción.
Indudablemente se trataba de medidas elementales, tendientes
no a restringir a la Compañías sino a frenar sus abusos, en bien del
Imperio. De cualquier forma, marcaron el inicio de una intervención
del Gobierno de Su Majestad en las cuestiones del gobierno de la
India, también de un seguimiento al accionar de la EIC. El
monopolio de la Compañía sufrió un control gubernamental cada vez
mayor, y fue puesto en discusión en el Parlamento cada veinte años,
cuando debía renovarse o prorrogarse. De hecho, con cada
renovación del monopolio hubo un recorte a las atribuciones de la
Compañía. Así, en 1813 se dio fin al monopolio comercial en la
India, otros comerciantes pudieron introducir mercancías y comprar
productos indios. Desde 1833 se anuló el monopolio comercial con
Oriente y la Compañía debió aceptar el ingreso de otros comerciantes
ingleses a China, hasta entonces coto exclusivo. Pero, en realidad, el
Estado inglés y la Compañía actuaron al unísono ya desde el siglo
XVIII. Desde 1784, con el Board of Control, el Gobierno pasó a
supervisar cada acción de la East India Company. En 1800, Gobierno
y Compañía acuerdan completar la ocupación. Y, cada veinte años, al
prorrogar el monopolio, el propio parlamento supervisó y condicionó
el gobierno de la Compañía.
Para 1818 se completó el control territorial de la India. Gran
parte de ella quedó bajo el directo control británico, pero un cuarenta
por ciento siguió bajo el gobierno de las autoridades tradicionales
(rajas, nababs, nizams, etc) en tanto estas aceptaran la supremacía
inglesa y la presencia de un residente que les dictara la política a
seguir. Estos territorios fueron denominados "principados", llegaron
a ser alrededor de 600, la mayoría muy pequeños (dos o tres aldeas),
pero algunos (Hyderabad, Cachemira) de grandes dimensiones y
riquezas. Esto dio lugar a un sistema de gobierno indirecto,
experiencia que posteriormente se extendió con éxito a gran parte del
Imperio colonial británico. La autoridad tradicional se mantuvo
porque era más económica: legitimaba la presencia europea con un
menor recurso a la violencia.
Paralelamente a la extensión del nuevo sistema político se
desarrolló un ciclo de grandes y traumáticas transformaciones
económicas en la India. En principio, está la cuestión de la propiedad
de la tierra: la propia idea de una propiedad individual de la tierra era
algo completamente ajeno a la India. Como contraparte, era ajeno a
sus nuevos gobernantes el concepto de propiedad superpuesta,
compartida o comunal. El resultado fue la transformación total del
sistema agrícola, con la implantación de un tipo de propiedad privada
similar al europeo o similar a algo que los nuevos amos europeos
pudieran comprender.
La reforma del sistema agrícola fue considerada como una
necesidad luego de la gran hambruna que se produjo en los años
1769-70, en los territorios controlados por la EIC. Un tercio, al
menos, de la población de Bengala murió en esta primera gran
hambruna. Se trató de la consecuencia inevitable del saqueo
descarado combinado con el desgobierno total y absoluto. Pero,
según el diagnóstico de los administradores, el problema estaba en el
régimen de tenencia de la tierra. Éste debía reformarse en forma
drástica y el método implementado por Warren Hastings, entonces al
frente del gobierno de la India, fue el de otorgar las tierras en pública
subasta por el término de cinco años. Nuevamente, el gran Edmund
Burke denunció esta cuestión en el Parlamento:
En vez de administrar un remedio, tras una hambruna
horrenda acaecida en 1772, el socorro que el nuevo presidente y el
consejo ofrecieron a esta afligida nación fue poner en subasta las
tierras de un reino entero. Ofrecieron las tierras de la nobleza toda,
de la burguesía y de los campesinos libres al mejor postor. No se
otorgó ninguna preferencia a los antiguos propietarios. Debieron
luchar contra los usureros, aventureros, agiotistas e intrigantes, o a
contentarse con una pensión que los rematadores pensaban
asignarles. (Burke, 1999)
Fue una ocasión brillante para todo tipo de "pescadores de río
revuelto", pero sobre todo para aquellos que actuaban por cuenta y
orden de los empleados jerárquicos de la Compañía, siempre según
Burke:
Sirvientes de los británicos, personas (usando la expresión de
un jefe hindú paciente y arruinado) "cuyos padres no habrían
colocado ni junto a los perros de sus rebaños", tomaron posesión de
dichas tierras. El bania de Mr. Hasting tomo posesión, tras la
subasta, de tierras que otorgan una renta de 140.000 libras anuales.
(Burke, 1999)
Estos nuevos propietarios-aventureros no hicieron otra cosa que
esquilmar a los campesinos-arrendatarios. Esto llevó a la fuga masiva
de muchos campesinos, hacia territorios fuera del control de la EIC, y
también a una serie de protestas e insurrecciones. La consecuencia
fue la caída tanto de la producción agraria como de la recaudación
impositiva.
Esta circunstancia condujo a que la Corte de Directores
estableciera la necesidad de una nueva reforma de la tenencia de la
tierra. Al expirar los contratos quinquenales se realizaron otros
nuevos, pero esta vez exclusivamente con zamindars. El término
zamindar deriva del persa zamin = tierra, y el posesivo dar, en la
India del período mogol designaba a aquellos que recibían el
impuesto que los campesinos debían pagar al estado. Se trataba de
quienes tenían la posesión del derecho a la recolección de ese
impuesto o renta, pero no de propietarios de la tierra. La tenencia
efectiva de la tierra correspondía a los campesinos-cultivadores,
designados con distintos términos (raiyats, riots, etc.). O sea que los
zamindars eran meros intermediarios entre el gobierno y los
campesinos, y no tenían ingerencia en la gestión productiva de la
tierra. Sus funciones eran hereditarias, pero con ciertos límites.
Podían ser removidos si no pagaban la renta estipulada, pero también
si, como consecuencia de sus abusos, se producía un levantamiento
campesino. Su riqueza y poder dependía del territorio que se les
asignara, allí también cumplían funciones judiciales y de policía,
necesarias para el cobro del tributo.
Como vimos, la India Act de 1784 estableció la necesidad de
un asentamiento permanente (permanent settlement), como solución
a la inestabilidad en las políticas territoriales de la EIC. Esto
implicaba llevar adelante una política tendiente a un tipo de
propiedad privada similar a la inglesa. El encargado de diseñarla y
aplicarla fue Lord Cornwallis, nuevo Gobernador General y notorio
miembro de la clase terrateniente inglesa. En lo que se conoce como
el Permanent settlement, de 1793, toda la tierra de los territorios bajo
propiedad de la EIC fue transferida en propiedad a sus zamindars.
Además, a partir de allí los nuevos propietarios debían pagar un
impuesto fijo, que el gobierno se comprometía a no reajustar jamás.
Los zamindars podían vender, transferir o regalar su tierra, sobre la
cual tendrían derechos absolutos, su única obligación era la del pago
puntual del impuesto territorial, cuyo incumplimiento implicaba el
inmediato remate de la propiedad. Por otra parte, la nueva legislación
no concedía ningún derecho a los campesinos o rayat. Estos
mantuvieron el derecho consuetudinario a la tenencia hereditaria de
la tierra, pero no podían transferir ese derecho de ninguna forma.
Además, la nueva legislación civil, copia de la inglesa, los
consideraba arrendatarios, sujetos a la inmediata evicción ante
cualquier retraso en el pago del arriendo. Así, los británicos sentaron
las bases de la gran propiedad terrateniente en la India y también de
la desposesión de su campesinado.
A medida que la EIC se expandía, se fue extendiendo este
sistema de propiedad, si bien tuvo sus matices. En las posesiones
más antiguas, como es el caso de Bengala, Orissa, Bihar, etc., se
transfirió el derecho de propiedad de la tierra a los zamindars, o sea a
los antiguos funcionarios encargados de la recaudación impositiva
que, de buenas a primeras, se vieron convertidos en grandes
terratenientes. En otras regiones el sistema fue el riotwari, allí el
campesino o riot se convirtió en un arrendatario del nuevo estado
colonial, pasible de desalojo ante cualquier retraso en el pago del
canon correspondiente. En menor escala, y ante la resistencia
campesina, los ingleses toleraron un tercer sistema, en el cual la
responsabilidad era colectiva a cargo de las aldeas, pero esto fue
bastante reducido.
Más traumático que el cambio en las relaciones de propiedad de
la tierra fue el tema de los nuevos roles sociales que, con la
colonización, se establecieron en el mundo campesino. A diferencia
de Europa, en la India precolonial no existía ningún prejuicio social o
religioso contra la usura, excepto el caso de los musulmanes. En toda
aldea campesina, sobre todo en el caso de India Occidental, existía
un comerciante que hacía las veces de tal, adelantando a los
campesinos dinero o productos pagaderos en el tiempo de cosecha.
Estos comerciantes pertenecían a la casta de los banias y eran
conocidos por los campesinos como los sahukars, término que
significa algo así como "hacedor del bien" o "hacedor de buenas
acciones", como signo de la alta estima en que se los tenía. Esta
relación banias-campesinos transcurría dentro de lo que, siguiendo a
Edward Thompson, se ha denominado una "economía moral",
factible en un marco precapitalista (Hardiman, 1996). Esta
"economía moral" implicaba una obligación para el bania, en el
sentido de sostener económicamente a las familias campesinas
clientes cuando, por cualquier causa, la cosecha fracasaba y existía
una situación de escasez o hambre manifiesta. Los británicos
pusieron en vigor una legislación civil que, en lo comercial y en las
relaciones económicas, era similar a la vigente en la metrópoli. Esto
implicó dar a los banias un poder sobre el campesinado inédito en el
contexto precolonial. En efecto, a partir de allí, los usureros tuvieron
el derecho de evicción sobre los campesinos que no pagaran sus
deudas, incrementadas estas por los adelantos necesarios para abonar
el canon de arrendamiento o impuesto territorial. Tuvieron a su
disposición los tribunales jurisdiccionales y la fuerza armada colonial
para cobrar por la fuerza sus deudas y, por la otra parte, desapareció
la obligación consuetudinaria de sostener a los campesinos en
desgracia. Más adelante, con el trazado de los ferrocarriles, estos
banias tuvieron la posibilidad de especular, en gran escala y a largas
distancias, con el comercio de cereales. Así surgieron "carestías"
fruto no ya del clima sino de la especulación.
No es casual que, junto con los ferrocarriles, se incrementara en
la India el problema de las hambrunas. Llamadas "epidemias de
hambre" por los liberales que administraban la India, su
denominación trasunta la hipocresía de considerarlas como algo
fortuito e inevitable. Muchos millones de indios fueron víctimas del
hambre: entre 1875 y 1900 hubo 18 períodos de hambre, que causan
un total de 26 millones de muertos, solamente en 1918 una epidemia
de gripe causó 8 millones de muertes (Chesneaux, 1976).
Los administradores coloniales nada hicieron al respecto, para
ellos era el libre juego de la oferta y la demanda en el mercado de
cereales el que, a la larga, se debía ocupar de solucionar estos
problemas. El personal de la Compañía estaba entrenado en una
escuela ubicada en Haileybury, donde también se diseñaba la política
económica de la compañía. Refiriéndose a una de las hambrunas,
John Strachey señala:
En Haileybury, todos sabían que la economía política era una
cuestión de leyes, que el dinero y los géneros se moverían por sí
solos en formas benéficas para la humanidad. Cuanto menos
interviniera un gobierno en los movimientos naturales, tanto mejor
sería. Si existía una escasez real en Orissa, los precios se elevarían,
los tratantes de granos de todas partes serían atraídos y enviarían
rápidamente granos donde se necesitaran. Si el gobierno intentaba
precipitar este proceso, causaría desperdicios e incurriría en
pérdidas... Cuando el auxilio llegó, una cuarta parte de la población
había muerto. (Strachey, 1972)
En realidad, estos problemas alimenticios no hubieran existido
sin el efecto perverso del dominio colonial.
Además de los cambios en la comercialización, también estaba
la cuestión de la nueva fiscalidad colonial. Los nuevos impuestos,
cobrados a rajatabla, así como el monopolio sobre la sal, implicaron
la necesidad continua de disponer de dinero en efectivo. La forma de
obtenerlo era produciendo algo que a los nuevos amos les interesara
comprar, de allí que gran parte del campesinado abandonara total o
parcialmente los cultivos alimenticios de subsistencia en pos de
nuevos cultivos industriales como el sisal, el añil o el opio.
A todos estos males hay que sumar el cataclismo de las
tejedurías artesanales indias, arruinadas por la competencia industrial
británica que, por supuesto, no pagaba ningún tipo de aranceles.

Algunos autores indios (Chesneaux, 1976) sostienen que la India
precolonial se encontraba en los umbrales de una revolución
industrial, tal era el desarrollo cuantitativo y cualitativo de sus
tejedurías artesanales. No olvidemos al respecto que los orígenes de
la presencia europea estuvieron ligados a la comercialización de
estos productos. Durante las guerras napoleónicas y como
subproducto del Bloqueo Continental, la producción india fue
cargada con gravosos aranceles y, simultáneamente, la colonia fue
inundada con productos británicos. El resultado previsible fue la
ruina de los tejedores indios y casi una "revolución industrial al
revés" marcada por una des-urbanización acelerada. India vivió el
éxodo masivo hacia un campo ya saturado, en el cual había muy
pocas posibilidades de inserción. En palabras de Marx, citando el
comentario de un antiguo gobernador de la India:
La miseria reinante no encuentra apenas paralelo en la
historia del comercio. Los huesos de los tejedores algodoneros
hacen blanquear las llanuras de la india. (Marx, 1973)


FUENTE: http://centroculturaldelaindia.ning.com/profiles/blogs/india-contemporanea-cuarto-capitulo



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